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Filosofía y poesía, quehaceres ontológicos

Por Eduardo Zeind Palafox , 31 mayo, 2017

 

 

Por Eduardo Zeind Palafox 

El vulgacho, al oír la palabra “poesía”, imagina magias, inspiraciones y sensiblería, y al oír la palabra “filosofía” imagina vagabundeo intelectual, conjeturas cósmicas y teorías deformadoras. La poesía se ha convertido para mí, que la frecuento diariamente, en instrumento epistemológico, en vía intuitiva, y la filosofía en maquinaria de destrucción de ilusiones, quimeras y laxitudes conceptuales, y también en útil para movilizar lo estático, para silogizar.

Goethe, hombre de plectro poético y filosófico, científico y popular, dice en su poema “Kenner und Künstler” que el poeta, con “divinal sentido” y con “mano mortal” da “forma de arte” a lo que “tan claro” entrevé. El ojo del populacho, al mirar un paisaje, es analítico (sólo ve entes), y con prosaico sentido capta una montaña junto a un cielo y un ave encima de una nube. El ojo del poeta, en cambio, es sintético (ve entes siendo), y capta lo que Tennyson: un rayo con forma de águila que se aferra a las alturas del mundo de azur.

“Divinal”, luego, significa “sintético” y “a priori”, o en palabras del gran Xavier Zubiri, “complexión” (intelectual). Complexión, es decir, águilas que sólo son águilas alzándose hasta las antesalas de lo sideral.

Es costumbre imaginar que los artistas, inspirados, llenos de Dios (según la etimología), con sólo un soplo estetizan, pintan lo invisible, musicalizan la marcha de la naturaleza o dan voz a los mudos culturales, que llaman oprimidos, y tal costumbre es contraria al quehacer de la “mano mortal” del poeta. Entiéndase “mano mortal” así: mano que no soporta la intensidad de lo fraguado en la cabeza que la guía.

El gran arte, recuérdese, se ha definido muy sencillamente durante siglos: registro de lo universal en lo particular, o artificio que logra simbolizar, que no representar, los afanes cosmológicos humanos.

El hombre mediano casi nunca gasta horas sospechando el tamaño del mundo, pero cuando lo hace sólo percibe algo abstruso. El artista, diferente, con claridad presiente tal tamaño, y haciéndolo se fuerza a transformarse en filósofo, en cabeza donde casi todo cabe. Sólo el verdadero filósofo es capaz de no perderse en tamañas tormentas.

La filosofía, que para las masas es vagabundeo intelectual, libertinaje lógico, según la definición antigua es el amor (“armonía”) a lo sabio (“totalidad”), o mejor dicho, afán de armonizar la totalidad. Del sospechar lo total procede la pregunta por el “ser del ente”. El “ser”, explicó Heidegger en su conferencia “¿Qué es la Filosofía?”, es el todo, y el “ser del ente” es la parte de cada cosa que armoniza con dicho todo.

Las palabras que cada día usamos, por ser utilitaristas, convencionales, hechas para instruir y para describir (rebajadas a mera semántica sin fonética ni sintaxis) y no para ser oídas, no captan el “qué” de las cosas, pero las palabras del poeta sí. Sólo las palabras que engloban el “qué”, es decir, la “idea” según Platón y la “verdad” según Aristóteles, pueden mostrarnos parte del todo. El todo, para Kant, podría ser la moral, que es orientada por la razón, siempre independiente de lo empírico, de la naturaleza.

¿Qué hace el poeta para asir el “qué” de las cosas con palabras? Escuchemos a Gracián, que en su “Agudeza y arte de ingenio” declara sobre el poeta lo siguiente: “Válese la agudeza de los tropos y figuras retóricas, como de instrumentos para exprimir cultamente sus conceptos”. Concepto, dice Aristóteles, autoridad memorizada por Gracián, es fusión de género, definición, propiedad y accidente, esto es, juicio certero que sirve para distinguir objetos.

Con figuras retóricas el poeta estetiza, o da cuerpo, color y forma, a lo que huye de los sentidos y del entendimiento. Póngase un ejemplo, un poema de Girondo de nombre “Visita”: “Me repugna lo hueco,/ la afición al misterio,/ el culto a la ceniza,/ a cuanto se disgrega”. Con las palabras “hueco” (negativa), “misterio” (indefinido) y “disgrega” (contingencia) hace interpretable la idea de “muerte”, y con las palabras “repudio” y “ceniza” le da notas sensoriales.

Girondo habla de algo material, simple, pero universal y poseedor de un lenguaje que el humano puede reconocer. Con este poema, luego, la muerte deja de ser hado personal, íntimo, sorpresivo, para ser destino compartido, destino con rasgos conocidos por todos. Deja de ser, además, algo gradual para hacerse algo extenso, algo palpable, algo que por ser inteligido puede ser esquivado.

La muerte, según lo mencionado, es un envuelto vacío simple (Celan lo dice mejor: “ein Grab in den Lüften” o “una tumba en el viento”), es decir, algo que a todos transforma en lo mismo y que desea materializarse más, llenarse más, con realidades humanas. La muerte, visitando toda realidad humana, es parte del ser de los entes, elemento necesario para enarbolar códigos morales.

Si el poeta materializa lo abstracto, el filósofo abstrae verdades e ideas de la materia. Analícense unas palabras de Dilthey: “unmittelbare innere Wirklichkeit” o “realidad interna inmediata”. Nuestra vida mental se hace inteligible con la idea de “inmediatez”, que es espacio-temporal. Pero por ser interna, hecha de lo empírico y lo conceptual, es inmaterial, compuesta, no única y comunicable. Es comunicable, durable, intensa, concepto singular inacabado, si vale hablar así.

La “realidad interna inmediata”, gracias a las palabras de Dilthey, es un dinamismo perceptible, amorfo y constante, una individualidad que sólo se conoce mediante otras individualidades vivas, no huecas (que jamás piensan en esencias), misteriosas (que andan con los ojos cerrados no para sentir a Dios, sino para evitar la realidad), cenicientas (sucias de rudimentos del mundo), disgregadas (no ensimismadas).

La poesía, en suma, señala con sus palabras relaciones invisibles, tendentes al “ser”, y la filosofía dinamiza lo petrificado por la materia, los “entes”. Poesía y filosofía constituyen el “ser del ente”.–


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