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 Apuntes de la nueva normalidad

Por Anna Genovés , 9 julio, 2020

Ayer fui a dar una vuelta por la ciudad: quería sentir en mis dendritas lo que era verdaderamente la nueva normalidad. Me hace gracia hasta el nombre, como si en

algún momento de nuestro futuro cercano pudiéramos volver al estado del bienestar que teníamos antes de que la covid19 nos invadiera. Opino que es imposible; puede que, a medio plazo, estemos más relajados y hasta disfrutemos distendidamente de la nueva forma de vida, pero veo improbable que borremos de nuestra psique –cual sintéticos de cuarta o quinta generación— lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Quizá ‘el antes’ pase a ser una retahíla de clichés en blanco y negro cual película de cine mudo que se evoca con nostalgia.

Olvidar a los muertos –contabilizados, unos 600.000—, a los contagiados –confirmados, unos 12 millones— ¡qué difícil! No hablo del recuento español, mi registro es mundial porque me duelen los fallecidos, aunque no sepa sus nombres o vivan en Australia. Esto no es moco de pavo. No es: ¡Yupi, yupi, hey! ¡Ya ha pasado! El coronavirus SARS-CoV-2 vive y vivirá entre nosotros. Deberíamos tomar las precauciones necesarias, y, nos agraden o no las normas gubernamentales, es nuestro deber cumplirlas.

¡Chicos! No queréis acatarlas, ¡perfecto! Iros a vivir al campo –solos o acompañados de personas afines a vuestros principios, tan respetables como otros— o a donde os dé la gana lejos de la gente. Que no podéis, os fastidias y cumplís. Aquí, de momento, hay que llevar mascarilla –obligatoriamente si no se puede mantener la distancia de seguridad— dentro o fuera de cualquier lugar o transporte público siempre que no tengas una enfermedad o que estés haciendo algo en ese instante que te lo impida: comer, beber, fumar… Cuando no sea obligatorio, será maravilloso volver a mostrar el rostro. ¡Qué ganas tengo de ponerme bótox y salir ‘la mar de guapa’!

Mi intención no era iniciar esta reflexión de forma inquisidora, pero he salido calentita del gimnasio… Enfrente de casa hay un polideportivo que ha vuelto a abrir sus puertas; me alegra mogollón por todos los amigos que lo utilizan, pero no puedo opinar que protocolo sigue porque no lo he visto en primera persona. Aunque, unos allegados me han comentado que si quieres desinfección te la tienes que llevar de casa.  Sin embargo, de mi gimnasio sí puedo opinar y lo voy hacer porque cada vez que entro a las instalaciones me siento como una comisaria de la KGB mirando de mala leche a los que incumplen las medidas covid19. El caso es que, al entrar ves hidrogel desinfectante y pasas por un espacio para higienizar el calzado. Luego, hay un cartel molón en el que entre otras cosas pone: USO OBLIGATORIO DE MASCARILLA. O similar…

“Si quiere arroz, Catalina”, que decía mi abuela. Solo cuatro o cinco usuarios cumplimos este precepto. El resto ni agua. Es cierto que, por lo general, antes y después del uso de cualquiera de los aparatos o mancuernas, cada cual limpia lo que ha utilizado, ¡fenomenal! También es cierto que hay papel pa

ra estos menesteres y dispensarios para manos y limpieza de mobiliario. Pero, mascarillas muy pocas. Rectifico, casi todos llevamos; mayormente de pulsera o collarín –como el bueno del instructor recuerda para ver si de esta forma, después, cuando dejen de hacer un ejercicio y se muevan por el recinto, los usuarios rebeldes, se la pongan en su sitio—. La semana pasada, algunos, sí lo hacían. ¡Qué pronto olvidamos las cosas importantes! ¿Dónde queda la responsabilidad ciudadana?

Vuelvo a mi paseo urbanita del que espero no arrepentirme. Como no tengo vehículo y hacía un calor de abrigo, cogí el autobús al salir y regresé caminando. En los buses –hice trasbordo—todo perfecto: poca gente, respetando la distancia y con mascarillas; lo mismo que el 99% de los viandantes. La verdad es que me dio un vuelco el corazón; la estampa parecía sacada de un film distópico. Da igual que sean máscaras quirúrgicas, FFP2 o de dibujis guais. Da penita o yuyu o nada o ¡vaya mierda! Es lo que hay. Cavilé que a este bicharraco le gusta cómo somos y cómo vivimos, así que se quedará como un huésped adosado a nuestra forma de vida, a nuestra entidad humana. Pero, ¿alguien ha pensado que la pandemia ha traído consigo, además, que uno de los miembros de la pareja se quede más tiempo en casa para desinfecciones y etcéteras…?  Y, ¿quién limpiaba y cuidaba a los niños habitualmente a lo largo de la historia? La mujer, en la mayoría de casos.

Tal vez, pudiera ser el inicio de una trasgresión social que dañaría principalmente a la emancipación de las féminas. Estamos creando nuestro propio Cuento de la criada. Algo similar sucede con las vacaciones: la pandemia ha puesto de moda veranear en los pueblos como lo hacíamos en los 70.  La regresión está en marcha. ¿Fantasías de una mujer extravagante como yo? Puede que sí o puede que no. Está claro, que hay y habrá menos trabajo y la población mundial –por desgracia— disminuirá. Perfecto para esas mamis, o esos papis, que se quedarán en casa por obligación. Claro que la economía entrará en retroceso. Estamos sufriendo una hecatombe como tantas veces a lo largo de la historia de la Humanidad. La civilización es una pescadilla que se muerde la cola impertérrita como en Dark o como en 2001: Odisea del espacio.

Otro asunto de mi periplo ciudadanita ha sido la visita al Corte Inglés y a Zara; ciertamente no me apetecía demasiado, pero quiero vencer el miedo y, ejecutar las actividades habituales –con sus más y sus menos—, es la única forma de hacerlo. En ambos locales se cumplían los protocolos adecuados: dependientes y compradores respetando distancia y con mascarilla.

Para finalizar, he ido a ver a mi sobrina –a la que solo he visto en tres ocasiones desde que entró en vigor el estado de alarma—. La verdad, me la hubiera comido a besos, pero, hemos optado por un abrazo de nueva normalidad: rápido y fuerte, ambas mirando hacia la derecha para que nuestros rostros quedaran opuestos. Después, hemos tomado un cafetito del tiempo en el bar de al lado. ¡Qué bien sienta después de tanto tiempo de abstinencia!

A última hora de la tarde, regresaba –literalmente hecha polvo— a casa. Caminaba despacio sin prisa ni pausa. Contenta por mi circuito callejero y triste por la apariencia tristona de la metrópoli sin turistas simpáticos blancos como la leche. Solo me he topado con un grupo de guiris. El año pasado –por estas fechas— Valencia estaba llena de lenguas de todo el planeta; era maravilloso escuchar sin entender y ver cómo las personas disfrutaban de la ciudad y su historia. Hoy, las calles están vacías de esos personajes tan queridos que, en los últimos años, nos visitaban con mucha frecuencia.

El chaparrón ha llegado en mi barrio: el uso de mascarillas relegado a una tercera parte de transeúntes. Ya en casa, Vicente Vallés abrió el informativo con los nuevos repuntes del coronavirus –alarmantes, por cierto—. La vecina estaba a grito pelado con su madre de casi 100 años y encamada «¡Estoy harta! ¡Ya no puedo más! ¡Ojalá te mueras! ¡Eres una mala madre!». Antes he visto a la cuidadora sin mascarilla por la calle. No dejo de pensar que la pobre estaría mejor en una residencia vigilada. El corazón se me ha encogido.

 

@Anna Genovés.

Siete de julio de 2020

 

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