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“1917”: La Guerra de Mendes

Por Emilio Calle , 13 enero, 2020


Es muy de agradecer que Sam Mendes haya retornado a su cine tras su paso por la serie Bond, dejando muestras de su poderoso talento en “Skyfall” y “Spectre” (especialmente brillante la primera) y demostrando que incluso en producciones dedicadas en exclusiva a reventar taquillas se puede hacer cine de alto octanaje, alejándose de esos mega proyectos que parece obligatorio despojar de personalidad.
Se le echaba de menos.
“1917” corre el riesgo de ser prejuzgada por el hecho de estar rodada en un (aparente) único plano secuencia, cuando su virtuosismo técnico, que lo tiene y apabulla por su brillantez, dista de otros ejercicios similares que como “Birdman o La Inesperada Virtud de la Ignorancia” (Alejandro González Iñárritu, 2004) acaban por ahogarse en la trampa de su pomposo y gratuito efectismo. Visualmente, Mendes siempre ha sido un autor muy estilizado, al tiempo que efectivo. “American Beauty” o “Camino a la perdición” era ya soberanos ejemplos de su singularísima personalidad. Y en “1917” esquiva con genio el obligar al espectador a que se pase toda la película preguntándose cómo se ha podido rodar esto o aquello.
Porque, y esto es lo primordial, además de un director excepcional, Sam Mendes es un maestro de la escritura de guiones.
Y el relato sobrecoge.
La peripecia prende como una hoguera.
Armada sobre una orden (dos soldados deben llevar un mensaje a pie antes de que se desencadene una catástrofe que acabará con miles de combatientes), la historia se va construyendo sobre elementos dispares, casi siempre aislados, y hasta la poca trascendencia de la presencia de, por ejemplos, las inevitables ratas paseando por doquier puede derivar en su aterrador protagonismo. Desarrollada casi en su totalidad en paisajes desiertos, entre ruinas de ruinas, allí donde solo se ceba ya la muerte, la película va de sobresalto en sobresalto, inmersos siempre en lo sobrecogedor y con el factor tiempo como inesperado verdugo en la función. Y la soledad retratada es escalofriante. Pocas películas bélicas han conjugado con tanta sabiduría el poder del vacío reinante y el retrato de un mundo donde hasta intentar auxiliar puede ser la más letal de las trampas. Rara vez hay más de tres personajes en escena. La nada lo inunda todo. Secuencias como esa sobrecogedora danza de sombras sobre un pueblo reducido a ladrillos y miedo son muestras de la maestría de esta obra que hiere, que duele, que fascina.
Con un reparto sencillamente perfecto (George MacKay, Dean-Charles Chapman, Mark Strong, Richard Madden, Benedict Cumberbatch o Colin Firth), hay dos nombres que son esenciales para la consecución de este logro cinematográfico: Roger Deakins, director de fotografía, renueva su genio en un verdadero alarde narrativo, de impensables dificultades técnicas, y claro, como parte ya de todas las películas de Mendes (desde la primera a su paso por Bond), Thomas Newman, que aporta no ya la música, sino la piel de la película, en otro de sus inolvidables trabajos, profundamente triste e inquietante.
Imprescindible si lo que uno quiere es conocer de primera mano, a pie de trinchera, lo que queda de nosotros después de que la guerra nos expulse de la vida y de la cordura.

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