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Tres metros, catorce pasos

Por José Luis Muñoz , 9 febrero, 2014

CRISTINA DE BORBÓNEs lo que anduvo ayer Cristina de Borbón en Palma de Mallorca. Detuvo su coche avanzada la rampa, para no oír los improperios de los concentrados, dirigió una encantadora sonrisa a la prensa, para contrarrestar la expresión de quien se ha tragado una estaca de su marido, y entró en el juzgado a someterse al tormento del interrogatorio, cuatrocientas preguntas, al parecer, que le hizo el juez Castro. Han tenido que pasar años, ha tenido el juez instructor que jugarse el físico y redactar un auto de imputación del tamaño de Guerra y paz, y así y todo nos quieren hacer creer que la justicia es igual para todos y que no ha existido privilegio especial para la hija del que ahora reina y quizá debiera dejar de hacerlo a la mayor brevedad posible.

El prestigio de la ejemplar monarquía española se ha hecho pedazos en muy pocos años. El ejemplo de la real familia avenida, a la que se comparaba con la escandalosa británica, se ha ido al garete por la conducta impropia de sus miembros. El rey, la reina, los príncipes, las infantas, son tan vulgares y torpes como lo pueda ser el ciudadano de a pie. Ya no sirven ni como actores de teatro, porque actúan mal y no se saben el papel. El rey se va a Botsuana, se pega un batacazo mientras cazaba fieras, siendo el presidente de honor de Adena, en compañía de una princesa del imperio austrohúngaro con aires de Mata-Hari y penosamente pide perdón, como un colegial cogido en falta por la seño, a los españoles desde la clínica en donde se recupera. La reina, que no se sabe dónde vive, visita protocolariamente a su marido en el hospital, tras cada rotura de huesos, y lo hace en plan relámpago y por contrato. Elena se divorcia, que es lo más sensato que hace. De la futura reina dicen que va a su aire. Y ahora Cristina declara ante el juez como imputada en dos delitos económicos. Para cualquier persona objetiva esa familia no es ejemplo de nada.

Cristina entró sonriendo y, dicen, gimoteó durante el interrogatorio, entre el no sé, no me acuerdo y los no me consta que fueron sus respuestas y es lo que más suena últimamente en cualquier juzgado de España. Así es muy fácil ir a declarar. Está por ver si, finalmente, veremos a la hija del rey sentada en el banquillo de los acusados y haciendo compañía a su marido. Está muy enamorada, parece ser la eximente más razonada a su conducta de firmar todo lo que le ponía Iñaki Urdangarín delante de sus narices. Ignoraba lo que sucedía, parece querer decir ella, como si la ignorancia la pudiera exonerar del posible delito. Puede que no la condenen, pero ya lo está por la opinión pública.

Lo positivo de todo este caso es que hay un juez, Castro, empeñado en hacer justicia, aunque ello le acarree toda clase de males —atentos a su futuro judicial, porque ya tenemos antecedentes con Baltasar Garzón y Elpidio Silva—, y que van a ser llevados a juicio unos cuantos presuntos corruptos y delincuentes que se apropiaron de fondos públicos para sus intereses privados, tónica común de los últimos años en este país y una de las razones de nuestro empobrecimiento. Y sí, puestos a reconocer, Cristina está muy enamorada de su marido, a pesar de todos los pesares del duque empalmado, simpático apodo con el que el mismo se bautizó en la euforia de sus pelotazos.

Hora sería, quizás, de plantearse qué sentido tiene una monarquía en el siglo XXI, sobre todo cuando ésta es tan poco ejemplar como la nuestra.

 

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