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Un mundo sin nosotros

Por José Antonio Olmedo López-Amor , 20 marzo, 2020

La situación de emergencia global causada por el virus Covid-19 seguramente cambiará el mundo de una manera radical, y me atrevo a decir que ese cambio es hasta necesario. Toda crisis pone de manifiesto las debilidades del sistema que la sufre y nuestra sociedad no iba a ser menos. Si de las crisis económicas aprendimos lo negativo de especular con fines lucrativos, nos dimos cuenta de los excesos cometidos y aprendimos que vivir de una manera más austera era posible, de una crisis sanitaria como esta podemos y debemos extraer no pocas conclusiones.

De un tiempo a esta parte, y quizás empujados por el avance tecnológico, hemos sido capaces de descubrir con más profundidad y más detalle el espacio exterior. Hemos sido capaces de hacer la primera fotografía a un agujero negro y hemos inventariado cientos de asteroides que pululan a su antojo solo por la inmensidad más cercana a nosotros. El potencial destructivo de la naturaleza siempre nos ha sobrecogido como especie sometida a ella, por ello tratamos de etiquetar a esas rocas espaciales según su peligrosidad, es decir, las posibilidades de colisionar con nuestro planeta, y por eso algunas de ellas se rastrean ya que por su cercanía a nosotros cualquier pequeño cambio en su trayectoria las puede convertir en el apocalíptico martillo de Dios.

Como apasionado de la ciencia y eventual divulgador soy receptor de continuas noticias acerca de la proximidad de un asteroide, sobre la posibilidad del estallido de la estrella Betelgeuse o la fatídica estadística que nos situaría en la misma dirección de una gigantesca llamarada solar. Muchas y monumentales son las amenazas que interpretamos del comportamiento de un universo que en cualquier momento nos puede destruir. Y hacemos bien en inquietarnos.

Hay muchas cosas que sabemos, aunque no demostremos a través de nuestro comportamiento la sabiduría que nos debería aportar la asunción de ese conocimiento. Por ejemplo: la extinción de las abejas, el calentamiento global, la contaminante presencia de plástico en los océanos, la problemática migratoria internacional que deriva en la constante pérdida de vidas humanas. Muchos son los frentes abiertos que tenemos como sociedad, demasiadas, las asignaturas pendientes que hasta este momento no hemos sido capaces de aprobar.

Y es que para aprobar algo es necesario afrontarlo con plena consciencia y afán de solucionarlo. Todos los días mueren personas a causa del hambre, millones de personas viven en la indigencia, las guerras, la tala masiva de árboles, etc. No reaccionar como sociedad ante estos problemas nos culpabiliza aunque no nos sintamos aludidos. Si no estamos de acuerdo cuando alguien nos llama seres fríos, materialistas y violentos ¿por qué no le demostramos realmente quiénes somos? ¿Acaso somos incapaces de hacerlo?

Es fácil culpar al capitalismo de los defectos que como ciudadanos atribuimos a la masa social, a una mercantilizada e infantilizada población a la que ciertamente se lobotomiza por parte del Estado, pero ¿dónde queda nuestra integridad como personas? Somos conscientes de que nuestro mundo se deshumaniza pero tan solo alzamos la voz cuando la injusticia nos afecta directamente a nosotros.

Somos tan engreídos que pensamos que el planeta nos pertenece. Actuamos con la soberbia de aquel que se siente por encima de los demás. Por este motivo pensamos que solo puede destruirnos y superarnos algo colosal, inabarcable, algo de magnitudes astronómicas. Sin embargo, lo que está azotando al mundo es un virus de proporciones microscópicas. Los cimientos de nuestra gran civilización se tambalean por algo tan pequeño que es invisible a nuestros ojos. Esto debería hacernos redimensionar nuestro ego, y con ello, nuestro lugar, ya no en el mundo, si no en el universo.

La naturaleza no nos necesita. Quizás estemos aquí por accidente. Un buen día floreció la vida vegetal, animal y humana, gracias a ello podemos vivir y permanecer como especie, pero en el momento en que nos comportamos sin respeto hacia todo lo esencial, en el momento en que un ser humano es lo peor para el mundo y lo que más teme otro ser humano, algo debe suceder para poner las cosas en su sitio.

Es terrible ver cada día las noticias y ser testigo de tanto sufrimiento, ser consciente de que en cualquier momento a algún ser querido o incluso a ti mismo le llegará el momento de sufrir o morir. Este tipo de situaciones no debe sacar lo peor de nosotros, al contrario, nos ofrece la posibilidad de crecer y demostrar que el ser humano no es un error en todo esto. Más allá de ideologías y creencias debemos sentirnos obligados a ayudar activamente a los demás y contribuir a que cualquier amenaza sea superada cuanto antes, aunque —en ocasiones— ayudar sea desaparecer de las calles, recluirnos en nuestra casa, lavarnos a menudo las manos. Los primeros que caen son los más vulnerables, por eso debemos comenzar por ellos.

No nos quedemos en la crítica. Es necesaria, pero hay que superarla con ejemplos. No adoptemos la postura más cómoda, la que nos garantice la tranquilidad, la que no aporta, cuando sabemos que muchos otros no tendrán esa suerte. El mundo nos necesita, gente desconocida a la que seríamos capaces de amar de saber cómo son.

No exijamos aquello que no somos capaces de dar. Demostremos que somos seres racionales, no dejemos a nadie atrás.

Esta crisis sanitaria, pandemia global, tragedia humanitaria, está dejando al descubierto la precariedad del tejido cultural que oxigena a la sociedad. Muchos libreros, editores, gestores culturales y artistas tendrán que renunciar a su sueño, verán hundirse ante sus ojos todo aquello levantado con esfuerzo. Muchos, demasiados pequeños y medianos comercios que han resistido el envite del monopolio oligarca de las grandes superficies correrán la misma suerte. No debemos olvidar que detrás de cada negocio cerrado, de cada cifra estadística hay personas, seres con nombres y apellidos que tratan de adaptarse a la realidad que les ha tocado vivir y a la que muchas veces no tienen opción de cambiar.

Mención aparte merecen aquellos profesionales que están afrontando en primera línea esta crisis sin precedentes: sanitarios, transportistas, cajeros, reponedores, limpiadores, agricultores, por citar algunos, quienes arriesgan todo cuanto tienen —incluso sin los medios de protección adecuados— por un sueldo que es vergonzoso si lo comparamos —por ejemplo— con el de un futbolista. ¿Qué haríamos sin ellos?

No hagamos que las nuevas generaciones pierdan su fe en el ser humano. Hagámosles sentirse dignos. Ya está bien de tanta concupiscencia, de tanta banalidad, de tanto orgullo y agresividad, de tanto instinto: hay muchas cosas que merecen ser defendías, protegidas, amadas.

Nos estamos dando cuenta de lo afortunados que éramos, éramos unos privilegiados arrogantes que presumían del último modelo de teléfono móvil, que malgastaban su tiempo y su dinero en cosas intrascendentes, superficiales o egoístas, cosas que nos definían y aún lo siguen haciendo, cosas que debemos cambiar.

Nos estamos dando cuenta de la importancia que tiene ahora para nosotros llegar al supermercado y encontrar los productos que necesitamos para sobrevivir: fruta, verdura, hortalizas, pero no hemos defendido antes a los agricultores siendo conscientes de que tras estar muchos años mal pagados se encontraban a punto de desaparecer. La pregunta es ¿Cuándo todo esto pase, lo haremos?

Valorar es amar. Cuidar es agradecer. ¿Seremos más respetuosos con los animales? ¿Cuidaremos mejor los ecosistemas? Sin duda, nuestra actitud nos hará merecedores de todo cuanto devenga por nuestra conducta.

Vemos fugaces estallidos de solidaridad en cualquier parte: personas que se ofrecen a hacer la compra a otras, particulares que donan utensilios de primera necesidad, otras, que fabrican mascarillas con su tiempo y esfuerzo, pero al mismo tiempo vemos a personas que no obedecen la orden de confinamiento, personas que salen de sus casas sin necesidad de hacerlo, poniendo en peligro con ello la vida de muchas otras personas.

He leído en un artículo que en Italia muere tanta gente en un solo día que las funerarias no dan abasto. Cientos de cadáveres son incinerados y enterrados sin oficiar funeral o, peor que eso, sin que el difunto se haya despedido de sus familiares. Hemos colocado en el poder a sociópatas sin escrúpulos que solo piensan en el dinero y ahora no podemos exigirles que sean más humanos. Situaciones como esta ponen en entredicho nuestra capacidad de autogestión, demuestran la falibilidad de una sociedad basada en un modelo de economía de mercados. Tomemos buena cuenta de todos nuestros errores para ser más atinados en nuestros aciertos.

Afortunadamente, el futuro nos deparará nuevas situaciones que nos pondrán a prueba de nuevo y tendremos oportunidad de demostrar nuestra evolución o involución. Seremos examinados y puntuados. No podemos fallar, debemos ser mejores. Estamos moralmente obligados a ello. Si la crisis del Covid-19 se trata de la tercera guerra mundial o no ¿para qué pensáis que sirve una cacerolada o un aplauso multitudinario desde los balcones? Los derechos de cualquier colectivo pueden reivindicarse y defenderse de formas mucho más contundentes y efectivas. Pensemos en ser trascendentes y no quedarnos en lo simbólico. Cerremos la boca a aquellos que dicen que este es un país de pandereta.

Entre las noticias que he leído últimamente se encuentran dos que me han llamado particularmente la atención. La primera, es que los índices de contaminación han descendido drásticamente en aquellos países en los que tras desatarse la infección sus gobiernos han decretado que sus habitantes permanezcan confinados en sus casas. La segunda, que en Venecia han aparecido multitud de delfines y cisnes a los que antes no se veía. La afluencia de turistas y el trazado de rutas marítimas habían convertido a la gran Venecia en un símbolo de la decadencia de Occidente. Es decir, es como si nuestra ausencia motivara el florecer de la desinfección, como si fuésemos una plaga que asola cada cosecha que toca. Todo está más limpio y silencioso, todo es más libre y bello. Deseo que la bondad del ser humano me haga cambiar de opinión. Quiero dejar de pensar que todo sería mejor, quiero dejar de soñar un mundo sin nosotros.

 

 

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