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Una inversa jerarquía cultural

Por David Donaire , 20 Enero, 2015

Voy a hablar de lo inversamente lógico, de los contrasentidos que, por tener sentido, se acomodan en la cultura e impostan el papel del “bueno”. De primeras seguiré abstracto invitando a la imaginación. Hay muchas cosas “malas” heredadas de un pasado cuyas tradiciones pervivían acríticas y hoy, ilustrados nosotros, las ponemos en el ojo del huracán. De su crítica, de alguna manera poco sabida, sobreviene una reacción que trata de enmendar el error pasado y procura de sustituto a aquella mala costumbre. ¿Podéis imaginar algo que coincida con lo dicho? Seguramente sí, al menos un esbozo. Retornemos, pues, a la realidad, al factum. Época de información instantánea, como algún tipo de café, o como vienen los libros al mundo traídos al pedido a la cigüeña Amazon. Sobre esto, ánimos por la cultura que se esfuma en medio de una tediosa niebla mediática, de programas del corazón y algún reallity show. Estos ánimos redundan en extender la serie B de las novelas entre los jóvenes con fin de que aprecien la lectura, como valor en sí, y consuman ávidamente, que les proporciona cultura, e incluso les inyecta cierto aura de ir contracorriente, de ir formándose a las huestes de la tendencia consumista, cosificadora y banalizadora de todo. Un escenario que nada en la contradicción performativa: lo que piensan y dicen niega la situación que presuponen criticar. Hablan de cultura con novelas de segunda e igualmente tratados a modo de objetos de consumo.

Anclados en esta impostura, hay, por supuesto, que sobrellevarla para cegar sobre el hecho creyendo el mito. Dicen aquellos “la calidad es algo subjetivo y depende de la persona, cada cual tiene sus gustos y son igualmente respetables”. Fíjense que tal actitud egocéntrica nada envidia a un Luis XIV en “el Estado soy yo” porque ahora somos los que señalando con el dedo, todos y cada uno de nosotros, señalamos la “cultura”, el “saber” y hacemos gala de nuestra “intelectualidad”. Claramente, gustos, colores. Claramente, es respetable el gusto de los demás en su diferencia. Sin embargo, quién afirme que una película como El Padrino tiene la misma calidad o hasta es inferior en calidad a cualquiera de serie B, digamos, Los Mercenarios, está, claramente, equivocado. Aquí se está confundiendo la calidad con el gusto. Puede parecer larga, oscura y pausada la primera de las películas en contra de la segunda, vivaz, de acción divertida y entretenimiento asegurado. Ahí ronda el gusto, y luego está la calidad. Yo no soy crítico de cine, ni pretendo decir que ellos deben tener el monopolio del dictado de la calidad pero desde luego entiendo que, sin saber de elementos básicos de actuación, fotografía, de producción del cine, el juicio sobre la calidad es una silla de dos patas. No es que te sientes y se tambalee, sino que directamente ya yace tendida en el suelo incapaz de sostenerse.

Podemos conocer a una persona en su superficie, básicamente atractivo físico y quizás facilidad de palabras y gestos, y podemos conocerla en su profundidad atendiendo a su personalidad, historia, conocimiento, moralidad, metas y afectos. La calidad se ubica en el universo de la segunda retahíla de elementos y el gusto, así como lo hemos entendido, en la primera de las listas. Creo que todos sabemos a lo que me refiero aunque voy a continuar, en un arrebato de sinceridad. ¿Qué se esconde en el respeto a la “calidad” y, viceversa, en su equiparación con el gusto? Me pongo las botas de sociólogo y digo: una estructura social de poder. En efecto, se extiende para aprendizaje común de los elementos, cualidades y saberes que enuncian la virtud de las obras, en este caso, hemos conocido como calidad. Hay un grupo o una comunidad más o menos abierta, en conocimiento de todo eso y además publicitada con algo de autobombo. Esa comunidad de críticos y eruditos crecen como bandera de los criterios de calidad que el resto acepta, acoge en sus vidas y usa, incluso sin saber que proviene de aquellas gentes. En el caso empero de equiparar la calidad con el gusto, esa comunidad pierde toda razón de ser, ya no sostiene criterio alguno más elevado que los demás y, por tanto, no tiene que ser más escuchada por nadie más que a otro quién sea. El dominio del gusto constituye el mainstream de la sociedad de consumo. Ahora bien, lejos de defender las jerarquías de los grandes sabios como algo excluyente, diría que al contrario, siempre que sean abiertas a todo aquel que hable con propiedad, es de lo más enriquecedor. Ayudan a valorar más las cosas, a crear un poso de cultura común y socialmente valorada, y además incentivan, me atrevo a decir, democráticamente, a saber más, a incorporar esos saberes y ponerse a la altura. Por otro lado, a dividirse el trabajo. Si es difícil conocer todo el cine, sus entresijos y secretos, para hablar con propiedad, uno no podría ser experto en todo y requeriría del saber de los demás en otros campos. Fomenta así un intercambio. En cambio, en el escenario opuesto donde da igual veinte que cincuenta, nadie puede enriquecer a nadie porque la valoración propia es más que suficiente y además inmejorable objetivamente.

La conclusión no es elocuente porque está todo dicho: ¿qué cultura preferimos?

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