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Una visita a Peñafiel de la mano de Patronio, personaje de El Conde Lucanor

Por Mariano Velasco Escudero , 15 abril, 2014

Es menester recordar, tal y como en anterior capítulo se relató, cómo habiendo llegado el viajero cansado y hambriento a la muy noble villa de Peñafiel, fue allí atendido por Patronio, personaje de “El Conde Lucanor”, quien amablemente aconsejole con gran talante para su grato alojamiento y, por ende, placentero descanso. Y relátase a continuación cómo el tal Patronio, creación del infante Don Juan Manuel, quien fue ilustre morador de la villa de Peñafiel, acompañó al viajero en su visita a la villa, de los asuntos sobre los que departieron y de alguna que otra guasa que entrambos trajéronse.

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Amaneció un sol temprano y radiante sobre la ilustre Peñafiel, y ya mi querido amigo y consejero Patronio esperábame en el Gran Claustro del Hotel Spa Convento Las Claras, donde había reposado y repuesto mi cansado cuerpo, para iniciar minucioso recorrido turístico por la muy noble villa castellana y alrededores.

– Si le parece bien a vos – díjome el consejero Patronio al verme – aprovecharemos que es tempranillo para, con la fresca de la mañana, atacar la empinada cuesta del Castillo de Peñafiel, ejercitando así cuerpo y mente a un tiempo.

– En vuestras manos me pongo, Patronio amigo, o mejor en vuestras piernas, pues desconozco si las mías darán respuesta suficiente para acometer tan pronunciada subida.

– Encomendemos pues cuerpo y alma a Dios e iniciemos la ascensión.

– Ea.

Que nadie se llame a engaño, que la ascensión al castillo se puede realizar en coche, pero no está de más aprovechar la visita para hacer un poco de ejercicio, por qué no, aunque cueste lo suyo alcanzar la cumbre del altozano desde el que se disfruta de magnificas vistas de la localidad de Peñafiel, así como las cuencas de los ríos Duero y Duratón.

 

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– Hay que ver qué altura – le espeté a mi consejero nada más coronar el montículo – Este castillo no lo toma ni el mismísimo Almanzor.

– Pues sepa vuesa merced – replicome Patronio – que lo primero que aquí hubo, en semejante y privilegiada ubicación, fue una torre vigía que, dicen, acabo siendo conquistada por un tal Abi Amir Muhammad, más conocido como… Almanzor.

– Vaya. Y de aquella primera torre vigía, supongo, poco o nada quedará ya.

– Supone bien vuesa merced. Fue el Conde Sancho García quien, allá por el siglo XIII, adoptó tres notables decisiones que marcaron la historia de la villa de Peñafiel y que a continuación procedo a enumerar: primero, cambiar el nombre de la villa, otrora llamada Peña Falcón, por el de Peñafiel.

– Mucho más bonito, dónde va a parar.

– Otrosí, amurallar la villa. Desde aquí arriba todavía se puede distinguir algún trozo de la antigua fortificación.

– Ya veo, ya.

– Y otrosí, construir una fortaleza en esta, ya digo, privilegiada ubicación.

– Privilegiada y elevada. Y así es como hoy en día la conocemos, aventuro.

– Aventura mal vuesa merced. Tuvo que ser Don Pedro García, a la sazón maestre de la Orden de Calatrava, ya en el siglo XV, quien ordenase posteriormente su construcción definitiva.

He de admitir que la ubicación del Castillo de Peñafiel proporciona al viajero unas excelentes vistas de la villa. Llama pronto la atención entre la maraña de calles y casas la explanada de la Plaza del Coso, de origen medieval, en la que antiguamente se celebraban torneos entre caballeros y festejos taurinos, y que hoy sigue teniendo especial protagonismo en algunas de la fiestas más importantes del pueblo. Distínguense asimismo la bella fachada de estilo gótico-mudéjar de la Iglesia y el Convento de San Pablo, “mandado construir por mi creador, el infante don Juan Manuel”, me subrayó mi interlocutor en su relato; y a su lado la Iglesia de San Miguel.

 

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– Y dígame, Patronio, ¿qué son aquellas enhiestas figuras que se distinguen repartidas ladera abajo, que asemejan ejércitos de enemigos acechantes cual si quisieran hacerse con la fortaleza?

– Se trata de las luceras, también llamadas zarceras.

– ¿Y eso qué es lo que es, hablando en román paladino?

– Son respiraderos para la ventilación, a modo de chimeneas, de las muchas bodegas que abundan en aquesta tierra de buen vino. Si mira vuesa merced en dirección a la villa, distinguirá mayormente las de las bodegas que fiziéronse construir los lugareños o peñafielensen, y si torna la mirada en dirección contraria se le aparecerán las luceras de la que fue la primera gran bodega de la ribera y que responde al nombre de Protos que, como sabrá, en la lengua de los atenienses viene a querer decir eso mismo, “la primera”.

– Entonces, mi querido Patronio, por la ubicación de tales luceras imagino que excelentes vinos reposan, para su envejecimiento, bajo esta nuestra fortaleza, en las mismísimas entrañas del monte que hemos coronado con esfuerzo y determinación.

– Y que ahora descoronaremos para dirigirnos hacia la susodicha bodega, en la que tendremos oportunidad de visitar las instalaciones y, sobre todo, de degustar algunos de sus excelentes caldos.

 

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Y así fue como iniciamos el descenso del altozano mientras mi admirado Patronio me relataba cómo más de dos kilómetros de galerías subterráneas, de origen incierto, descubiertas bajo el castillo, sirven hoy para la distribución de las barricas de roble francés y americano que albergan en su interior los preciados caldos de Protos a la espera de ser embotellados. Mediante un minucioso proceso, se extendió Patronio revelándoseme como un verdadero entendido en el arte de la enología, el vino reposa en barrica un máximo de cuatro meses, después de los cuales es preciso vaciarla, limpiarla de posos y pasar el producto a un nuevo recipiente de madera para continuar con el proceso de envejecimiento.

– ¡Menudo trasiego! -, exclamé admirado por la complejidad de la elaboración del vino.

– Así se denomina precisamente tal proceso, “trasiego”, y resulta fundamental para que la calidad del vino logrado al final del mismo resulte, como ahora mismo comprobaremos en la cata, excelente. Y así sucesivamente, hasta alcanzar los seis meses que permanece en barrica la modalidad de Joven Roble (y otros seis en botella); los 14 del Criaza (y un años en botella), los 18 del Reserva (y dos años en botella) y, por fin, los 24 meses que permanece en barrica el denominado Gran Reserva (y 3 años en botella)

– ¡Caray con el vino!

 

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– Pero para no abusar del componente etílico de los caldos, si le parece bien a vuesa merced haremos hoy la cata del verdejo y para mañana, tempranillo.

– ¿Tempranillo otra vez? ¡No será para volver a subir la empinada cuesta del castillo con la fresca de la mañana!

– Ja, ja, ja, No se me angustie vuesa merced y discúlpeme la guasa, que con “tempranillo” me refiero a la variedad de uva característica de los mejores caldos de la Ribera del Duero, no a madrugar. Así podremos continuar con la visita con la mente despejada, que aun nos quedan maravillas por conocer.

– Bien, bien, dejemos entonces para mañana el tempranillo y continuemos con la visita pues. ¿Dónde iremos ahora?

– ¿Dispone vuesa merced de carruaje o prefiere volver a ejercitar las extremidades?

– Dispongo, dispongo, sí.

– ¿Y caballos?

– Ciento cuarenta y tres creo que son – respondile, y por su extrañeza y sorprendido gesto deduje que, como en el caso del “tempranillo”, tampoco hablábamos mi fiel Patronio y yo de lo mismo al referirnos a los “caballos”.

– Pues dirijámonos, para finalizar la jornada, a la cercana villa de San Bernardo, donde visitaremos el Monasterio de Santa María de Valbuena, en el que fácilmente podremos admirar la evolución histórica del arte y la arquitectura en la región, desde la austeridad propia de la Orden Cisterciense hasta la mayor ornamentación del renacimiento y la barroquización posterior, cuyo máximo exponente es su magnífico retablo mayor.

 

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Nacido benedictino en 1143 pero adscrito al Císter en 1151, el Monasterio de Santa María de Valbuena, actual sede de la fundación Las Edades del Hombre,  vivió su etapa de mayor esplendor entre los siglos XII y XIII, siendo considerado como el primer lugar en el que se comenzaron a sembrar las vides que tanta prosperidad trajeron posteriormente a la región. Si, las del dichoso tempranillo.

– Y dígame Patronio – se me ocurrió preguntarle a mi interlocutor mientras paseábamos por el magnífico claustro del monasterio entre tanta paz y sosiego-, ¿de dónde les vendría a los monjes esa absurda manía de levantarse a orar al toque de maitines, cuando disponían de todo el tiempo del mundo para hacerlo a cualquiera otra hora del día?

– Discúlpeme la guasa una vez más, pero me lo pone, como  suele decirse en su época, “a huevo” vuesa merced: del tempranillo, de dónde si no, ja, ja, ja.

 

Y viendo el viajero que la gracia era buena, fizola escribir aquí et fizo estos versos que dicen ansí:

 

En habiendo el viajero subido y bajado la cuesta del castillo

no osará marchar de Peñafiel sin haber catado el buen tempranillo.

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