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Una dialéctica desde la ausencia: El libro tachado de Patricio Pron

Por Anna María Iglesia , 25 julio, 2014

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

“Escribir comienza con la mirada de Orfeo”, escribió Maurice Blanchot, “y esa mirada es el movimiento del deseo que quiebra el destino y la preocupación del canto; y en esa decisión inspirada y despreocupada alcanza el origen, consagra el canto”. La escritura, sostenía Blanchot en La mirada de Orfeo, comienza con esa mirada hacia atrás, con esa mirada indebida y, a la vez, necesaria que quiebra el destino de Orfeo y le hace perder a Eurídice. La escritura, empieza así con una pérdida, con la consciencia de lo perdido, de lo inaprehensible. “No se escribe si no se alcanza ese instante hacia el cual, sin embargo, sólo se puede dirigir en el espacio abierto por el movimiento de escribir”, continúa Blanchot, la escritura es un dirigirse, como la propia mirada de Orfeo, hacia un lugar –Eurídice- que resulta imposible alcanzar. La escritura es siempre pérdida, ausencia, es la puesta en acto de la carencia propia del lenguaje, de un lenguaje, el nuestro, que siempre resulta limitado, incapaz de expresar el todo, parcial a la vez que incompleto.

el_libro_tachadoEn los años sesenta, Jacques Derrida deconstruía el esquema opositivo de significado y significante teorizado por Saussure y asumido por el primer estructuralismo; con Derrida los significados de dispersaban y multiplicaban, el significante perdía su correlato unívoco y, al perderlo, se vaciaba, tras él ya no había nada, tan sólo una potencialidad de significados actualizables a través de la lectura. En aquellos mismos años, desde Estados Unidos, el teórico Paul de Man, en un brillante ensayo acerca de la autobiografía, afirmaba que el “yo” literario era el pronombre de una ausencia, como tras las palabras esculpidas sobre una lápida, tras él no había nadie, ningún rostro identificable. En la ausencia del significante, en la ausencia del yo, nace el otro, los otros, y estos otros nacen a través de la lectura, del acto individual que, independientemente –como diría Eco- de sus distintos niveles, reactualiza la palabra, reescribe la palabra escrita. En el vaciamiento del lenguaje o, parafraseando a Patricio Pron, en la tachadura de la palabra, el autor también desaparece, se ausenta en aquella muerte que le pronosticó Roland Barthes en 1968 y que, un año más tarde ratificó Michel Foucault. El autor muere en favor del texto, en favor de una textualidad plena, es decir, de una textualidad en la que los márgenes que separan los textos y las obras se borran en un continuo diálogo y apropiaciones mutuas. “Esta es una contribución a esa historia, la de la literatura de los últimos dos siglos, producida en contra del siempre inminente fin de la literatura y de la muerte del autor varias veces anunciados”, escribe Pron en la introducción de su ensayo El libro Tachado (Editorial Turner); se trata de un ensayo que “no claudica ante ese fin y esa muerte, puesto que parte de la premisa de que el hecho de que la literatura pueda acabar y sus autores morir algún día en su condición de posibilidad y su mayor aliciente”. La literatura, así como la novela, no ha muerto y, por lo que se refiere al autor, evidentemente su muerte, aquella pronosticaba por Barthes, era una muerte textual, una desaparición tras el texto, tras el grado cero del lenguaje, una desaparición que permitía reconsiderar la literatura y su historia sólo y únicamente a partir de los textos, desplazando así la crítica biografista que, desde la crítica positivista e impresionista del XIX, leía las obras sólo y exclusivamente a través del prisma del autor. Desaparecido el autor y, como decía Derrida, borrado los márgenes entre las obras, conceptos como originalidad, plagio, intertextualidad o, incluso, autobiografía entran en crisis, pues esa tachadura no sólo pone en discusión la posible consideración de una obra en su unicidad y aislamiento, sino que cuestiona el propio estatus de ficción: la escritura se convierte, como dice Pron, en un espejo deformante que refleja, alterándola, una realidad de por sí manipulada, alterada por la propia percepción.

Patricio-PronEstos son los presupuestos teóricos previos en los que se enmarca El libro tachado, un ensayo a través del cual Patricio Pron no sólo reactualiza críticamente determinadas cuestiones teóricas, sino que se postula como interlocutor crítico hacia un determinado tipo de ensayismo fácil sin aparato crítico ni bibliográfico que sustente la tesis ensayada, hacia el reduccionismo de circunscribir un análisis de la literatura actual a la indudable crisis económica y a la revolución tecnológica así como también hacia la “fosalización de la forma en que leíamos en el pasado y la inexistencia aún de algún tipo de alternativa”. Un recorrido a través de los libros censurados y represaliados y, por tanto, de autores obligados al silencio, de autores bloqueados, desaparecidos, de libros falsificados y anónimos, de libros escritos a cuatro manos o libros destinados a su no publicación, permiten a Pron llegar al que, sin duda es el capítulo central y programático del ensayo: aquel titulado “crisis”. En dicho capítulo, el autor plantea un doble análisis, por un lado presta atención al modelo editorial actual y, por el otro, a la revolución tecnológica, una revolución que no va entendida solamente como el auge del libro electrónico, sino como la incorporación de nuevos espacios virtuales de escritura y de publicación, espacios que borran la figura del autor en tanto que nombre de referencia indudable, que igualan -¿por lo bajo?- haciendo del escritor una parte del todo. Si esta aparente muerte del autor, mencionada por Vila-Matas –Pron lo cita explícitamente- en Dublinesca, forma parte de este “mundo derruido de la edición literaria”, pero “también de los escritores verdaderos y los lectores con talento”, propio de la sociedad del espectáculo que, de forma mucho más apocalíptica que Guy Debord, describe Vargas Llosa; por otra parte, el mundo editorial, abandonado a la mercantilización del libro, ha vivificado al autor, imagen insigne y promocional del libro-producto y, por tanto, reclamo publicitario paseado por distintos escenarios, dejando así en un segundo plano la obra. Ante esta duplicidad, es necesario el autor en cuanto figura literaria y construcción retórica y la figura del escritor en tanto que persona física: el autor muere aun sobreviviéndole el escritor. Hoy, como antes –baste pensar en el romanticismo- autor y escritor son dos conceptos que se confunden con excesiva frecuencia; la función de la crítica, lejos de caer en dichas confusiones o de hacer malabares acerca de previsiones acerca de la muerte de la literatura, está llamada a analizar esta dialéctica en el nuevo marco socio-cultural de hoy. Es precisamente este análisis atento, unido a un profundo conocimiento de la tradición literaria, que permite a Patricio Pron proponer una respuesta crítica a los apocalípticos pronósticos de una inmediata fin de la literatura, una respuesta que tiene como punto esencial la separación del ámbito intratextual y extratextual, es decir, la separación entre autor y escritor, una separación que, sin embargo, no impide a Pron establecer un diálogo entre estas dos esferas de tal manera de plantear la necesidad de una nueva teoría de la lectura que conjugue la estructura social y cultural desde donde lee el lector con la literatura considerada como un espacio textual en la que –y vuelve a aparecer Derrida– los márgenes se disuelven en pos a una confusión de textos y de voces –imposible no recordar aquí “la máquina de Macedonio” de Ricardo Piglia– que, a su vez, ponen en cuestión conceptos críticos como la originalidad y la autoría o conceptos más propiamente legales como el plagio y los derechos de autor. El libro tachado abre estos interrogantes, pero como todo buen ensayo que se precie –ya lo sabía bien Montaigne– no se agota, no cierra los interrogantes, sino que llama a una conversación que –y así cerrando el círculo-, en palabras de Blanchot, será siempre infinita, pues condenada a continuar sin nunca alcanzar aquella Eurídices perdida.

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