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8M

Por José Luis Muñoz , 8 marzo, 2021

Muy mal andamos cuando tenemos que marcar un día en el calendario para acordarnos de la mitad de la población de nuestro planeta. Bueno será que llegue el día que no habrá que reservar ese día para reivindicar sus derechos. Algo se avanza desde que se ha puesto el foco en su discriminación, pero queda una eternidad para equipararlas en derechos a los hombres. Para circunscribirnos a nuestro país, resulta lamentable el que, por lo general, sigan cobrando menos por el mismo trabajo que los hombres; atroz que sigan siendo asesinadas, golpeadas o vejadas por esos machos cobardes que creen que son de su propiedad; repugnante que sean violadas, individualmente o en grupo, secuestradas y engañadas para ser forzadas a prostituirse; intolerable que haya jueces que digan que se lo buscan porque van vestidas de una u otra manera o que no admitan que hayan sido violadas porque no ofrecieron una resistencia heroica que a lo mejor les hubiera llevado a una zanja; inadmisible que las jóvenes no sean muy del agrado en las empresas, porque puedan quedar embarazadas, o, si ya lo están, sea muy difícil que encuentren trabajo en empresas, muchas de ellas, regidas por otras mujeres; ridículo que crean los zánganos que, por el hecho de llevar los pantalones en casa, no puedan cargar con las tareas domésticas o con el cuidado de los hijos como sí hacen ellas;   injusto que sean invisibles, a partir de determinada edad… Y así hasta el infinito y la nausea.

Mal andamos cuando, según una reciente encuesta realizada entre jóvenes, opinan muchos de ellos que si una chica bebe es que busca sexo, y si la violan en esas circunstancias, no hacen mal a nadie. Mal andamos cuando cada vez hay violadores más jóvenes, muchos de ellos menores de edad, y víctimas adolescentes o niñas. Mal andamos cuando hay puticlubes de carretera, cada uno con una tétrica historia de abusos detrás, perfectamente visibles, y las autoridades hacen la vista gorda sobre los dramas que suceden entre esas cuatro paredes.

La historia está llena de mujeres valerosas que han alzado la voz para mejorar su condición, de Hipatias de Alejandría, Rosas Parks, Angelas Davies, Rosas Luxemburgo, Fridas Khlalo, Virginias Woolf, Rosalías de Castro, Emilias Pardo Bazán, Maries Curie, Dorothys Parker, Susans Songtan, Concepciones Arenal, Federicas Montseny, Claras Campoamor, Victorias Kent, Simones de Beauvoir o Malalas. Hoy las mujeres ya no tienen que firmar con pseudónimos masculinos, como George Sand y Fernán Caballero, para ser tenidas en cuenta. Hoy las mujeres escriben libros, dirigen películas, presiden consejos de dirección de empresas, son ministras o primeras ministras, presiden entidades bancarias, pero algunas, cuando llegan a puestos de responsabilidad, repiten patrones masculinos. No me gustan ni Margaret Tatcher ni Golda Meir, pero sí, y mucho, Katrín Jakobsdóttir, la primera ministra de Islandia, un pequeño país modélico en derechos de las mujeres.

Ponemos el foco en Occidente y nos olvidamos frecuentemente de lo que llamamos Tercer Mundo, que en derechos sociales podría ser Cuarto, en Latinoamérica y África, en donde la situación de las mujeres es insostenible. 43 mujeres fueron asesinadas el pasado año en España,   según la fatídica estadística de la violencia de género, frente a las más de 900 en México que sigue ostentando ese triste récord en feminicidios. Apenas hay estadísticas de las mujeres que mueren asesinadas en el seno de sus hogares en India, se pasan por alto en ese país muchas violaciones que no tienen castigo, o en las que se castiga a la víctima que trae esa deshonra a su familia, y se las quema vivas, se les arroja ácido a la cara. No hace muchos años, las niñas, por el hecho de serlo, eran asesinadas o abandonadas en los orfanatos a causa de la política del hijo único que implementó el totalitario estado Chino. En algunos países musulmanes se las lapida hasta la muerte si son sorprendidas en adulterio, o se las azota en público. En esos países regidos por el rigorismo islámico profundamente machista, las mujeres son invisibles dentro de sus niqab o burkas, no pueden tener una vida independiente al margen de un marido con el que su familia, en mucho casos, ha forzado una boda y viven su vida literalmente secuestradas. Muchas tradiciones africanas admiten que se mutilan a las mujeres siendo niñas para que no puedan tener placer durante el acto sexual, privilegio exclusivo de sus maridos. Las raptan de forma masiva en las escuelas para hacer de ellas esclavas sexuales. O en un país, teóricamente civilizado como es Estados Unidos, una bestia confiesa haber asesinado a lo largo de toda su vida a noventa prostitutas cuyas muertes no fueron investigadas por esa razón, por ser prostitutas, mujeres que no merecían una atención policial.

Así es que estamos a años luz de alcanzar una cierta equiparación entre hombres y mujeres en el mundo, aunque vamos mejorando su situación milímetro a milímetro a pesar de que quedan kilómetros en ese larguísimo camino y, el más difícil de todos ellos, cambiar esa mente masculina que aún considera a la mujer como una posesión más y la relega a ser el reposo del guerrero.

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