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Pandemia y mala convivencia

Por Anna Genovés , 28 septiembre, 2020

 

Tengo un problema grave de convivencia. Vivo en una finca con catorce puertas, dos por rellano. La vecina de arriba, hermana mayor de la de enfrente –compinche, como es obvio—desde hace años intenta hacernos la vida imposible.

Os dejo una lista de parte de sus perversidades, y no me refiero a los ruidos normales que se dan en cualquier finca; algo lógico y agradable para saber que tus vecinos siguen bien. Sino de otras historias…, cuanto menos, incómodas. Cuando los ruidos de la city te molestan, no queda otra que marcharse a vivir alejado de la sociedad. No es nuestro caso.

En fin… juzgar vosotros mismos.     

 

 

  1. Arrastra maletas o algo con ruedas por el pasillo y comedor.
  2. Empuja muebles o los levanta y los deja caer.
  3. Corre por toda la casa.
  4. Patea.
  5. Salta.
  6. Anda como si fuera un elefante y el techo retumba –no me digáis cómo lo hace porque pesará unos cincuenta kilos.
  7. Como llamaba al timbre a horas en las que todavía descansábamos, tuvimos que quitarlo. Sí. Cuando vienes a nuestra casa o llamas desde abajo o desde arriba golpeando la puerta; un incordio.
  8. Echa ceniza en la ropa. Que fume donde quiera y pueda, pero lógico sería que, si lo hace donde están los tendederos, cogiera un cenicero. A mí me parece una guarrería.
  9. También fuman en el descansillo –bastante pequeño, por cierto—. El humo inunda nuestro recibidor.
  10. Cuando abrimos una de las ventanas que dan al patio de luces, fuma en la que está encima. Al instante, la habitación se llena de humo con lo que traiga consigo. Claro, no puedo ventilar estos cuartos, algo imprescindible con la covid19.
  11. Hace unas semanas llevaba la mascarilla por debajo de la nariz y hace unos días ni la llevaba. En ambas ocasiones le dije que debía ponérsela, pero pasó hasta de contestarme.

 

Estas acciones malintencionadas las puede realizar antes de las ocho de la mañana o de madrugada si se tercia. Las veinticuatro horas del día son buenas si le da por fastidiar.

La mujer tiene setenta y un años. Pensareis que soy una exagerada. Pero, nada más lejos de la realidad. ¡Ojalá! Desconozco cómo lo hace. En ocasiones, pienso que paga a alguien para estos menesteres, o que deberíamos llamar a un parapsicólogo por si nuestra finca es prima cercana o lejana de Hill House y tiene alguna maldición. Entonces, me digo a mí misma… «¿Mira que si tenemos fantasmas o monstruos que nos vigilan y nos hacen perrerías?».

Bromas aparte. Compramos el piso hace veintidós años, y la pareja que nos lo vendió apuntó que tenía problemas con los vecinos –a los pocos meses descubrimos de qué se trataba—. Algo similar ha sucedido con unas inquilinas universitarias que han terminado por marcharse y que, cuando las navidades pasadas se nos calló el techo del comedor que casi nos mata –suceso publicado con el nombre de Siniestro total — apuntaron que si llegan a saber cómo era esta vecina, no hubieran alquilado el apartamento. Nos ha dado mucha pena que se hayan marchado; eran la alegría de esta finca tan carca.

Es obvio que, los hechos, son difíciles de probar. El 8 de agosto llamamos a la Policía Local y, después de explicar el problema, nos dijeron que se podía intentar una mediación. Les dijimos inmediatamente que sí. Hemos sido pacientes y, la semana pasada, nos telefoneó el inspector que lleva estos asuntos. Tras recoger mis quejas –aunque la verdad es que soy muy mala oradora— me dijo que intentaría mejorar la situación.

Sin embargo, he perdido completamente la fe. Sé que, en estas desagradables situaciones, lo mejor es ignorar; y lo hacemos cuando podemos. Pero, si habéis sufrido el derrumbe de parte del techo –como nosotros— y el cabeza de familia es un enfermo coronario grave con cuatro autotrasplantes desde hace diez años. A lo que se han ido añadiendo, con el paso del tiempo, otras patologías. Es imposible. Máxime sabiendo que en esta aterradora pandemia está en el grupo de riesgo.

Os preguntareis cómo nos defendemos y os lo voy a decir: ponemos la música o la TV con volúmenes altos, cantamos, silbamos. A veces, hasta le pegamos unos cuantos chillidos… Pero, nos desagrada, solo queremos vivir en paz y pasar de estos malos rollos.

Estas mujeres que nos fastidian, son las hermanas  Larios –sí, Clot y Petra—. Hijas de un comisario franquista de la Nacional que operaba, hace décadas, por el llamado Barrio Chino de Valencia. El hombre era tan desagradable que escupía delante de quien se le antojaba, y, ellas, han heredado ese prurito indeseable que del interior emana al exterior y afea como si tuvieran las almas más oscuras que una ciénaga.

Acostumbradas a… «Hacemos lo que nos da la gana». Cualquiera las mete en vereda con buenas formas. ¡Ya está bien! Que estamos en una pandemia en la que los muertos y los contagios, por desgracia, aumentan a diario. ¿Cómo vamos a superarla si tenemos ciudadanos de todo tipo? ¿No les da vergüenza? Por momentos, pienso que no son conscientes de lo que le sucede al mundo. O quizá sean tan egoístas que les importe un bledo. O, a lo mejor, están desquiciadas.

 

@Anna Genovés

25 de septiembre de 2020

 

P. D. Valga esta confesión para que sea una prueba fehaciente de los hechos que soportamos, por si nos sucediera algo. Quienes me seguís, sabéis que soy una persona seria.

Entrada publicada en mi blog personal

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