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Sixte viator

Por Oscar M. Prieto , 18 junio, 2020

Como la onda de una piedra en un lago, así se expande su sonido humilde y solidario, comprometido. La campana hace al ayuntamiento, a la junta, al concejo, todos ellos nombres para expresar la decisión de vivir juntos. La campana existe porque existe una comunidad. Sólo en lo común tiene sentido su tañer. Incluso la muerte, que podría pensarse que es el acto más individual y exclusivo de uno, tiene dimensión comunitaria, pues no muere uno solamente y la muerte de uno sólo comprende al pueblo todo. Por eso tocan a muerto las campanas, porque cuando muere un vecino, el dolor, como la onda de una piedra en un lago, se expande desde los seres queridos hasta incluir a todos.

Y ahora, han muertos tantos ya, hasta las estadísticas reconocen un exceso de muertes, que a uno le sale de la boca aquel verso trágico: “!Sangre, no sangres más, cómo decirte que no sangres, sangre¡”. Han muerto tantos, que uno está tentado de rescatar de su mito a Sísifo, para que vuelva a encadenar a Thanathos y no pueda morir nadie.

El nivel moral de una sociedad también se mide por el respeto que brinda a sus muertos. Los muertos son la argamasa que une a las generaciones y su memoria debe ser reverenciada. Esparta recuerda a los caídos en las Termópilas con este epitafio inmortal: “Caminante, ve y di a los espartanos que aquí yacemos obedientes a sus mandatos”. Y es, precisamente, en su discurso fúnebre por los caídos en la Guerra del Peloponeso, donde Pericles manifiesta cuál es el espíritu de la democracia y cuáles los valores que presiden la vida ciudadana y fundamentan la grandeza de la polis.

Era costumbre en la antigua Roma que las sepulturas estuvieran a ambos lados de las vías que llegaban a la ciudad. En muchas lápidas se inscribía la siguiente expresión: Sixte viator. Detente, caminante. Era una llamada a quienes pasaban para que se detuvieran ante las tumbas y con una oración homenajearan la memoria de los muertos, para que no cayeran en esa otra muerte del olvido. Detengámonos también nosotros, no pasemos de largo, demos sentido al camino, porque estos muertos de ahora son nuestros muertos. Que pervivan en nuestro recuerdo.

Esta mañana, las campanas han tocado en Ferrol, por Juan, un buen hombre. Dios lo acoja en su Gloria.

 

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