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La prensa genuflexa

Por Francisco Collado , 23 abril, 2021

 

Habitamos un terruño donde las pasiones son por naturaleza extremadas y excesivas, donde el concepto de diálogo es una navaja en la liga o dos gañanes de Goya, deslomándose sin saber cuando comenzó la reyerta ni porque motivo.

La polarización emocional es nuestro modo de vida, nuestro entretenimiento más cotidiano. Cuando no andamos a la greña, no somos felices. El enfrentamiento parece retroalimentarnos,  la esgrima de la descalificación y el murmurio son el deporte nacional por excelencia.

Vivimos tiempos difíciles para la lírica y también para la pragmática. La comunicación entre receptor y emisor está enfangada por los totalitarismos ideológicos y el cerebro límbico se ha apoderado de los diálogos, campo lingüístico donde se emiten las opiniones sin procesarlas previamente.

Opiniones y razonamientos ex cátedra, sin respeto a las posiciones ajenas. Ahora han entrado en el juego quienes deberían velar por la transparencia, ser vehículos fiables de información y fomentar la cultura. Pero nunca deberían ser el brazo armado de grupos de presión, órganos oficiales o ideologías. La prensa nunca debería ser juguete del poder ejecutivo, marionetas colgando tristemente del hilo de las subvenciones oficiales, lacayos al servicio de los que pretenden dictar las conductas ciudadanas. De aquella prensa; otrora cautiva; rabiosa luchadora contra la censura, adalid de las libertades y el conocimiento, hemos pasado a sufrir un sector mediático genuflexo. Un fragmento del cuarto poder, con querencia de reclinatorio y devocionario ideológico. El paisaje es patético y sombrío. La paleta humana, decepcionante, rancia y mostrenca. Quienes se prestan a la genuflexión ante la voz de su amo, convierten sus tertulias, noticias o artículos en patéticos reflejos de lo que es el verdadero periodismo. Un espejo deformante y necio de la realidad; a golpe de talonario; donde el sectarismo sustituye la libertad de pensamiento y la reverencia bufonesca al poder apaga todo atisbo de lucidez.

El enfangamiento alcanza su mayor nivel de putridez en las tertulias televisivas o radiofónicas. La selección de tertulianos parece realizarse en alguna escuela básica de adoctrinamiento cerril. El inmovilismo, la incapacidad de avanzar, el encastillamiento en posiciones extremas o la descalificación del otro, son la marca de la casa. Contertulios con escasa capacidad, y menos conocimientos, cuya único razonamiento es la vena del cuello a punto de explotar cuando les llevan la contraria y un ramillete exiguo de adjetivos para aplicar a quienes les contrarían.

La parcialidad, la tendenciosidad, la manipulación de la noticia se han apoderado del paisaje y el paisanaje. Las propuestas parecen surgidas del más añejo  catetismo ilustrado. Diálogos vergonzantes que insultan la inteligencia del espectador y actitudes de soberbia de quienes acuden a la palestra desde esa superioridad moral en que habitan los insustanciales. Se practica el juego de la falsa dicotomía, el postulado erróneo y la estrategia motte and Bailey, que describiera  el filósofo Nicholas Sackel. Una táctica que permite retirarse, falsamente, de las posturas radicales, jugando con dos conjuntos de postulados, para manifestarse ofendido y desconcertado con las críticas cuando la cosa se pone fea.

El lenguaje mediático de algunos medios pasa por el tamiz de la manipulación, la complacencia servil, la testuz humillada. El arma frente al oscurantismo la tenemos muy a mano, el conocimiento, la cultura, el aprendizaje. El criterio.

Como decían los antiguos, basándose en el libro de Job: “Pos tenebras lux”. Después de la oscuridad, la luz. Siempre. Siempre.

 

 

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