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“Yo no nací refugiado”

Por Francisco Javier Insa García , 28 febrero, 2021

Llevo intentando escribir este artículo desde hace cuatro días pero, los artículos, salen cuando ya se han cocido a fuego lento y ha sido hoy, cuando estaba en su punto.
El tiempo y el espacio siempre me atrapa desprevenido. Hoy, estoy en un espacio con tiempo. Creo que lo más importante siempre es el espacio, porque no se puede retener lo que ya no existe.

Hace unos días, el filósofo Francisco Jarauta, en su clarividente ponencia “Vulnerables”, hacía referencia a la necesidad del cambio en el más amplio sentido de la palabra. El cambio como salvación y, al mismo tiempo, como evolución natural porque, de otro modo, si no se produce esa adaptación que acuñó Darwin, ¿cómo se va a producir la readaptación que el planeta pide a gritos? Me tomo la licencia de reproducir sus palabras: “Hay horizonte, seguimos navegando”. Un mantra que al que me aferro.

Volviendo al espacio y al tiempo, horas después me encontraba con mis amigos, mi familia, en la Filmoteca Regional de Murcia. Es en ese momento, donde convergen los dos conceptos de espacio y tiempo. Una de mis amigas me presenta a Francisco Jarauta. Del zoom al más riguroso directo. Una persona humilde y muy, muy cercana. El motivo de nuestro encuentro no fue otro que el documental “Refugiados” de Amnistía Internacional; ocho historias que te dejan tocado, que no hundido, puesto que si así fuera significaría que no hay horizonte y me niego a pensarlo, sigo navegando. La primera cosa que me llama la atención (hasta yo mismo me sorprendo) es que los protagonistas y las personas que participan en el documental y de la historia de los personajes se tocan, se besan. Veo una realidad que no es la nuestra, en este tiempo y en este espacio.

Los testimonios son abrumadores; seres humanos repudiados por su propia sociedad, por la maldita barbarie e incomprensión. Me imagino saliendo de mi casa, ahora mismo, con lo puesto y dejando toda mi vida y mi familia atrás sin poder llevar nada, ni una foto, ni un recuerdo, nada, impelido a huir a otro espacio en un mismo tiempo. Me horroriza lo que veo. El exilio corrompe los afectos. Por un momento, una de las imágenes evoca un pensamiento sobre una de las noticias de los últimos días: el paciente uno del coronavirus. Y me pregunto, ¿quién fue el refugiado uno? ¿Cuál sería su historia? ¿Su origen? ¿Su tiempo? ¿Su espacio? Vuelvo al documental mientras me ajusto la mascarilla. Se encienden las luces y salimos. De nuevo, la misma amiga, me presenta a Antonia Bernal, nuestra compañera del “Club de lectura Mandarines” dirigido por Ángel Salcedo. Resulta que Antonia Bernal además de ávida lectora organiza, junto con la filmoteca, los eventos de Amnistía Internacional y es una gran activista en la lucha y ayuda a los refugiados. De nuevo lo digital se personaliza. ¿O sería más exacto la humanización digital? Nos sonreímos con los ojos; no queda otra. Tras una cerveza acelerada, nos despedimos. No he mencionado que Sylvia está presente en este triunvirato que forman mi familia de esta noche. En la cadena de sincronicidades, resulta que Sylvia Molina es una apasionada del “no tiempo y del no lugar pero, eso sí, a escala 1:1”.

Hoy, mientras compongo las letras que representan la partitura de mi memoria, recuerdo que, ese mismo miércoles, un periódico anunciaba que: “doscientos ancianos de una residencia acudían al teatro inmunizados tras recibir la primera dosis de la vacuna, tras un año sin salir de la residencia donde estaban”. En el mismo tiempo pero, en otro espacio, un teatro, unos ancianos recuperaban la sonrisa y la esperanza. Zeus, el perrito que hemos adoptado, llegará la próxima semana. No puedo esperar a que ocupe todo mi espacio y todo mi tiempo. Otro refugiado, pero este nació ya exiliado. Mi mente vuelve al documental y a esas historias; ¿Hay vacuna para los refugiados? ¿Hay vacuna para la sociedad que los hace refugiados? Me pregunto mientras preparo las cosas de Zeus. Si la hubiera, curaríamos otra Pandemia.

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