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Voyage au bout de la nuit, de Ferdinand Céline

Por Carlos Almira , 3 Abril, 2015

En 1932 un escritor desconocido, Louis-Ferdinand Céline, publicó una novela que marcaría la historia de la literatura francesa y universal del siglo XX: “Viaje al fin de la noche”. No voy yo a descubrirla ahora, pero sí quiero hacer algunas reflexiones a propósito de este texto, que van un poco más allá de la Literatura.
La novela tuvo una acogida excepcional por la crítica y por una parte del público, y en especial por algunos intelectuales de la izquierda de la época: León Trostky, Aragón, la saludaron como un discurso radical, como una visión de la sociedad del período de entreguerras que llamaba, sin ambages, a la Revolución. Pocos años después, sin embargo, el autor, tras el fracaso de su segunda novela, “Mort à crédit”, se lanzó a la publicación de panfletos antisemitas, en pleno auge del nazismo. Cuando en 1940 los alemanes ocuparon Francia y establecieron el Régimen de Vichy, Céline no sólo no se sumó a la resistencia sino que permaneció en París, colaborando con los nazis en una forma aún más radical que los partidarios del mariscal Pétain. Liberada Francia en 1944, el escritor huyó primero a Alemania y luego a Copenhague, donde permanecería encarcelado hasta la década de los cincuenta pese a las demandas de extradición del gobierno de de Gaulle, que lo reclamaba para ser juzgado en Francia, lo que seguramente le hubiese costado la pena de muerte. En esa misma década volvería a su país, beneficiándose de una amnistía, donde viviría hasta su muerte ya apartado de la vida cultural y política, fuera de la capital.
Ferdinand-Céline no sólo no se sumó a los intelectuales de izquierda de su época sino que siguió precisamente, la trayectoria inversa. Sin embargo, su novela Voyage au bout de la nuit y otros textos posteriores, como D´un château l´autre, lo sitúan entre los escritores más importantes del siglo XX. Se dirá que, como en otros muchos creadores (Máximo Gorki, Martín Heidegger), la ideología, la biografía del autor no empaña el valor de la obra. Y es cierto.

La nuit

La nuit

En el caso de Viaje al fin de la noche, no es de extrañar que la élite de la izquierda revolucionaria de aquellos años la saludase con efusión. Un soldado de la Primera Guerra Mundial, narrador en primera persona, tras sucumbir al entusiasmo inicial y enrolarse, comienza un viaje alucinante desde el desengaño hasta la desesperación, que no va a dejar en pie casi ninguna institución, ningún valor de la época. Por cada página, casi por cada párrafo, desfilan las descripciones y juicios más descarnados sobre aquella sociedad: los ricos, que no van a las guerras que los hacen aún más ricos; los oficiales, embrutecidos o sencillamente dementes, asesinos psicópatas, al amparo del conflicto, devenidos en héroes de pacotilla en la prensa y en el papanatismo popular; las mujeres ansiosas de sexo, dinero, o ambas cosas, cursis y desnortadas admiradoras de los guerreros (aún más si son oficiales, ricos o al menos, cubiertos de galones), heridos o de permiso que vuelven del frente; los propios soldados y, en general, el “pueblo”, al que mueve el instinto más bajo de supervivencia y acoplamiento; la envidia, la mentira; los médicos y las enfermeras cuya principal obsesión (tras el sexo y el dinero) es volver a enviar a los hospitalizados al frente, “a morir por Francia” (Francia, como cualquier otra patria, a los ojos del soldado narrador, anarquizante, no vale más que una mierda). Luego, por si fuera poco, porque es una novela larga, entran en escena el deprimente y asesino mundo colonial; el sórdido engranaje del capitalismo industrial, cuya cima entonces como ahora, eran los EE.UU de América. Los intelectuales de izquierdas de esos años, no supieron o no quisieron ver el retrato de Céline de los obreros embrutecidos, y en general, de las clases populares como una humanidad degenerada de la que no cabe esperar ningún conato de rebelión, ni menos aún de salvación; como de los negros de las colonias, equiparados casi a animales, a salvajes; en fin, de todos y cada uno de los personajes que desfilan por la maravillosa pesadilla de estas quinientas páginas, escritas en un lenguaje a la vez popular, contra el “chabacanismo” del pueblo como contra el de la Academia. “Ils ne savaient pas, ces primitifs, l´appeler “Monsieur” l´esclave, et le faire voter de temps à autre, ni lui payer le journal, ni sourtout l´emmener à la guerre, pour lui faire passer ses passions”. “¡Exijo mi derecho a levantarme en armas contra los oprimidos!”, que gritaría otro personaje de otra novela, algo posterior, también recorrida por ese estetismo anarquizante, “Retorno a Bridhesead”, de Evelyn Vaugh.
La inversa, sin embargo, nunca es cierta: una obra, por grande, por por magnífica que sea, no puede justificar éticamente por sí sola, ni la vida ni la visión del mundo de su autor. La bondad, el afecto y el cuidado de los demás, por más que estén llamados a desaparecer sin dejar huella, en cambio, sí pueden.
La cultura, la popular y la otra, descarriló en algún momento del final del siglo XIX: cuando trabajadores e intelectuales de izquierda y derecha, dejaron de creer en la fuerza emancipadora de la Historia; cuando las élites asimilaron la transgresión de la moral común, del cristianismo, a una virtud; los años de Nietzche, de Sorel, de Pareto, de Lenin, de Maurras, de Baudelaire…Un hombre cuyos instantes no puedan repetirse infinitamente sin embrutecerlo ni hastiarlo, en el Eterno Retorno, no es un ser superior sino un esclavo. Puesto que la clase obrera ha fracasado en su misión revolucionaria, es la hora de las naciones, de las élites, de los “individuos superiores”. ¡La guerra y la muerte, es lo único que le queda a la humanidad!, gritarán el fascismo, el nazismo, pero también el patrioterismo popular y burgués, bien-pensante. Debió dar asco pero también, ejercer un poderoso atractivo, este clima del final del siglo, de la Belle Époque.
Puede que nosotros también estemos viviendo el final de una época. ¿Podemos aprender algo de la Historia? ¿Podríamos, advertidos por ejemplos como el de Céline y tantos otros grandes creadores, empezar a fiarnos más de la bondad, del bien concreto y cotidiano, que de las grandes ideas y realizaciones que pretenden mover a la humanidad? “La verdad sin amor, es mentira”, decía a propósito del régimen estalinista el director de cine, Nikita Mijailkov. La verdad sin amor es mentira.

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