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Tres juicios en uno

Por José Luis Muñoz , 19 marzo, 2019

Tres juicios en uno Confieso que el proceso al Procés, valga la redundancia, me tiene enganchado como la mejor serie. Las películas de juicios, que son una de las especialidades del cine americano, me apasionan desde Testigo de cargo a Matar a un ruiseñor; esta serie televisada, por lo que me toca, más todavía. Echo en falta algo más de ritmo en el director de escena, el magistrado Manuel Marchena, que es dios en la sala y hace, realmente, lo que le da la gana sin encomendarse a nadie más que a sí mismo. Si uno busca la imagen del absolutismo, tiene la del magistrado jefe del Tribunal Supremo, con la venia. Con él, como protagonista de este serial, estamos aprendiendo jurisprudencia a marchas forzadas, además de modales exquisitos, y podemos salir del juicio con un máster en Derecho. Manuel Marchena, hay que decirlo, tiene unos secundarios de lujo, como ese abogado Javier Melero, sibilino, exquisito, que se gana la confianza del testigo y luego lo sacude por sorpresa cuando no se lo espera cazándole en mil y una contradicciones. El que fuera uno de los impulsores de Ciudadanos y abogado del conseller Joaquim Forn brilla con luz propia entre la cohorte de brillantes abogados que contrasta con la mediocridad de las acusaciones. Asistiendo desde la comodidad del sofá y jugando a la ironía puede olvidarse uno de la gravedad de las penas pedidas.

Este es un juicio con mucha sustancia que en realidad son tres juicios en uno simultáneos. Es un juicio a la propia judicatura española que está haciendo un ridículo espantoso gracias a esa penosa instrucción de alguien que debería ser expulsado de la carrera judicial por su incompetencia, el juez Pablo Llarena. Continúa sin respuesta mi pregunta de por qué los equipos jurídicos de los procesados no han pedido su inhabilitación por palmaria prevaricación. Es un juicio a la fiscalía, que sigue manteniendo un delito de rebelión que no se sustenta ni con las declaraciones distorsionadoras de la realidad del ex golpista, ese sí lo es, coronel Diego Pérez de Los Cobos, los presuntos falsos testimonios y lagunas del incompetente ministro Juan Ignacio Zoido y las declaraciones llenas de vaguedades de Mariano Rajoy y Soraya Sáez de Santamaría. Se va a ver el Tribunal Supremo, con toda su pompa judicial, en entredicho y por no hacer el ridículo y dictar la absolución de todos los cargos a los acusados (y encarcelados en su mayor parte), va a tener que condenar a alguien por algo (desobediencia quizás, un poco de malversación, tampoco probada) para salvar los muebles.

Este es también un juicio contra el estado español y la desastrosa gestión que hizo del Procés el gobierno del PP paralizado y sordo al diálogo. Del conflicto catalán se encargó la inteligente vicepresidenta del gobierno Soraya Sáez de Santamaría, la virreina, y el ministro Juan Ignacio Zoido que, con su brillante gestión (el desembarco de los piolines), hizo un magro favor a la causa independentista dotándole de su relato épico. El PP, como máquina engrasada de fabricar independentistas, alcanzó el sumun con el ridículo de su actuación del 1 de octubre que no impidió la consulta  sino que la legitimó. Aquellos desaforados policías nacionales y guardia civiles repartiendo estopa a diestro y siniestro, como en tiempos pretéritos, sumó más adeptos a la desconexión de España que las proclamas de Carles Puigdemont u Oriol Junqueras.

Y es, en definitiva, un juicio al bluf independentista, a esa independencia de pacotilla, proclamada con la boca pequeña, que no registraron ni en el diario de sesiones, que no se materializó con el arriamiento de ninguna bandera española del Palau de la Generalitat ni discurso de proclamación ante las masas en el balcón de la Plaça de Sant Jaume, que no tenía entre sus huestes, como hicieron creer, al cuerpo de los mossos d’esquadra cuyo major Josep LluisTrapero estaba esperando órdenes del TSJC para detener al president Carles Puigdemont y a todo el gobierno si se le ordenaba, que fue simbólica, como recalcan los procesados, que jamás se materializó sencillamente porque era humo y no había ni proyecto de país ni estructuras de estado para sustentarla, que se produjo por una rabieta personal entre Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, que competían a ver quién era más independentista y quien iba más lejos al volante de su coche camino del barranco. El proceso al Procés ha desenmascarado la falacia de unos gobernantes que durante un buen periodo de tiempo han estado jugando con las emociones y los sentimientos de los que sí querían y creían en la independencia y a los que han engañado. El independentismo tiene una capacidad movilizadora extraordinaria, una fidelidad asombrosa entre sus bases, y ese es su principal haber. Le falta explicar qué tipo de país quieren vender a los que no pensamos como ellos. La creación de un adversario, España, que identifican con la derecha, y ante la que siempre es víctima, no sirve. Esta es la crónica de tres fracasos. Tres juicios en uno.

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