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Las abuelitas y los paraguas. | Carlos Gómez B.

Por Carlos Gómez B , 14 marzo, 2021

Las abuelitas y los paraguas tienen una estrecha relación. Me refiero a que hay abuelitas que salen de casa solo cuando llueve, como los caracoles. Y cargan con gigantescos paraguas verdes de florecitas rosas desgastadas y una espalda encorvada llena de disgustos y trabajo. Aunque la imagen es, digamos, un poco triste, eso a mí me parece una fotografía curiosa. Hay abuelitas que parecen bebés, y caminan por las aceras como si estuvieran dando sus primeros pasos, entran en los pasos de peatones con cuidado y acarician las fachadas y los andamios para no caer. Aunque la imagen es, digamos, un poco triste, eso a mí me parece una fotografía curiosa. Los paraguas –como escribió Karmelo C. Iribarren– mueren por ti; y todos sabemos que las abuelitas dan todo por los suyos.

De niño, mi abuelita me preparaba con todo el amor del mundo la que era mi merienda favorita: patatas fritas con huevo y, de postre, palomitas de maíz con caramelo. Si era verano, al postre le sumaba helado. Un día, después de merendar, yo tenía que volver a casa. Recuerdo que llovía. Recuerdo que llovía mucho y tuvo que dejarme su paraguas favorito. Su paraguas favorito era negro y tenía unos detalles –que nadie sabía si eran flores o animales– en rojo. Lo compró en un viaje a Santander, con el abuelo. La historia del paraguas –que ya me había contado un par de veces– la conocía de sobra. Pero ella me la volvió a contar y me dijo: cuídalo bien, que no se rompa. En cierta medida, al principio, pensé que optaría por no dejarme el paraguas, pero yo era su nieto y todos sabemos que las abuelitas dan todo por los suyos.

Hace unos días, fui al teatro EDP Gran Vía, en Madrid, a ver un monólogo de Berto Romero. (Son buenos tiempos para los monólogos). Como llegué el primero y tenía que esperar a unos amigos, me apoyé en la fachada del teatro Capitol, que estaba cerrado, a observar un poco todo, como si tuviera setenta y tres años. Recuerdo que llovía. Recuerdo que llovía mucho y la Gran Vía brillaba bajo unos pasos tristes. Personas volviendo a casa y poco jazz. Personas durmiendo en los escaparates cerrados. Me costaba creer la realidad, pero la realidad estaba más presente que nunca: teatros, bares, y neones y carteles apagados.

Tras varios minutos, la lluvia empezó a apretar y, con ella, el viento se volvió más intenso, lo que provocó que a una abuelita se le diera la vuelta el paraguas y se enfrentara entonces a un amasijo de plástico y hierros. Aunque yo estaba a escasos metros, la situación me pilló un poco por sorpresa, y no pude si quiera hacer el amago de echarle una mano. En ese momento, una niña que pasaba por su lado, apartó la mirada del móvil, y le ayudó con una sonrisa.

Aunque la imagen era, digamos, un poco triste, eso a mí me pareció una fotografía curiosa.

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