Un lugar llamado Reggio Emilia |
Portada » Educación » Un lugar llamado Reggio Emilia

Un lugar llamado Reggio Emilia

Por Albanie Casswell , 19 Octubre, 2015

ExReggio Emiliaiste un lugar llamado Reggio Emilia en el que en 1945, Loris Malaguzzi inició una filosofía educativa que se convirtió en el paraíso para los niños y niñas, un lugar soñado en que los alumnos no están sentados en pupitres, cabizbajos y aburridos, sino que son libres de descubrir su entorno, de experimentar y de iniciar cuántas actividades quieran, partiendo de la base de que la exploración y el juego es el medio natural a través del cual los pequeños aprenden.

Propiciar un entorno que se preste al descubrimiento, con elementos heurísticos y espacios naturales (cualquiera que haya visto a niñas y niños jugar en el bosque sabe que la naturaleza es el mejor contexto educativo que existe), atribuyendo al infante un papel activo y manteniéndose al margen de muchas de sus actividades, son algunas de las ideas pedagógicas de estas escuelas en las que se cuida el entorno como tercer agente educativo y los docentes se limitan a dinamizar, guiar cuando sea necesario, y nunca dirigir o asumir un papel autoritario ni protagonista. Estas características permiten a los niños y niñas descubrir el mundo a través del aprendizaje significativo: tocan, huelen, ven, escuchan, transforman, prueban y son libres de cometer errores sin sentirse presionados ni juzgados.

En Reggio Emilia los alumnos deciden la mayor parte del tiempo cómo gestionar sus actividades y se le da mucha importancia a los procesos creativos. En ese sentido el periodista canadiense Carl Honoré, a raíz de su visita al jardín de infancia Prampolini (de filosofía Malaguzzi), nos describe en su libro Bajo Presión (2008) una emotiva escena en la que una pareja de niños de tres o cuatro años pintan una flor en un lienzo al aire libre. Los pequeños fijan la atención en múltiples factores y discuten entre ellos sobre cómo impacta la luz o las sombras en el objeto y cómo representarlas en el dibujo. La conversación que los infantes mantienen, la riqueza de su diálogo, sería imposible si estuvieran encerrados en un aula rellenando rígidas fichas de caligrafía en un contexto donde no se propicia el habla, la discusión o la exploración.

En las aulas de educación infantil de Reggio Emilia no se enseña a leer o escribir (tarea que debe abordarse en la primaria), sino que se aprende a partir de la curiosidad de los alumnos. Cuando una niña o niño pregunta sobre por qué las hojas caen en otoño, el o la docente capta esa inquietud y la convierte en un proyecto común en el que se trabajan todo tipo de contenidos centrados en esa cuestión (las estaciones del año, el ciclo de los árboles, los tipos de hoja, los colores…). Los proyectos siempre son abiertos, manipulativos, se llevan a cabo – en la medida de lo posible – en el exterior y están dirigidos por los propios niños y niñas, los cuales trabajan divirtiéndose, charlando con sus compañeros y observando a su alrededor para descubrir las respuestas de todas las inquietudes que vayan planteándose. Trabajando de este modo los pequeños son capaces de asumir tareas muy complejas y realizarlas con un rigor y una seriedad (siempre disfrazadas de alegría infantil) inimaginables.

 

Hay algo de esta filosofía que me gustaría que todos (madres y padres, profesores y profesoras, personas en general) lográramos interiorizar: no hacer nada sin alegría. Esta fue una de las premisas de Malaguzzi y es importante darle la importancia que requiere. Nuestros niños, ante todo, son niños, y deben ser felices, alegres y divertirse aprendiendo de un mundo nuevo que debemos poner a su alcance convirtiéndolo en una aventura. Las pedagogías tradicionales (alumnos muy pequeños sentados en pupitres sin apenas poder moverse salvo en los momentos de juego, siempre dictados por el profesor o la profesora, rellenando fichas, y aprendiendo contenidos académicos aún no necesarios ni presentados de forma significativa –  intentar alcanzar procesos en los que se necesita cierta maduración que aún no se posee conlleva a la frustración innecesaria -) castran el entusiasmo del pequeño, absorben su vitalidad, desganan su ilusión, matan su motivación y les agota, el resultado: niños y niñas que aborrecen “aprender”.

 

Padres y madres, rescatemos esas ganas de saber, de aprender, de descubrir, de ver, sentir, soñar.

Deje un comentario