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Nigeria

Por José Luis Muñoz , 1 septiembre, 2020

Espero no tener ningún bisnieto, o tataranieto, que me enmiende la plana como le ha sucedido a la dama del crimen Agatha Christie. La prolífica, y literariamente muy mediocre desde mi punto de vista, autora inglesa deberá estar removiéndose en su tumba por la tamaña estupidez de James Prichard que acepta suprimir la palabra negrito de una de sus novelas más leídas, Diez negritos, y expurgar el término de su interior como si se tratara de un peligroso carcinoma.  Nigger, negro en inglés, resulta muy despectivo aunque vaya dulcificado por la palabra little. Por eso se acepta que exista un país llamado Nigeria, habitado por niggers, si no le han cambiado el nombre. Aclarar que en la novela de la autora inglesa no sale ningún negro ni por equivocación, ni el mayordomo ni el asesino son de esa raza, porque si así fuera habría que cambiarle el color de la piel dado el grado de estupidez humana al que estamos llegando.

Se están confundiendo, lamentablemente, churras con merinas desde hace algún tiempo. Ante los execrables asesinatos  cometidos en Estados Unidos por miembros de la policía contra ciudadanos negros, una muestra más de ese racismo latente en ese enorme país tan admirable como detestable, solo cabe el rigor de la justicia, que los asesinos sean juzgados, y, en el caso de su culpabilidad, condenados a penas de prisión y expulsados del cuerpo policial. La brutalidad policial es una constante en ese país, forma parte del american way of life, como lo son las periódicas masacres en los institutos, supermercados o cines que hacen que los atentados terroristas pasen desapercibidos como no tengan la magnitud de un 11S. La madre del cordero de toda esa anómala situación de violencia que pone los pelos de punta a los europeos, pero aceptan de buen grado una mayoría de norteamericanos, no es otra que la proliferación de armas de fuego entre los particulares de ese país (unos trescientos millones de artefactos letales que incluyen armamento de guerra) y los ramalazos de esa guerra de secesión norte sur que parece no cerrarse.

Creer que se acaba con el problema racial arrastrando las estatuas de Cristóbal Colón, ignorando a Hernán Cortés, poniendo advertencias en películas como Lo que el viento se llevó, llamando afroamericanos a los negros (un sudafricano bóer emigrado a los Estados Unidos sería afroamericano por esa regla de tres) y revisando toda la historia con los ojos de ahora nos llevará a demoler todas las catedrales y el Vaticano, porque la iglesia quemaba herejes y brujas durante la Inquisición, dinamitar las pirámides de México, porque los aztecas las tiñeron de sangre con los miles de sacrificados, y las de Egipto, porque se utilizaban esclavos para erigirlas, renunciar a las lenguas románicas, que vienen del latín de la Roma imperial que nos colonizó y mató a Viriato, y pedir perdón todos los días porque no sabemos si los neardentales fueron exterminados por los cromañones de los que venimos.

El problema no es que haya estúpidos como James Prichard y esa editorial francesa que va a retitular esa novela con Eran diez, o que se quieran cambiar los finales de los cuentos infantiles por otros, por machistas (escriban los propios quienes se quejen), o que nos hagan tragar el lenguaje inclusivo (no protesto por la humanidad, la especie humana, la ciudadanía, la patria, la democracia, la libertad, la infancia, la naturaleza…), o que lentamente se esté imponiendo ese concepto execrable de lo políticamente correcto que viene de Estados Unidos (ya comienzan a sonar pitidos, en lugar de tacos, en las cadenas televisivas), sino que se despilfarren energías en esas chorradas mientras se siguen lapidando mujeres por el delito de adulterio en países con los que mantenemos fluidas relaciones comerciales y políticas, y hasta reyes exiliados,  y se sigan asesinando negros, por el color de su piel, en una de las democracias más grandes del planeta.

Y me voy a cantar la canción del Cola-Cao, antes de que la prohíban.

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