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Cucarachas

Por Carlos Almira , 15 marzo, 2015

Las próximas elecciones departamentales en Francia apuntan, según los sondeos, a una victoria (un primer puesto en intención de voto) del Frente Nacional, la extrema derecha francesa. Ante esta situación, expertos, periodistas, líderes políticos del país vecino, se esfuerzan en analizar y encontrar una explicación que, a la vez, satisfaga unos criterios mínimos de racionalidad y coincida con sus presupuestos ideológicos. Al mismo tiempo, también en Francia como en otros países, asistimos a la puesta en marcha de las recetas macroeconómicas neo-liberales cuyos resultados nefastos conocemos y sufrimos los ciudadanos de a pie; y nadie (situado entre el Partido Socialista y la Derecha convencional) se escandaliza en Europa porque nuestros eurodiputados no puedan acceder en condiciones normales, con una mínima publicidad y transparencia, a los documentos que contienen el estado actual de las negociaciones entre la U.E. y los EE.UU. para el Tratado de Libre Comercio, que al parecer va a instaurar en ambas orillas del Atlántico un auténtico directorio mundial de las multinacionales. Estamos bajo una dictadura parlamentaria, en plena vorágine del Capitalismo Financiero, y a los franceses bien-pensantes les preocupa el ascenso del Frente Nacional.
¿Qué ha sido de los intelectuales (no de los “orgánicos”, que decía Gramsci, sino de los otros)? ¿Dónde está el pensamiento crítico, el “pensamiento fuerte”, fuera de grupos de economistas y otros científicos sociales heterodoxos como los de ATTAC? Y lo que es más alarmante, ¿qué ha sido del público, del auditorio ansioso, necesitado de información, de conocimiento, de datos, de interpretaciones, de crítica, de acción y de justicia?
Como escritor, desde hace ya algunos lustros, casi puedo certificar la muerte de los lectores. Al borde de los cincuenta, he llegado a la convicción de que, aunque yo escribiera en estos meses “Cien Años de Soledad” o “La Ilíada” (qué más quisiera yo), no encontraría lectores ni público suficiente para sufragar una edición modesta, de unos quinientos ejemplares. Seguramente mi editor me pediría una pequeña contribución para costearla. Los lectores han dejado el paso a los compradores de libros (libros como podrían ser teléfonos móviles o pizzas). Pero en Francia preocupa (y a mí también) el ascenso del Frente Nacional. Desde un punto de vista estrictamente de eficacia racional, de razón instrumental, si yo quisiera hoy ser conocido, ser tenido en cuenta, acceder a cotas de influencia, poder, o enriquecerme, no tendría más remedio que darle la espalda a todo lo que, desde niño, he aprendido que era valioso: la belleza, la verdad, el bien, que decía ya Platón. Desde luego, no me pondría metas tan altas (e inútiles, siento una inmensa pena al decirlo) como las que he mencionado hace un momento.
Los actuales productores de cultura, escritores, intelectuales (hay por supuesto, de todo), están, (estamos), casi todos muy ocupados intentando darnos a conocer. La gente que no pertenece a este mundillo, que lo ve desde fuera, no puede hacerse una idea de lo importante, lo crucial, que es promocionar el último libro, intentar “colocar” unas decenas de ejemplares en el primer mes, entre los amigos, conocidos, allegados, etcétera. El editor nos acompaña, en el mejor de los casos, algunos días, semanas, en esta travesía por el desierto, antes de probar suerte con el siguiente. Y luego están, estamos, por supuesto los otros autores, dándonos palmadas los unos a los otros en el hombro en las presentaciones de fulano o mengano, donde la camaradería y la falsedad llegan a mezclarse hasta límites histriónicos.

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En Francia preocupa el ascenso del Frente Nacional, pero sea cuál sea el resultado de las próximas elecciones cantonales, los bárbaros ya han entrado en la ciudad hace tiempo. Asómese cualquiera a la calle y mire a su alrededor como lo haría si ya estuviese muerto, con la calma y la tristeza infinita de lo irreparable.
Valgan para cerrar estos versos de Luis Cernuda, dedicados a dos poetas franceses, Verlaine y Rimbaud:
“Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera una cucaracha, y aplastarla”.


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