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No contamos cuentos, ¡Aprendemos!

Por Clara Cordero , 26 febrero, 2014
By Coley Christine Catalano

By Coley Christine Catalano

Desde tiempos inmemorables se han ido contando cuentos de padres a hijos, de abuelos a nietos, creando un bagaje cultural propio de la zona geográfica donde se escuchaba. La tradición continúa cuando les leemos cuentos a los niños por las noches, antes de acostarse, buscando que se interesen por la lectura, principalmente, con la meta de que acojan de buen grado y comiencen rápidamente a leer y escribir de manera autónoma. Es lo que tiene la vertiginosa exigencia escolar que cada año nos acompaña forzando las mentes de pequeños que sólo quieren vivir su propio cuento sin necesidad de ponerlo por escrito y leerlo, que para eso tienen la imaginación. Pero, una imaginación, a la que pronto cortamos las alas.

Está demostrado que el storytelling, la narración de historias, ha creado toda una ciencia a su alrededor, y no precisamente, en el sentido que la escuela otorga generalmente. Con todo esto quiero adentrarme en el campo de la psicología y de los beneficios que produce el escuchar y leer cuentos, así como, el crearlos o inventarlos. Se conoce la experiencia de Bettelheim quien  hablaba de los beneficios que producía la lectura de los cuentos de hadas, para enfrentarse a la realidad desde el entorno seguro del cuento, comprender miedos y angustias y, en definitiva, madurar psicológicamente. Les daba la oportunidad de que, los niños, conocieran aspectos emocionales que de otra manera no vivían, para interiorizar esas sendas, aprender a vivirlas, a compartirlas y a disfrutarlas llegado el caso.

Quiero resaltar sus palabras:

Para que una historia mantenga de verdad la atención del niño, ha de divertirle y excitar su curiosidad. Pero, para enriquecer su vida, ha de estimular su imaginación, ayudarle a desarrollar su intelecto y a clarificar sus emociones. (pág.9)

A pesar de los márgenes estrictos donde la competencia lingüística debe desarrollarse, debemos fomentar la lectura y escucha atenta de cuentos, precisamente para ayudar al niño a encontrarle un sentido a su vida, para disfrutar de su imaginación, como viene haciendo por sí mismo, en un intento de comprender su entorno y adaptarse, porque si llega el momento en que su creatividad para  jugar y su imaginación se cortan les resultará difícil la adaptación y por ende llevar a cabo su vida de una manera feliz.

Pero, lo más sorprendente de todo esto, es que mientras en la escuela dejamos de lado la faceta psicológica y emocional del storytelling, a nivel empresarial está cobrando auge, pues han entendido el poder que tiene una buena historia, la vinculación emocional que implica en el desarrollo de acontecimientos.

Si traducimos esto a nuestros niños, el producto que queremos venderles es su propio bienestar y nuestra historia se desarrolla día a día en cada casa y en cada escuela.

La educación está en todas partes. Con todos los estímulos vivenciales posibles.

Y un buen cuento, puede ser capaz de todo.


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