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La ilegitimidad de las anticoronavirulentas ordenanzas políticas

Por Eduardo Zeind Palafox , 22 julio, 2020
Eduardo Zeind Palafox 
 
Las ordenanzas políticas modernas, que tejemanejan tópicos económicos, tecnocráticos, lingüísticos e ideológicos, son legítimas cuando dimanan de eso que Maquiavelo llamó “verità effetuale” (1) (“verdad efectiva”), y se urden científicamente, se expresan con claridad estética y lógica y se rigen según los “últimos y esenciales fines de la humana razón”, a decir de Kant (2). El texto siguiente no es rigurosa reflexión filosófica sobre el concepto de “legitimidad”, sino crítica política que coadyuvará, creemos, a que se enjuicie y castigue a los políticos que, ante la pandemia que nos asuela, hayan formulado y aplicado leyes, máximas, códigos, estatutos, etc., ignorando la realidad humana.
 
Pongamos algunos ejemplos de ordenanzas políticas legítimas dimanados de la religión. La humana razón, por ejemplo, tiene por fin esencial la certidumbre material, económica. Se dispensan las alcabalas para que operen certeramente las ciudades, que son sitios donde se vive entre leyes, cual dueños de cosas útiles, y no entre bárbaros y ladrones. Hay testimonio de lo dicho en la Biblia, que dice (Mateo 22: 21): “give to Caesar what belongs to Caesar, and give to God what belongs to God” (3). Tolere el lector los anglosajones versículos, que son los que acarreo en la memoria. Razonen los césares aguas, trigos, mulas, frutos, para que los cristianos gasten las horas contemplando las cosas del cielo, que humanizan. Lo que humaniza, lo que desbarbariza, colegimos, es legítimo.
 
La humana razón, verbigracia, tiene por fin esencial conocer lo real. Se fomenta el laicismo para barrer polvorientos dogmas, que embozan verdades. Hay testimonio de lo aseverado en la Biblia, que dice (Mateo 12: 4): “broke the law by eating the sacred loaves of bread that only the priest are allowed to eat” (4). Múltiples angustias de cariz metafísico y muchas voces mesiánicas fenecen después de yantar, es decir, luego de atender la “ventrirrealidad” (admita el lector el neologismo, mero divertimento de cuarentena). Romper las antivirulentas prohibiciones gubernamentales, que quieren que en casa certeramente muramos de hambre para evitar la probable muerte en manos del coronavirus, es legítimo.
 
La humana razón, además, tiene por fin esencial la igualdad social. Se instauran lenguas oficiales, como el inglés o el español o el latín, para posibilitar el diáfano diálogo racional entre pares, que es condición de la democracia. Hay ilustración de lo afirmado en la Biblia, que dice (Génesis 11: 9): “confuse the people with different languages” (5). Vitorear el poliglotismo medianero no nos vuelve cosmopolitas, sino meros equívocos balbuceadores de provincianos quechuas, de clasistas psicologías, de nahuañoles y de esnobistas métodos estadísticos. Quitar de las escuelas los saberes técnicos y verter los científicos, que realmente son claves para entender pandemias, pestes, etc., es legítimo.
 
La humana razón también tiene por fin esencial la justicia, terrenal o celestial. Se filosofa para deducir o justificar la idea de “personalidad”, que es basamento de la jurisprudencia y de la religión, que son ciencias que regalan esperanzas a los afrentados y a los arrepentidos. Hay, claro es, testimonio de lo dicho en la Biblia, que dice (Mateo 3: 2): “Repent of your sins and turn to God, for the Kingdom of Heaven is near” (6). El confinamiento anticoronavirus, afirman los “mass media”, salva vidas, pero sólo las biológicas. Jugamos, notará el pío lector, con los significados de “vida”.
 
¿No dice Jesucristo (Mateo 10: 39) que los que desean salvar la vida la perderán y que los que la pierden por Él, que es no es “sino idea”, según poema de Unamuno, la ganarán? Los confinados, de cierto, resguardan el cuerpo, pero están perdiendo hacienda, salud mental y social, teleología, sentido, etc. El confinamiento anticoronavirus, afirma parte del pueblo (la clase alta y la clase baja), salvará el cuerpo, pero matará el espíritu. Diez vivos envilecidos son de menor valía que cinco héroes muertos y cinco vivos dignificados por esos héroes. Que la libertad y el pundonor valen más que la biología lo demuestra cualquier biografía de héroe.
 
Razonemos la pandemia, ahora, con filosofemas de Maquiavelo. El ser humano, naturalmente, es malo, afirma Maquiavelo (7), y si mexicano, es malo, “cortés y espinoso” (8), según descripciones antropológicas de Octavio Paz. Tal dice el realismo político. La beatería política, en cambio, aconsejando “quedarse en casa” conjetura que el ser humano, en general, es amenísimo, enciclopédico, elocuente conversador, o sosegado contemplador. A buen seguro el mexicano, luego de constantes careos con amigos y familia, espinará con físicas y verbales descortesías. ¿Se previeron tales males y se establecen remedios? No, pues la beatería política es irrealista, no es científica. Luego, es ilegítima.
 
Hay, dice Maquiavelo, pueblos belicosos, amigos de la libertad, expansivos, como el norteamericano o el español, y hay pueblos mansos, gustosos de la esclavitud, defensivos, como los latinoamericanos (9). Los mexicanos, p. ej., dice O. Paz que son “resignados”, “pacientes”, “sufridos” (10). Aprisionar en casa al mexicano, conjeturó la beatería política, sería hazaña, brega fortísima entre policías, militares y ciudadanos. Pero el mexicano, por el contrario, fue aprisionado sin lides, y ya vitorea el quietismo, que recubrirá con sensiblería. Fácil fue encerrarlo y difícil será sacarlo. ¿Hay persuasiones que logren que tal medroso se removilice no por tormentos estomacales, sino por menesteres libertarios? No, pues los discursos coronavirulescos actualmente son oscuros, ilógicos, o por mejor decir, ayunos de legitimidad. Oí que cierta mercader, luego de atender científicos argumentos contra el uso del cubrebocas, dijo: “Pues serán peras o serán manzanas… yo usaré el cubrebocas y me quedaré en casa”. ¡Intuiciones sin conceptos son cegueras, dijo Kant!
 
Escribió Maquiavelo que tres tipos de hombres componen las sociedades: los que inteligen y expresan lo inteligido, los que interpretan lo que los intelectuales expresan, y los que ni inteligen ni interpretan (11). Dicen los que inteligen, como G. Orwell, que el lenguaje es reflejo de la mente. Los mexicanos poseen, afirma O. Paz, lenguajes poblados de “reticencias”, de “figuras”, de “alusiones”, de “puntos suspensivos”. La pandemia que nos asuela es problema complejo que exige agudeza mental. Pero los mexicanos, a causa de lo dicho por Paz, viven más acostumbrados al gesto que a la palabra, a la imaginación que al método, al refranero que al diccionario, a lo espectral que a la geometría, y han transformado el tapabocas en esvástica moral, y el virus en monstruo etéreo, y la medicina en curandería, y lo político en apocalíptico. ¿Los pedagogos mexicanos conocían que los discursos científicos son para los mexicanos ristras de latín ciceroniano? No. Fomentan, por ejemplo, el “constructivismo” en México, donde la gente no lee libros o periódicos, sino fruye filmes y “memes”. Luego, los ardides propagandísticos contra la pandemia son ineficaces, ilegítimos.
 
El mundo es mudanza, por lo que cualquier resolución humana es falible, sostiene Maquiavelo (12). Mas el mexicano, en achaques de política, afana crear “mundos cerrados”, inmóviles, dice Paz, y quedarse en casa, es decir, aislarse del mundo, le es como atender y desatender algún filme, alguna novela, algún cuento, que son tramas inmutables. Las instituciones mexicanas, cuya cosmovisión es petrificante, en viendo mudanzas, caos, vuélvense aporreantes de lo diverso, de lo raro, y las del PRI y las del PAN han maltratado y matado, p. ej., a gentes que se niegan a enmascararse para pelear contra invisibles. ¡Ilegitimidad de ilegitimidades!
 
Meditemos la cientificidad de las descripciones coronavirusinas. La palabra “ciencia” es en alemán “Wissenschaft” y en inglés “science”, tríada relacionada con el término latino “scire”, que significa “saber”, palabra ligada a la radical indoeuropea “skei”, que significa “cortar” (13). El “saber”, así, es “conocimiento” evidente, claro, distinto, y es o universal y necesario, “omni scientia”, o parcelario, específico, “erudivit scientia”. El conocimiento científico, así, es corte, silueta, constante distinción sensorial e intelectual, esto es, categorial. Y las categorías científicas posibilitan taxonomías, con las que se tejen sistemas. Fiebre, tos, ahogamiento, dolor muscular, confusión, dolor de cabeza y de garganta, nasal congestión, dolor de pecho, náuseas, vómito (14), no son datos que conjuntados indiquen inequívocamente, categóricamente, taxativamente, sistemáticamente, algo concreto. Luego, tales datos no son tenidos por científicos, por legítimos, ni por los médicos científicos ni por la opinión pública (15).
 
Dijimos principiando que son legítimas las ordenanzas expresadas con claridad estética. Aclaran estéticamente, es decir, la percepción, las proposiciones que distinguen lo “a priori” y lo “a posteriori”, es decir, las intuiciones puras, como la extensión del círculo o la forma del triángulo, que son productos, esquemas de la imaginación, y las intuiciones empíricas, como el color de las rocas o el olor de la madera, que son productos de la capacidad sensitiva. Se confunden, se abigarran de ordinario las imágenes mentales a causa del creer que los predicados apriorísticos, como la extensión y la figura, son notas esencialmente específicas de los objetos empíricos y que los predicados aposteriorísticos son universales y necesarios (15).
 
El término “casa”, según el atolondrado, obscuro uso a la moda, signa apriorística, imaginariamente, algo extenso y concluso, esto es, algo que los virus no traspasan. Tales predicados, aplicados a la palabra “casa”, son fantasías de la beatería política de la pequeñoburguesía, clase social para la que el “hogar” es sitio caluroso, seguro, amoroso, alimenticio, etc. Pero las casas mexicanas, en general, son paupérrimas. Luego, quedarse  en casa será para las masas mexicanas aprisionamiento psíquico, hacinamiento alongado, tormento sonoro, óbice económico y político, es decir, ilegitimidad vital.
 
¿Qué es la claridad lógica? Aclaran lógicamente, es decir, el razonamiento, las proposiciones que distinguen lo analítico y lo sintético, es decir, los predicados necesarios (“los perros ladran”) y los contingentes (“los perros son valientes”). Se entenebrecen, se confunden constantemente las proposiciones a causa del mucho frecuentar accidentes y contingencias durables, esto es, conjuntos de notas reunidas no necesariamente. La frase “quédate en casa”, que tácita acarrea otra, que dice “porque es segura”, aunque parece analítica, o sea, aunque simula decir algo necesario, científico, merced a la obscuridad estética antedicha, en realidad es sintética. Quedarse en casa, luego, será larga, interminable, ilegítima espera inútil que no evitará lo inevitable.
 
Todo lo meditado, diría Kant, es legítimo si es coligado a los “últimos y esenciales fines de la humana razón”. Algunos “esenciales fines” son, pongamos por caso, la justifica, la libertad, la perfección, que son ideas. Quedarse en casa, según la beatería política, es salvar la vida, es vislumbrar venideras libertades y resguardarse del mal. Mas nótese que quedarse en casa acrece injusticias, ata a deudas económicas, envilece obreros, mujeres y niños, etc. ¿Por qué? Porque las ordenanzas políticas que mundialmente se urden contra el coronavirus, según vimos, son en realidad económicas y dimanan de idealismos burgueses, de pseudociencias, y son expresadas apriorística y sintéticamente y regidas no por la humanista razón, sino por intereses politiqueros.-
Notas: 
(1)  MAQUIAVELO, Nicolás, El Príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio (Selección),  Editorial Gredos, Madrid, 2011.
(2)  Usamos la traducción de la Crítica de la razón pura realizada por el profesor J. M. D. Meiklejohn. La filosofía, dice Kant en sección titulada “Opinion, Knowledge, and Belief”, es “the science of the relation of all cognitions to the ultimate and essential aims of human reason”. Tales fines, en la filosofía kantiana, son la inmortalidad, la libertad y Dios.
(3)  HOLY BIBLE, New Living Translation. Second Edition, Carol Stream, Illinois, 2007.
(4) Ibidem
(5) Ibidem
(6) Ibidem
(7)  En Tito Livio, cap. XXXVII, Maquiavelo señala, por ejemplo, los “instintos ambiciosos de los nobles”. ¿No nota el pueblo que el dinero, merced al confinamiento de marras, sobre todo circula hacia los grandes capitalistas, nobles ambiciosos?
(8)  PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.
(9)  Maquiavelo, en El Príncipe, cap. VI, sostiene que las armas son cimiento del buen gobierno, pues dice: “De ahí que todos los profetas armados triunfen, y los desarmados se hundan”.
(10)  Se hallan las siguientes descripciones pacianas en el ensayo llamado Máscaras mexicanas, contenido en El laberinto de la soledad, libro que ya citamos con quisquilla académica en la nota 8.
(11)  Ver El Príncipe, cap. XXII.
(12)  En Tito Livio, cap. VI, dice Maquiavelo: “las cosas humanas están en perpetuo movimiento”.
(13)  Cfr. el Deutsches Wörterbuch, de los Grimm, y el Lexico de la Oxford University Press.
(14)  Ver Epidemiological and clinical characteristics of 99 cases of 2019 novel coronavirus pneumonia in Wuhan, China: a descriptive study (varios autores), publicando en la J Med Virol en 2020.
(15)  Jake Bittle, en artículo publicado en The New Republic el 5 de mayo del 2020 (Why Conservative Dismiss the Dangers of the Coronavirus), enlista los motes que el coronavirus recibe de los conservadores, y algunos son: “arma china”, “farsa”, “forma misteriosa”, “gripe común”, “sentimentalismo”, y hasta cosa que se combate con el “poder positivo de la mente”. Hay, señala Bittle, “skepticism about whether the social distancing measures scientist have recommended to contain the crisis are necessary”. Quéjanse los conservadores, además, de que las ordenanzas anticoronavirulinas son establecidas como “leyes marciales” por hombres a los que hemos dado “divinos derechos de reyes”.
(16)  Predicar, o enjuiciar, dice Kant en la Crítica ya referida, es “the mode of bringing given cognitions under the objective unit of apperception”. Ver sección llamada “The Logical Form of all Judgements Consist in the Objective Unity of Apperception of the Conceptions Contained Therein”. La “apercepción” es el “yo”, que atomísticamente se distingue de las cosas del mundo, cosas que conoce distinguiendo geométricamente. Tal distinción es facultad “a priori”. Con experiencia, sin experiencia, la mente produce formas geométricas, de las que cabe predicar algo. Lo captado, sea virus, flor, astro, es acarreado hasta el “yo”, que todo lo unifica o sistematiza geométricamente. Decir que los virus son redondos, cuadrados, triangulares, no es decir cómo son realmente los virus, sino decir sólamente cómo nos aparecen, por ejemplo.

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