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Jarrones chinos

Por José Luis Muñoz , 21 junio, 2020

De jarrones chinos anda la política española muy sobrada. Uno acaba de cumplir noventa años y, cuando estaba activo, en una de las muchas entrevistas que le hicieron en la televisión oficial de Cataluña dijo, temiéndose lo peor y en un ejercicio de clarividencia que le honra, que todavía podía estropear su biografía. Lo hizo. ¿Qué coño es eso de la UDEF? es una de sus frases que pasará a la posteridad junto al Aixó no toca. El patriota catalán, el negociador incansable que gobierno tras gobierno que tuviera España iba sacando migajas mientras sembraba el cisma de la discordia entre los suyos, acabará siendo recordado como el personaje que patrimonializó la patria catalana y, por tanto, la saqueó en provecho suyo y de los suyos con un sistema clientelar y corrupto que vendió luego a otras formaciones.

Hay otro jarrón chino que desde su laboratorio de ideas agita la política española y ha colocado a su delfín, ayudado por una fiel escudera lenguaraz y agresiva, al frente de un partido que lleva años haciendo aguas, desubicado y buscando su lugar en el sol sin encontrarlo desde que se escorara a la derecha más extrema. Esa mano que mece la cuna de su formación es uno de los personajes más siniestros y detestables que ha dado la historia de nuestro país desde los tiempos de Fernando VII, regio traidor, un lacayo en su momento de la potencia hegemónica, sordo a la calle y a su propia formación, belicista a ultranza y cómplice de uno de los mayores desastres que se han perpetrado en los últimos años y de los que no se arrepiente sino que se ufana. Increíblemente hábil, hay que reconocerlo, en salir de todos los entuertos procesales que le han rodeado y han llevado a sus íntimos entre rejas mientras, disfruta de sueldos, prebendas y sociedades ficticias, pero uno no pierde la esperanza de verle algún día sentado en el banquillo de los acusados y en una celda con televisor y sauna.

El jarrón chino por excelencia es el que acuñó el término y lo ejerce a conciencia poniendo la zancadilla una y otra vez a sus compañeros de partido que, inexplicablemente, no lo depuran y expulsan de él esperando que sea el mismo quien dé ese paso. Siempre dominó el verbo, porque le viene de cuna, abjuró de la pana al mismo tiempo que de sus principios progresistas, hizo el trabajo sucio en el desmantelamiento  del tejido industrial de su país, que no se hubiera atrevido a hacer la derecha, y organizó un chapucero ejército de asesinos y torturadores que pagamos todos. Un informe de la CIA revela lo que todos conocíamos, que era el famoso señor X, como también todos sabemos quién era el Elefante Blanco que se esperaba en el Congreso el 23 F. El señor X sigue ejerciendo de politólogo, dando consejos, metiendo cizaña hasta que alguien pase por su lado, lo tire,  queriendo, y lo haga añicos, a ese y los otros dos jarrones chinos que no suman sino que restan en el haber de este país ingobernable.

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