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La “diversión” es una palabra fea

Por Juan F. Trillo , 23 abril, 2021

Por Juan F. Trillo

Los científicos vuelven a la carga con el tema de la naturaleza última de la realidad. Hace unos pocos días, la antaño prestigiosa Scientific American publicaba un ensayo firmado por Fouad Khan, editor de Nature Energy, en el que afirmaba que “vivimos en una simulación”. Aquí hay dos cuestiones que vale la pena mencionar antes de entrar en materia. La primera es que Scientific American solía ser una revista científica con un prestigio sólido y bien asentado. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha venido acercando peligrosamente a la “divulgación científica”, alternando estudios serios con otros que no lo son tanto. En este caso, el título ya lo dice todo: “¡Confirmado! Vivimos en una simulación”. Así, con signos de exclamación. Mal comienzo para un ensayo que se pretende serio. Por otro lado, de “confirmado”, nada. Es una hipótesis, solo eso. Porque no hay forma de que llegue nunca a ser otra cosa.

El tema no es nuevo y la idea tampoco. La única novedad es que en los últimos tiempos se viene presentando de una forma más acorde al racionalismo que —bendito sea— se ha instalado entre la mayoría de la población. De ahí que nombres como el científico Neil deGrasse Tyson, el empresario Elon Musk, o el filósofo Nick Bostrom hayan divulgado, gracias al altavoz que les proporciona su popularidad, que, en su opinión, pudiera ser que fuese posible que tal vez nuestras vidas no sean otra cosa que una simulación virtual. Una especie de super-videojuego, vamos.

Pero como digo, es una posibilidad que ya se les ocurrió a los pensadores filosóficos y religiosos hace varios miles de años. No hay más que releer a Platón, por ejemplo, o echar un vistazo a los postulados budistas: nada es real, ni el dolor, ni la alegría, ni el sufrimiento, ni el placer. Todo es una mera ilusión, de ahí el esfuerzo de las religiones orientales por liberar al individuo del engaño que suponen las ataduras materiales, que nos enredan y provocan tanta infelicidad. De ahí que tantos y tantos busquen el “despertar”, a la auténtica realidad a través de la meditación.

Claro, a mediados del siglo pasado llegaron los videojuegos, y desde entonces no han dejado de perfeccionarse. Las realidades alternativas que ofrecen a día de hoy son altamente sofisticadas y para muchos la similitud es evidente. Y luego salieron los hermanos Wachowski con su serie de películas Matrix y ya fue el no-va-más. Ahora, siempre que alguien saca el tema, termina recurriendo al símil cinematográfico (como yo, ahora mismo) y diciendo que “en realidad vivimos en una Matrix”.

Y también los literatos siempre han sospechado que por ahí van los tiros. Recuerden sino a nuestro Calderón de la Barca cuando aseguraba que “la vida es sueño” o a Shakespeare con su “el mundo es un escenario teatral”. El paralelismo entre la vida real y la creación ficticia es irresistible. Esa necesidad perentoria de que las historias tengan conflicto, drama, emoción. ¿Quién quiere ver una película o leer un libro en la que los protagonistas llevan una vida ordenada, sensata, sin problemas? No sería divertido. Y ahí está la clave, en la diversión de los jugadores (tal vez deberíamos decir de Los Jugadores). Necesitan que los personajes se enfrenten a situaciones extremas y que experimenten emociones intensas, por eso las cosas nunca van bien durante mucho tiempo antes de que suceda algo y se tuerza todo.

Así que, llegados a este punto, puede que algunos se pregunten: “Entonces, ¿somos libres? ¿tenemos libre albedrío? ¿o están nuestras vidas/decisiones condicionadas por las circunstancias y por El Diseño de los Personajes, igual que lo están en Los Sims, por ejemplo? Esa es la Gran Incógnita, que viene atormentando desde hace siglos a quienes se detienen a reflexionar sobre la cuestión, porque lo cierto es que de la respuesta dependen tantas cosas…

Personalmente, siempre he pensado que el gran debate público debería ser si somos o no verdaderamente libres, si tenemos o no, y hasta qué punto, capacidad de decisión sobre lo que nos sucede. Creo que deberíamos dedicarle más atención al tema. Pero claro, luego están cuestiones candentes de verdad como si debe haber o no una Superliga entre los equipos de fútbol punteros, por ejemplo, y me doy cuenta de que no se puede competir con eso. Este universo puede o no ser real, pero sigue habiendo prioridades; de eso no hay duda.

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