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Mi relación con los auriculares sin cable. | Carlos Gómez B.

Por Carlos Gómez B , 14 marzo, 2021

Mi relación con los auriculares sin cable nunca ha sido buena. Ni lo fue con dieciséis años –cuando mis padres me regalaron unos auriculares de diadema de plástico que funcionaban vía bluetooth conectados a una especie de router– ni lo es ahora, con los maravillosos y tan famosos AirPods que me acabo de comprar.

Las diferencias que he tenido a lo largo de mi vida con estos chismes sin cables es algo que no me extraña porque yo siempre he sido ferviente defensor (por decirlo de alguna manera) del cable. Soy pro-cable. Quiero decir que nunca he perdido ni una cartera, ni unas llaves, ni mucho menos, unos auriculares con cable. De alguna u otra forma, he acabado encontrando mis auriculares con cable en bolsillos de chaquetas, pantalones, o mochilas. Nunca ese microinfarto de no saber dónde están ha llegado a males mayores.

Lo que os quería decir es que, antes de ayer, me llegaron los AirPods, abrí ansioso la caja, los cargué rápidamente y salí de casa con ellos puestos como un niño pequeño con un juguete nuevo. Un niño con la ilusión de viajar en metro sin cables. Planazo. Decidí comprar estos auriculares sin cable porque en mis auriculares con cable solo funcionaba el auricular derecho. Horrible.

Ahora, apenas un día después, he perdido el auricular izquierdo de mis auriculares sin cable y tengo la certeza de que anda suelto por las calles de Madrid, en concreto, por la calle del bar al que fui a tomar algo ayer, por la que he vuelto a pasear, pero no he encontrado nada. Defraudado por mi mala suerte, he insistido en buscarlo hasta que he pensado que buscar un auricular sin cable en Madrid es como buscar una colilla determinada en una ciudad de seis millones de habitantes. Perder el tiempo, vamos.

Por lo tanto, digamos que solo he perdido el auricular izquierdo de mis auriculares sin cable nuevos y me toca volver a escuchar música solo por el auricular derecho. Vaya tú las casualidades. Así que, ahora, aquí estoy, abrazando la tristeza mientras escucho ‘My Tears Are Becoming A Sea’ de M83 por una oreja pensando que todo podría ser peor.

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