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Y la gente preferiría quedarse

Por Inés Sánchez de la Viña Rodríguez , 27 Enero, 2015

Irse o quedarse: he ahí la cuestión. España está siendo testigo de un éxodo masivo sin precedentes. El desempleo endémico impulsa a la juventud al extranjero. Sin embargo, no deja de ser curioso que el número de españoles que ha emigrado a raíz de la crisis todavía sea algo tímido, sobre todo con respecto a los índices de emigración de sus colegas europeos. ¿Por qué los españoles, al contrario que otros europeos, han sido y siguen siendo los más reticentes a la hora de hacer las maletas? La cuestión es simple: España sigue estando a la cola de Europa en cuanto al aprendizaje de lenguas extranjeras. La barrera idiomática es la que impide una emigración aún más masiva. El dominio de una segunda lengua sigue siendo nuestra asignatura pendiente.

Emigrantes otra vez

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto aprender otro idioma? El aprendizaje de lenguas extranjeras es un proceso lento y trabajoso, al que debe dedicarse tiempo casi a diario. En España nos seduce más la cultura del atajo. Desde pequeños nos han enseñado a sacrificarnos sólo cuando el beneficio es más o menos inmediato. Enseñar a un niño a ser constante es fundamental, no sólo a la hora de estudiar, sino también a la hora de enfrentarse al mundo real. Si bien es cierto que desde nuestro ingreso en la Unión Europea el conocimiento de idiomas ha cobrado una importancia significativa, aún nos queda un largo camino por recorrer en cuanto a la fomentación, enseñanza y aprendizaje de éstos.

La adquisición de un segundo o tercer idioma, no sólo amplía las posibilidades en un mercado laboral complejo, sino que también nos capacita para enfrentarnos psicológicamente al hecho de ‘abandonar el nido’. No debemos olvidar que son los jóvenes más cualificados, los que hablan idiomas, los más predispuestos a irse. Y aún así, si existen buenas oportunidades de trabajo en el entorno, la mayoría sigue prefiriendo quedarse.

En cuanto a los jóvenes que ya llevan un tiempo en el exilio, muchos coinciden en que ‘cuanto más tiempo fuera, más complicado es volver’. Y esto tiene fácil explicación: una vez superado el periodo de adaptación, el emigrante crea una serie de lazos. Nacen nuevas amistades, se tienen nuevas experiencias y surgen diferentes inquietudes. Irse es, en definitiva, zambullirte de lleno en un país, lengua, y cultura diferentes: es reinventarse a uno mismo.

Lo que quiero decir es que esta ola emigratoria tiene también muchos aspectos positivos. Todos estos jóvenes (y no tan jóvenes) que están emigrando a países de Europa o Norteamérica podrán encontrar un empleo adecuado, progresar no sólo profesionalmente, sino también humanamente, formarse y mejorar. Quizás el día de mañana regresen y España se beneficiará de todo lo que hayan aprendido.

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