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Una vida en una frase

Por Juanan Martín , 27 Mayo, 2014

Organizar y capitanear una expedición al Polo Sur supone a día de hoy una de las mayores epopeyas a las que se puede enfrentar el ser humano manteniendo los pies sobre el planeta Tierra. No es necesario decir que llevarla a cabo hace ahora justamente cien años magnifica –o multiplica por cien, y que valga la redundancia- el valor de la hazaña.

Sir Ernest Henry Shackleton lo hizo. No logró su objetivo, mas quizá lo suyo fue incluso mejor: sobrevivió, salvando a sus hombres, al naufragio de su barco, que terminó engullido por el hielo, permaneciendo a la deriva en mitad de la nada hasta que al cabo de algunos meses tanto él como algunos de sus hombres volvieron a partir, en aquella ocasión en busca de rescate. Y lo consiguieron.

Era la Expedición Imperial Transantártica. Era 1914.

Años más tarde, en 1922, y a punto de embarcarse en una nueva expedición, Shackleton murió de un ataque al corazón en la Isla Georgia del Sur (también llamada San Pedro), frente a la Antártida. Hussey, que a la sazón acompañaba a Shackleton, recibió un mensaje de Emily, la mujer del fallecido. “Enterradlo en San Pedro; no soporto la idea de encerrar su inquieto espíritu en la estrechez de un cementerio británico”.

Se desprende de esta despedida que la esposa de Shackleton era la que mejor conocía, y comprendía, a este insaciable aventurero. Dos de sus palabras llaman poderosamente la atención: enterrar y espíritu. Imposible combinarlas para referirse a un personaje de la categoría de este anglo-irlandés. Imposible también para tantos otros que han hecho de la aventura, de la expedición, de la exploración, del descubrimiento, del conocimiento, su razón de ser. Su estilo de vida.

Poco antes de morir, Shackleton había escrito a Emily “a veces pienso que no sirvo para nada que no sea estar en regiones salvajes e inexploradas con otros hombres…”.
Imposible.

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