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Tú eliges

Por Silvia Pato , 22 octubre, 2014

Todo empezó con los selfies. Las autofotos proliferaron como la espuma por las redes sociales desde que cualquier hijo de vecino se hizo propietario de un teléfono móvil con cámara. Sucumbieron propios y extraños, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, y numerosos adolescentes esperando cubrir sus carencias de agradar y su necesidad de reafirmarse en un camino bacheado hacia la edad adulta.

Mohínes, gestos forzados, cejas arqueadas, bocas entreabiertas y posturas de dudoso gusto comenzaron a bombardearnos desde la Red, provocando que elegir una fotografía de perfil o compartir un retrato sea un auténtico dilema para todos aquellos que buscan un equilibrio entre la honestidad, la salvaguarda de su intimidad y el buen gusto.

baboons-4371_1280Como consecuencia, en vez de minimizarse esa tendencia, y convertirse en una costumbre a compartir de forma comedida, esa corriente fue en aumento.

Al contrario de lo que muchos pudieran pensar la novedad no pasó y tampoco se reguló de una forma personal en todas esas cuentas, frenando y conteniendo el uso de ese tipo de tomas. Parece que el mundo virtual provocó que la gente olvidara que, como todo en la vida, la mesura suele ser una virtud.

Quien más muestra su imagen, más imágenes suele subir a las redes sociales. La vanidad siempre se incrementa en un mundo en el que nadar contracorriente es cada vez más difícil y no por ello menos necesario. Sin embargo, esa dificultad provoca que muchos necesiten actuar de esa forma, valorarse a sí mismos por los halagos estéticos recibidos y no cuestionarlos nunca. Resulta irónico cómo las jóvenes creen a pies juntillas en los «me gusta» y en los cumplidos que reciben en sus cuentas cuando, en la vida real, si los oyeran cara a cara, la mitad de ellos terminaría con un «qué falsa es». Todos hemos tenido veinte años.

Así las cosas, esa moda de los autorretratos no disminuyó sino que fue deteniéndose por cada parte del cuerpo convirtiendo a los sujetos en meras extremidades sin alma. De tal modo han llegado los belfies. Expliquen a sus madres o a sus abuelas que una mujer adulta voluntariamente coge una cámara para fotografiarse el trasero y la cuelga en Internet para que todos lo alaben. De por sí el hecho ya suena absurdo, pero más que absurdo es preocupante. Y si se han atrevido a hablarles de los belfies, ya no digamos la cara que pueden poner cuando les mencionen el underboob, fotografiar la parte inferior desnuda del pecho, o el sideboob, su lateral.

¿Qué es lo que hemos normalizado? ¿Qué revistas eran las que tenían esas imágenes? ¿Qué efecto tiene esta cosificación femenina en hombres y mujeres y las relaciones que mantienen? ¿Por qué desde un punto de vista psicológico no se incide más sobre estos asuntos y no se publican artículos escritos por médicos y especialistas sobre el tema? ¿Por qué se consideran modas normales y efímeras cuando van en incremento y no parece que vayan a detenerse, cuando sociológicamente afectan más al comportamiento humano de lo que muchos desearían? ¿Por qué poner preguntas de este tipo sobre la mesa provoca que uno pueda ser tildado de anticuado? ¿Cómo han conseguido que pueda parecer moderno y de carácter avanzado aquello que nos convierte en meros objetos, aquello que nos vuelve a poner en esa situación contra la que tantas mujeres de generaciones pasadas lucharon?

Curiosamente, los hombres no son menos. La ingente cantidad de fotografías masculinas mostrando sus marcados abdominales en redes como Instagram sorprendería a más de uno. Y aunque la utilización de la imagen femenina y la representación de la misma que se hace ha sido y sigue siendo el problema que, desgraciadamente, es imprescindible abordar, uno tiende a pensar que ellos van por el mismo camino, promoviéndose la igualdad en lo malo.

Es inevitable cuestionarse si aquellos que solo muestran selfies, aquellos que para escribir una frase necesitan acompañarla de una autofoto, con lo cual la frase se convierte en una excusa para justificar la vanidad más absoluta de una forma más intelectual, aunque no lo sea, deben de tener poco más de lo que presumir. Si esa es su carta de presentación, no es extraño que la obsesión por el paso del tiempo y por mantener un aspecto eternamente joven les preocupe tanto, en cualquier momento pueden quedarse sin ella.

Cabría pedir un poco de reflexión y una pizca de mesura; después de todo, ¿por qué parte de tu cuerpo quieres ser reconocido?, ¿qué parte de tu personalidad más te define?, ¿cómo quieres que te recuerde la gente cuando ya no estés aquí?

La tecnología es una herramienta que nadie te dice cómo has de utilizar. En esta materia no valen las excusas.

Tú eliges.


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