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Un mundo feliz

Por Silvia Pato , 18 junio, 2014

Placeres efímeros, momentáneos y fugaces, en una sociedad marcadamente hedonista donde la realidad tiende a ser, a menudo, demasiado frustrante como para afrontarla, nos rodean.

En ese lugar subyace, en parte, el origen de la desorientación de gran número de adultos y la desmotivación de muchos jóvenes; el establecimiento de categorías tales como la de «generación Odisea»; y la profusión de gestos banales a través de los teclados que contribuyen a tranquilizar las conciencias, pero que no implican ningún tipo de compromiso. El imperio de lo fácil, la debilidad de lo inmediato, la esclavitud de lo políticamente correcto y la ilusión de lo nuevo asedian a los habitantes de un sistema en crisis.

Cuanto más tiempo transcurre en las relaciones que crean los humanos con su entorno virtual y físico, con mayor frecuencia recordamos aquel webcómic que, allá por el año 2009, con el título de Amusing ourselves to death, publicó Stuart McMillen, confrontando la distopía de Aldous Huxley Un mundo feliz (Brave New World) con 1984 (Nineteen Eighty-Four) de George Orwell.

En algún momento, todos hemos sentido formar parte de uno de esos dos universos distópicos; aunque parece que si estuviéramos habitando en estos momentos algún libro, ese sería Un mundo feliz. Sin embargo, si le preguntáramos a la mayoría de los lectores en qué sociedad futura de ficción creerían estar viviendo, no es descabellado pensar que contestarían 1984. Reflexionar sobre ello no deja de ser interesante. Quizás la balanza se esté inclinando y el constante mensaje que recibimos de los grandes medios sea siempre el mismo, aquel que convierte la felicidad en un bien absoluto, y que acaba siendo una auténtica losa sobre nuestras vidas.

La obligación de sonreír, de negar la existencia del sufrimiento, de no permitir el tiempo para los duelos, de no comprender el dolor ajeno y de frivolizar la existencia de la muerte, conducen a inculcar la idea de que uno podrá alcanzar la felicidad a través de logros externos, viviendo bajo falsas condicionales, y apartando la vista de lo verdaderamente importante en aras de un placer egoísta y volátil. Así, es habitual escuchar en boca de alguien aseveraciones del tipo: «Si tuviera esto, sería feliz». «Si trabajara en aquello, sería feliz». «Si pudiera irme de viaje a ese sitio, sería feliz». «Si fuera guapa y delgada, sería feliz». «Si no tuviera arrugas, sería feliz».

Es fácil agotar la energía en futuribles que no son nada más que suposiciones que nos alejan del presente, del compromiso actual, de pensar, de sentir, de ser libres. En este mundo de felicidad obligada y hedonista, aquellos que sucumben a esos pensamientos no comprenden que las condicionales no se acaban nunca, y que incluso cumpliendo alguna de ellas, en seguida aparecerá otra para sustituirla. El estado de bienestar, de satisfacción, viene de dentro, y cuando esa tranquilidad interior que nos permite disfrutar de los momentos felices que nos otorga la vida se quiebra, no habrá dinero, ni posición social, ni títulos, ni automóvil, ni aspecto físico que pueda suplirlo. El círculo vicioso continuará su curso, consumiendo esos falsos placeres para suplir serias carencias, ignorando que cuanto más frívola es la existencia, más frívolas son las emociones, y ni siquiera siendo conscientes de la existencia de un problema.

La gente se aleja de aquel que llora, del que sufre, de quien tiene algún problema, como si ello fuera contagioso, como si eso no formara parte de la vida. En ese mundo feliz, olvidan que nada es eterno, que la mayoría de las veces o bien las personas rompen sus promesas o bien el azar las elige como víctimas.

smiley-237145_640Sonríe en las fotos, te dicen, sonríe siempre. Como si el gesto fuera un imperativo, una pose obligada ante el mundo, como si las redes sociales constituyeran una especie de competición en la que algunos se esfuerzan en mostrar quién pasó las mejores vacaciones, quién tiene la novia más joven o atractiva, quién acumula más amigos o quién ha triunfado más a nivel profesional, y sonriendo, siempre mostrando enormes sonrisas de frente a la cámara, cuando no mohínes cambiando el carmín de los labios.

Resulta curioso descubrir en muchos de esos rostros los ojos vacíos, fríos o llenos de envidia o dureza; retinas vencidas por la insatisfacción constante de no llegar nunca a cumplir las expectativas imposibles que el entorno impone. De poco sirve la sonrisa ficticia en aquel rostro donde no sonríe la mirada. Seguramente por eso, es tan gratificante encontrar esas imágenes en las que sí sucede. Disfruta de esos momentos antes de que pasen. Con toda probabilidad, en lo último que estés pensando entonces, sea en subir esa fotografía a las redes sociales.

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