Una granizada antes de morir |
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Una granizada antes de morir

Por Víctor F Correas , 26 marzo, 2015

El trueno llega después del relámpago, que fue intenso. El ruido no le anda a la zaga. Lo más parecido a un cañonazo, seco, duro, impactante.

La tormenta parece no arreciar. Más bien, al contrario; graniza con rabia sobre Viena. Clac, clac, clac, clac. El granizo golpea los cristales, en el tejado, provocando ese peculiar sonido. Como si estuviera afinando el piano, posando los dedos por las teclas buscando ese punto, esa nota que lo diferenció siempre de los demás. Solo que esta vez no toca el piano ni ningún otro instrumento. Duerme. O parece que lo hace. La maldita pulmonía. Su cuñada Johanna lo mira con rostro circunspecto. Igual que su amigo, el compositor Anselm Hüttenbrenner, que ha venido a visitarlo.

Así lleva, casi un mes, postrado en la cama. Hasta hace unas semanas se levantaba, daba algunos pasos por la habitación, observaba la vida de Viena a través de la ventana, y regresaba al único lugar en el que se siente tranquilo y descansado. Hasta hace unas semanas. Antes de que la agonía se apoderara de él. Y va para cuatro meses, desde que regresara de la finca de su hermano Nikolaus junto a su sobrino en diciembre del año anterior. Dos meses de descanso que no le vinieron mal. Esa noche de paso en el albergue es lo que lo está matando. Tanto frío. Al día siguiente apareció la pulmonía nada más llegar a Viena. Con todo, la pulmonía no es lo peor. El vientre. Lo tiene muy hinchado. Cuatro punciones lleva ya, la última hace un mes, y está harto. Alguien lo tiene que haber mirado mal. O tal vez es que las agonías sean así, lentas, lo suficiente como para madurar su cuerpo para el fatal desenlace. ¿Será eso que va a morir? Tras una breve mejoría de la pulmonía llegó la ictericia. La culpa de todo la tiene el médico, ese doctor Wawruch. Todos dicen que es muy bueno, pero para él. Lo está llevando a la muerte. Eso pensaba, y sigue pensando, aunque ya no hable ni abra los ojos. Y ya nadie le puede quitar esa idea de la cabeza.

Agoniza. Clac, clac, clac, clac, clac. Sigue la tormenta. Hüttenbrenner posa la vista en la mesa. Papeles y tinteros copan su superficie. Y unas botellas de vino. Quizá aún esté ahí la carta que le envío el Rey de Prusia, al que el hombre que reposa en la cama dedicó su Novena Sinfonía. ¡Cuánta dedicación! Al menos una decoración. Eso pensó el hombre que sería la recompensa por la obra a la que elevó su honra, tal y como le comentó al terminar de componerla. Nada. Un anillo de brillantes. Y quiso venderlo. Porque se lo impidieron, pero quiso venderlo. Un regalo del rey, le decían. ¡Él también es un rey!, recuerda con rabia que le espetó, enfadado, cuando le recordó la carta. Nadie se puede comparar con él. Su música no admite comparación. Por eso lo han visitado tanto en los últimos días. Sus amigos, compañeros músicos, admiradores. Todos saben que se muere. Uno de los últimos en hacerlo, Schubert. Se lo agradeció. Lo mismo que ha hecho con Hüttenbrenner. Ni siquiera podrá probar el vino de las botellas. Ya es demasiado tarde, bisbiseó un par de días atrás al verlas. Fueron sus últimas palabras. Clac, clac, clac, clac.

Un enorme relámpago ilumina la habitación. Sobresaltado, abre los ojos, levanta la mano derecha y, con el puño cerrado, amenazador, clava la vista en el techo. Cuando la mano regresa al lecho, junto a él, su corazón dijo basta. Su música, sus composiciones. Todo. Johanna aún tiene tiempo de cortarle un mechó de pelo. Como recuerdo, le explica a Hüttenbrenner, por cuyos ojos asoman gotas de dolor y de admiración.

Tal día como hoy hace 188 años falleció Ludwig Van Beethoven.

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