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¿Qué hacer “después de la crisis”?

Por Carlos Almira , 5 abril, 2014

Dos líneas informativas parecen ir imponiéndose en los medios de comunicación estos últimos días: la primera, recalca la salida de la crisis (en concreto en España, con una disminución del paro, un incremento del número de afiliaciones a la Seguridad Social, y un crecimiento de la inversión extranjera y de las exportaciones); la segunda, apunta, como una suerte de contraste irracional, a los actos de violencia relacionados con las últimas manifestaciones realizadas contra los recortes (las últimas y multitudinarias marchas de la Dignidad en Madrid, eclipsadas intencionadamente con la muerte de Adolfo Suárez, o las más recientes manifestaciones sindicales en Bruselas). El mensaje parece claro: toda protesta hoy por hoy contra las políticas de austeridad, además de resultar irracional y contraproducente dados los signos de recuperación económica, está condenada a degenerar en actos de violencia y carece por lo tanto de sentido. Hay que quedarse en casa, confiar y esperar. Y por supuesto, ir a votar y hacerlo de forma responsable en las próximas elecciones europeas de mayo.

Frente a esta insidia colectiva, digna del Ministerio de Goebels (“cualquier mentira repetida hasta el infinito se convierte en verdad”), quiero rebelarme en unas pocas y modestas líneas. Y me gustaría ser claro y conciso porque creo, que contra todas las apariencias, estamos cada vez más en una encrucijada histórica, similar a la que vivieron muchos países tras la Primera Guerra Mundial (al fin y al cabo, no hay que olvidar lo bien que le vino entonces el fascismo, o incluso el nazismo, a la gran burguesía, e invito a releer las páginas laudatorias de demócratas liberales como mi admirado Wiston Churchil, escritas en los años 30, sobre personajes como Hitler). Estoy convencido de que, en aquel contexto histórico, muchos de nuestros políticos, banqueros y empresarios actuales no se quedarían atrás.

¿Qué hacer? Frente a la violencia, no puede haber otra respuesta que el rechazo pacífico. Rechacemos, en primer lugar, a los grupúsculos fanatizados que revientan desde dentro, a menudo con infiltrados, las manifestaciones pacíficas, y que proveen de suculentos titulares a los grandes medios de comunicación. Frente a las cargas policiales desproporcionadas e indiscriminadas, más propias de una guardia pretoriana, de un regimiento de cosacos, que de un cuerpo de policía al servicio de los ciudadanos, opongamos una resistencia pacífica. Que sientan su propia vergüenza. Que se sientan extranjeros en casa. A lo mejor algún día caen en la cuenta de que, quienes tienen enfrente, aparte de una minoría de vándalos a los que estamos en todo momento dispuestos a colaborar para identificarlos y detenerlos, son personas pacíficas y honradas, entre las que podrían estar sus novias, sus mujeres, sus hijos y sus padres. Cuando los cosacos y los soldados rusos cayeron en la cuenta de esto en las grandes manifestaciones de Petrogrado de febrero de 1917, volvieron sus armas contra sus oficiales. No lleguemos a eso nunca.

En segundo lugar, no se pierda de vista una cosa: la violencia contra la democracia no está ahora mismo del lado de los manifestantes, sino en las propias instituciones del Estado de Partidos, en las grandes Empresas y en los Bancos. Todo lo que fortalece y beneficia a esas instancias, nos perjudica; perjudica a la mayoría de los ciudadanos europeos. Ahora bien: nunca en la Historia tan pocos han podido tanto contra todos los demás. Si el Estado contase hoy con los mismos medios de represión con que contaba la Monarquía Absoluta de Luis XVI, hace tiempo que sus instituciones en Europa habrían caído de un modo u otro, por el deseo de la mayoría (que en las condiciones presentes no es, desgraciadamente, el expresado en las urnas). Los actuales medios de violencia “legítima” de que disponen los Estados, tanto militar como simbólica, le permiten ralentizar la Historia, pero no detenerla. Nadie puede.

La única forma, hoy por hoy, que se me ocurre de oponerse a estas instancias anti-democráticas es la resistencia pacífica: no participar; no votar; disponer en todo momento del mínimo posible de dinero en cuentas bancarias; no aceptar el lenguaje ni la lógica de la mentira; cambiar de cadena en cuanto aparezcan, no alimentar los medios que las propagan; no rebajarse de ciudadanos a mero auditorio (opinión pública).

No hay crisis, esta es la verdad. Nunca la ha habido: sólo robo.

Ciudadanos europeos, unámonos. Ahora o nunca. 

La entrada de Cristo en Bruselas (Ensor)

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