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Vadear la pandemia

Por José Luis Muñoz , 5 mayo, 2020

Leer

Estoy leyendo, a muy buen ritmo, todas esos libros que tenía pendientes, las novelas que me envían mis amigos escritores, las que me regalé por navidades, una torre de Babel que amenazaba derrumbe en la mesilla de mi dormitorio, y aprovecho mi encierro, forzado pero cívico, para hacer esas lecturas en mi pequeño balcón para, al mismo tiempo que leo, tomar el sol cuando este sale. He redescubierto con ello el placer de la lectura al aire libre y de cuando en cuando dejo la lectura para admirar el privilegiado paisaje que me rodea: ventajas de vivir en el Valle de Arán. En eso me siento un afortunado. El libro que estoy leyendo en estos momentos, a muy buen ritmo (cien páginas diarias) es Elegía para un americano, de Siri Hustvedt, y lo estoy disfrutando. Previamente he estado leyendo Los archivos de Van Helsing de Xavier B. Fernández, una novela muy recomendable que es un paseo por la reciente historia de Europa de la mano de un personaje como Vlad Drakul, y el libro de prosa poética El contador de gotas, del navarro afincado en París Francisco Javier Irazoki, extraordinario como todo lo que escribe. Para mí Irazoki es uno de los poetas más sólidos de nuestro panorama literario.

Lejos de mí los tóxicos

Conviene no colgarse de las redes, que intoxican mucho en estos días y nos inundan de fakes mal intencionados, y obviar la basura mediática de canallas que se hacen pasar por periodistas, una raza execrable que se cuece en su propio odio. El mejor momento del día es cuando se agota la batería de mi móvil. Lo cargo, entonces, pero no lo conecto para darme un descanso de tanto chat, tanto profeta y visionario a toro pasado, tanto especialista que lo sabe todo y tanto chiste, alguno muy bueno, por cierto. Administrar la propia conectividad me parece vital en estos momentos para nuestra salud mental. Eso no quiere decir que no utilice el teléfono para videoconferencias con todos los seres queridos: verles las caras y saber que están bien es uno de los mejores momentos del día, y con colegas de ultramar a los que quiero de veras, y ahí me voy a Argentina con Guillermo Orsi y Gustavo Abrevaya, escritores excelsos que recomiendo encarecidamente.

Ritos

Vital establecer ritos y cumplirlos con disciplina y mantener la casa en orden aunque la única visita que esperes sea la tuya. Acostumbro a ver las noticias mientras desayuno, como, meriendo (he recuperado esa costumbre olvidada) y ceno. Escribo de buena mañana y de madrugada. Me pongo al día en películas atrasadas y reviso a mis directores fetiche: Ford, Kubrick, Polanski, Bergman, Érice, Lumet… Me cambio varias veces de ropa al día. Pijama hasta las 12; pantalón corto y camiseta si luce el sol hasta las 14 horas, con vermú incluido en mi pequeña terraza balcón; luego me visto como si fuera a salir, pero no salgo y me cuesta vencer la tentación porque la montaña está a dos pasos. Soy consciente de que el confinamiento en el Valle de Arán es privilegiado. El solo hecho de ver moverse las ramas de los árboles cercanos por el soplo de la brisa me da una idea de lo bien que está la naturaleza descansando de nuestra presencia. No es lo mismo ver un prado, un bosque, un pueblecito con tejados de pizarra integrado en el paisaje, que ver el frío muro de una casa de vecinos que te tapa el horizonte. Veo el cielo, veo la luna de muchas maneras, cómo pasan las nubes, y esperando la relajación de esta pesadilla infinita para poder pisar la hierba y verla crecer.

Exorcismos

La literatura, más en este momento, debe servir como exorcismo. No soy el único que utiliza este recurso creativo para paliar el miedo que produce esta situación según me llegan noticias de mis colegas. Yo, como otros muchos autores, estoy escribiendo una nueva novela sin tener ni idea de si tendrá futuro, la acabaré, se publicará o quedará en el cajón. Quizá de esta pandemia surja una generación, como la de la Nocilla (completamente olvidada, por cierto), la del Covid 19 que forzosamente será negra y distópica. La crisis sanitaria nos enseña, y ya van muchas veces, esa delgada línea que separa ficción de realidad y lo peligroso que resulta cuando la realidad se aproxima a la ficción. Habrá quien vea conspiraciones, Spectra detrás de todo esto (no lo descarto, que conste) o que sencillamente crea que la naturaleza ya se ha hartado de nosotros. Han quedado colgadas las presentaciones de mi última novela El viaje infinito, con las que estaba muy ilusionado porque se trataba de mi libro 50, que ya son, y la publicación de mi libro más ambicioso y épico, en la estela de La pérdida del paraíso que publiqué en 2001, El centro del mundo, la novelización pormenorizada de la extraordinaria aventura que llevó a Hernán Cortés y sus capitanes a ese centro del mundo, Tenochtitlán. Con la aventura de Colón comparte Cortés cierto fatalismo: La pérdida del paraíso se publicó exactamente cuando cayeron las Torres Gemelas el 11S; El centro del mundo en plena pandemia del Covid 19.

Viajes al pasado

Como no sé cuándo podré salir, cuándo podré viajar de nuevo, dedico unas horas del día a viajar a través de mis fotos, al pasado y a otros escenarios, a ese maravilloso paisaje de montaña que me rodea y que no puedo pisar en estos momentos. La memoria sirve para revivir. Con esas imágenes voy a la cama con la esperanza de soñar que estoy libre. Aconsejo a los demás que hagan lo propio. Nunca está de más repasar la vida que hemos llevado y replantearnos la futura, si la hay. La nostalgia, cuando no se convierte en obsesión, enriquece. También reviso mis fotos de juventud y me miro con 18, 25 o 30 años. De ese vengo, me digo, con las cornadas de la vida en el cuerpo.

Conclusiones

Soy moderadamente optimista frente a otros que no lo son nada. Esta crisis va a traer muchos cambios y los que nos movemos en el mundo de la cultura tenemos que estar en guardia. Posiblemente la sociedad tenga, a partir de ahora, más tiempo libre y lo pase en sus casas. Buen momento para promover el libro, digital o en papel. Creo que deberíamos, de una vez por todas, reivindicar a Paul Lafargue y ganarnos como sociedad el derecho a disfrutar del máximo tiempo libre, y ahí, para llenarlo, estarían los productos culturales, el libro entre ellos. Si superamos, con mucho dolor, la crisis financiera del 2008, también vamos a superar la crisis sanitaria del 2020. Espero que alumbremos un mundo mejor, más solidario, cuyo centro sea la felicidad de sus ciudadanos. Una utopía, claro, pero si la sociedad avanza es a golpe de utopía.

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