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Y de repente, Fargo

Por Marta Ailouti , 20 noviembre, 2014

Con la televisión ocurre a veces como con el resto de las cosas, que uno tiene muy claro, o no, en qué momento te empiezan a gustar. Veréis, hay un instante en el piloto de Fargo en que la serie se vuelve condenadamente seria y uno de sus protagonistas, el carismático y malvado Lorne Malvo (Billy Bob Thornton), empieza a hablar de dragones. Es difícil explicar el por qué sin entrar en detalles pero ese fue mi momento. El flechazo. Ese segundo en el que sabes que no solo te gusta lo que ves, porque objetivamente está bien, sino que además conecta contigo de un modo casi mágico. Y entonces no hay mucho más que decir. Salvo buscar a la persona que te insistió en que la vieras – porque sí, he tardado demasiado y resulta que no, no fue tan de repente-, y darle las gracias. Dicho queda.

Sea como sea, lo cierto es que para cuando todo esto sucedió en la serie ya habían pasado otras cosas, tal vez incluso más importantes. Por ejemplo, Malvo y su inquietante conversación en la sala de espera de un hospital con Lester Nygaard (Martin Freeman), un vendedor de seguros con cuya vida corriente y mediocre se mezclan las palabras del primero hasta que todo se desata en un especie de efecto dominó de imprevisibles y violentas consecuencias.

Porque esto es Fargo, señores, y, aunque la historia sea otra historia, detrás de la serie está su película. Y detrás de ella los hermanos Coen que aparecen ahora como productores ejecutivos. Y de repente él también, Noah Hawley, que conoce y habla su mismo idioma, ese tan peculiar y tan intransferible. No lo tenía nada fácil y, sin embargo, consigue recrear con acierto el mismo ambiente surrealista y violento, con un humor, negro y agresivo, muy similar, en medio de esa América profunda que tan bien le sienta a los relatos norteamericanos.

Concretamente la acción se desarrolla en Minnesota, año 2006. Por ella desfilan, acompasados por su maravillosa banda sonora, sus personajes, que rozan con el patetismo, grises, cobardes, torpes e imperfectos, algunos miserables y mezquinos, capaces de tocar con algo más de las puntas de sus dedos el lado más oscuro del ser humano. Respaldados todos ellos por el buen hacer de quienes los interpretan, Thornton, Freeman, Allison Tolman y Colin Hanks, Fargo se sumerge en un terreno resbaladizo, de ahí la nieve, a medio camino entre aquellos sentimientos que nos salvan o nos condenan definitivamente, aquellos que nos hacen vulnerables y que podemos reconocer fácilmente, como el miedo o el egoísmo.

Diez capítulos con final por los que Hawley se mueve muy bien en todos los registros y salta del drama a la comedia con la naturalidad de saber que así es como deben suceder algunas cosas. Ocurre en esos momentos en que uno se enamora de esta serie, cuando Fargo abandona su humor, donde todo alcanza un surrealismo entre oscuro y absurdo, se pone seria y consigue atravesarte la pantalla.

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