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Gracias, Pau Donés.

Por Luis Javier Fernández Jiménez , 24 abril, 2021

Admito que nunca he sido oyente de la música de Jarabe de Palo y que este grupo no lo conocía más que por sus, quizás, famosas canciones: Depende y La Flaca. Siempre oí éstas en videoclips o en emisoras de radio. Pero hasta hace un tiempo, concienciado de la difícil situación por la que pasaba Pau Donés a la vista de su cáncer de colón, que lo haría fenecer, me animé a hincarle el diente a sus 50 palos y sigo soñando. No es un libro brillante por su estilo dado que Donés no se manejaba especialmente con la pluma; pero, desde luego, sí lo es por sus reflexiones morales.

En el último año ha tenido muchas ediciones y es posible que se ubique en las primeras cifras de libros vendidos en España, aun cuando no se ha cumplido un año de la muerte de Pau. Por su parte, en sus páginas se desnuda un hombre débil, consciente de que su «cangrejo» se la va a jugar muy sucia. Sin embargo, según relata en sus líneas, el cantante crea un nexo llevadero con su enfermedad: «Por contradictorio que parezca, el cáncer me ha dado momentos gloriosos, de una clarividencia brutal, de una emoción como nunca antes había sentido». Realmente ante una tesitura semejante, raro es la persona que puede expresar algo así. Aquí no estamos hablando de un libro de autoayuda, sino de las confesiones de una persona que se va a ir al otro barrio como consecuencia de una enfermedad irreversible. De manera que  sus páginas no son un extracto biográfico, porque, como él mismo afirma: «Muy lejos de pretender escribir una biografía, pues las biografías suelen oler a muerto y yo todavía no…». Es un libro solemne, íntimo y con mucha carga emocional; al menos en mi caso –y creo que también a cualquiera que lo haya leído– sus páginas te arrancan unas lágrimas y unas carcajadas.

Son diversas las reflexiones que se pueden extrapolar de sus líneas, pero hay un aspecto clave: aprender a relativizar las cosas. Eso lo sabía muy bien Pau a la vista de un viaje que realizó a Mali, donde conoció la miseria, el hedor de la muerte ajena y el coraje de los lugareños por su afán de sobrevivir. Así que por la cuenta que nos trae, los seres humanos somos tiquismiquis por naturaleza, refunfuñones y flojeras cuando la vida nos sitúa a sus anchas con todas las comodidades; y en ese sentido nos acabamos convirtiendo en los villanos de nuestro tiempo y esclavos de nuestro confort. A diario nos topamos con gente a la que se le acaba el mundo cuando no dispone de móvil, de la popularidad que anhela en sus redes sociales, los deseos materialistas y las infinitas gilipolleces propias de los países del Primer Mundo. Gente que alcanzando sus cuotas de idiotez extrema, maximizan sus problemas como si se ahogasen en un vaso de agua. Hasta que, como dice Pau, te detectan un cáncer y toda la tontería se  te quita de encima. Y a partir de ahí priorizas con lo que realmente merece prestarle atención e importancia.

Por eso agradezco mucho haberme topado con este libro ya que me reconforta con la condición humana; es decir, con la humildad, el coraje, la honestidad y la lucha por la supervivencia sin polvaredas. Esto es extraño en nuestros días porque, en casi todos los casos, el estatus social tiene mucho peso para el individuo; y el conformismo, el dinero, el amor, el bienestar y la ingeniería social nos configuran hasta puntos moralmente despreciables. Casi todos los días escucho a gente a la que, lo mejor que le puede suceder, es que reciban un paliza de realidad; pues por desgracia, a veces el mejor método de enseñanza es verle las orejas al lobo, pasarlas canutas o jodidamente mal, para darnos cuenta de  lo miserable que es el mundo que creamos, pensando que todo tiene que ser espléndido, apasionante y cautivador. Siempre hay un iceberg delante de todo Titanic, la noche en la que Troya arderá, el momento donde todo se ponga patas arriba y lo bienaventurados que hemos sido, las ilusiones o las falsas expectativas de las que nos alimentamos, no van a servir para nada. Que, a fin de cuentas, enseñoreamos la vida cual si tuviese que ser todo bonito sin percatarnos que a este mundo venimos a sufrir, a sentir dolor, pena, miseria, a fracasar, a saborear la soledad o la indiferencia de la gente, a enfangarnos y a caer en el pozo reiteradas veces, a que se aprovechen de nosotros y aprovecharnos también de otros, a que abusen de nuestra confianza, que nos traicionen, que nos usen como toallitas desechables, a que nos machaquen moral y socialmente, a ser víctimas y culpables de todas nuestras catástrofes, a emborracharnos con el éxito y a lloriquear por nuestros legítimos fracasos. No sabemos ser auténticos y coherentes con nosotros mismos. Y ése no es problema, sino que, además, aceptamos las reglas del juego y convertimos como ley de vida el acomodamiento. Por eso la gente que incumple la excepción de la norma se ganan todos mis respectos y afectos. Así que agradezco y agradeceré siempre el privilegio de toparme con personas auténticas que viven como piensan y piensan como viven, sin que nada las haga ir en contra de su ética personal.

Donés no era poeta pero escribía canciones maravillosas, un cántico a la crueldad de la vida, al amor y al desamor. Evidentemente el Donés que se transpira en  el libro quizás no sea el mismo que el de su día a día, combatiendo con un cáncer con un 20 % de probabilidades de curación. Siempre resulta difícil discernir entre el personaje y la persona; pero en cualquier caso él era natural, sencillo y con una gran inteligencia emocional. En una de sus canciones, Humo, hay unos versos que me resultan preciosos: «Ahora que ya no me importa/ que la vida se vista de negro,/ porque a nada le tengo miedo,/ porque a nada le tengo fe».

Y por todo y por ello, gracias, Pau Donés. Eternamente.

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