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El deber de cuidarnos y protegernos

Por Luis Javier Fernández Jiménez , 5 marzo, 2021

 

La cuestión no es sencilla y me temo que con el tiempo aún será peor, entre otros motivos porque el panorama inconmensurablemente tiene arreglo. Por razones muy complejas, y algunas de ellas irresolubles, llevamos creando un modelo de país nefasto, desalentador, fracturado hasta las trancas y muy putrefacto, cuyo paisaje cada día resulta más tétrico y caótico. Se acepte o no, de todo ello somos culpables los españoles: algunos, por su afán cainita y polvoriento; otros, por su vileza y menosprecio hacia el Estado de Derecho; otros, por su pasotismo y cesión frente al abuso de poder al que no se pone remedio alguno; y otros, por su empeño de joderle, literalmente, la vida a la ciudadanía. Hace tiempo que dejé de leer activamente la prensa para evitar caer en la infoxicación y sensacionalismo, del acibarado género rojo periodístico y la porquería de siempre, de la que creo que todos estamos hasta los compañones. Pero leí una noticia que, a cualquiera con sensibilidad moral, sentido común y capacidad empática, no puede dejar indiferente; quizá ésa no sea la expresión adecuada, sino impotente. O, indignado, en todo caso.

Dado que este país entiende lo que le conviene y escucha lo que le interesa, vamos a dejar claro –ante problemas de comprensión lectora– que no simpatizo con ese tal Hasél, ni con la juventud que hace de su ciudad un lugar sin ley. Y digo esto, porque nunca se sabe qué zopenco puede sacar de contexto cualquier palabra mía, y pedir una recompensa por mi cabeza. A lo que nos concierne. En lo referido a las manifestaciones y el vandalismo que han causado la detección de Pablo Hasél, diversos jóvenes de Cataluña habían resultado heridos, no menos que el número de Mozos de Escuadra –así, los escribo en castellano y no en catalán–; pero lo trascendente de todo ello, además de los destrozos en la Ciudad Condal, ha sido el hecho de que una joven de 19 años resultase herida al perder un ojo. Independientemente de cuál fuera su intervención en la manifestación a la que asistía, increpara o no a los agentes, prendiera o no contenedores, ninguna persona tiene que resultar herida de gravedad por el disparo de los antidisturbios, menos todavía perdiendo un ojo, así ocurra con el más descerebrado anarquista que arramble con cuanto pille a su paso. La chica en cuestión fue víctima de un disparo de foam, y, hasta donde sé de estas cosas, este proyectil de viscoelástica puede alcanzar una velocidad de 300 km/h. Suficiente para provocar la pérdida de un ojo a quien, por una mala trayectoria, reciba el impacto de aquél. El foam fue sustituido en 2014 frente a las pelotas de goma que al parecer resultan más letales ante su impacto. Pero el foco de la cuestión no es el análisis de balística, sino lo que se deriva de un hecho semejante. Los jóvenes que protagonizan todas las revueltas acaecidas en Cataluña –o en el resto de España– cuya chispa se enciende por la detección de Hasél, no es más que un síntoma de la enfermedad que padece el Estado; esos mismos jóvenes, como muchos pudieran citarse, son creados por éste. Primero, por el hecho de las garantías presentes: un mercado laboral que condena a los jóvenes a cifras de paro insoportables –un 39,9 % de desempleo juvenil, siendo el más alto de Europa– lo que impide remplantearse todo proyecto de vida a largo plazo. Segundo, la herencia de un país enquistado en una deuda pública que verterá todas sus consecuencias en la juventud, a base de trabajos precarios o condiciones laborales infames, sin otro fin que hacer frente a esa deuda pública de la que los jóvenes no somos los causantes y pese a todo tendremos que lidiar con ella. Tercero, el fracaso por parte del Estado a la hora de germinar un futuro que nos permita a los jóvenes vivir mejor que nuestras generaciones predecesoras. Y quinto, la incapacidad que existe por los poderes públicos de atajar de raíz todo lastre que nos afecta, directa o indirectamente, a los jóvenes. En otros tiempos, la juventud era el mayor patrimonio por el que una persona podía explorar, gozar o abrirse al mundo y a la vida; sin embargo, hoy día ser joven significa ser víctima de un sistema que por su naturaleza misma, hace de la gente algo innecesario, prescindible. Una cultura del descarte en un juego macabro donde unos prevalecen frente a otros que se eliminan. Así que visto los visto es mala época para ser joven. Cuando decenas o miles de ellos se hacen a las calles armando la de San Quintín significa que España está hundida en el puro estiércol. Y en el estiércol seguiremos.

No es de extrañar que, con más frecuencia, miles de jóvenes se enrolen en barricadas, concentraciones masivas cuyo cauce deje comercios saqueados, escaparates hechos añicos, contenedores en llamas… La cosa no termina aquí, pues por la cuenta que nos trae me temo –sin simpatizar nada de todo acto violento que amedrente la tranquilidad y libertad ajenas– que tendremos que aprender a convivir con una turba, o sectores de población, que hagan de las calles una réplica de Troya. Y la razón de ser del Estado, es, irrefutablemente, la de cuidarnos y protegernos y no tolerar el ninguneo a los jóvenes, la asfixia o el deterioro de nuestro futuro; por ello no se ha de admitir que miles de jóvenes se vean condenados a la hostilidad –de esto podemos hablar para rato– a manos de un Estado que no hace más que sodomizar la Constitución y dificultarles la vida. Poco a poco se aniquila a una generación que es una privilegiada por la formación que tiene, las comodidades y el acceso a todo tipo de información; pero desdichada a la vista de lo que la rodea. De manera que  cualquier pretexto que cause desorden o un torrencial, será motivo ante la impotencia que acumulan centenares de jóvenes, para crear mareas de revueltas con todas las repercusiones violentas, porque  de un Estado que no hace más que hostigar a la juventud, siendo ésta criminalizada como la culpable de realizar fiestas ilegales, propagación de oleadas de contagios de Covid-19, y envuelta en una situación laboral, educativa, moral, económica, etc., lamentable, sólo se puede dar origen a jóvenes que irremediablemente acumulen odio y hostilidad visceral hacia su propio país, mientras todo se va al carajo sin que nada lo evite. Es el Estado el que fabrica sus propios enemigos, el que crea una generación de jóvenes radicales y antisistema. No es que yo lo sea, pero empatizando con esa joven que ha perdido el ojo por el disparo de foam de un escopetero de los Mozos de Escuadra, y, ante el modelo de país con el que tiene que combatir, dan ganas de descuartizar a España.

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