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Trabajar

Por Redacción , 2 mayo, 2014

Por Inma Luna

En octubre del año pasado se cumplieron dos años desde que me despidieron de mi trabajo. Podría decir que desde entonces estoy parada, podría decirlo, pero no es cierto. Creo que lo que he hecho a lo largo de estos dos años y medio ha sido mucho más enriquecedor para mí y para otras muchas personas que mis trece años de asalariada, trabajando para una institución pública. Sin embargo, para nuestra sociedad capitalista neoliberal mi trabajo no es tal, es decir, no existe.

Creo que hoy es un buen día para reflexionar sobre este asunto, para revisar nuestro concepto del trabajo. El trabajo, según una quizá demasiado simplista definición de Watson es “la realización de tareas que permiten que la gente se gane la vida en el entorno en que se encuentra”. Creo que ya hace tiempo que esta definición ha dejado de ajustarse a la realidad, y no me refiero sólo a los actuales niveles de desempleo de nuestro país, sino a ese “ganarse la vida” o a la utilidad que el trabajo que se desarrolla tenga para el entorno y para la sociedad.

Tenemos a nuestro alrededor miles de personas pasando las horas delante de ordenadores sin ningún cometido real. Personas que incluso ven aumentada su jornada laboral y alargada su edad de jubilación mientras dejan pasar las horas. Así se justifica un salario, pero realmente su aportación es nula o mínima, desesperante muchas veces para ellos, que pierden el tiempo calentando la silla y absolutamente inútil para sus semejantes. Otras personas ven reducidas sus jornadas laborales y sus salarios de modo que se les hace imposible “ganarse la vida” a pesar de encontrarse “empleados”. Todo esto no tiene ningún sentido, algo falla.

E.F. Schumacher, en su libro El buen trabajo, habla de las tres dimensiones esenciales del trabajo: producir bienes y servicios necesarios para la vida; florecimiento humano, es decir, usar y perfeccionar nuestros talentos naturales y nuestras habilidades; y la socialización, esto es, colaborar con los demás para liberarnos de nuestro egocentrismo. Creo que aquí están algunas de las claves para repensar el trabajo. Tenemos que plantearnos qué necesitamos para vivir, cuáles de nuestros talentos podemos poner al servicio de lo común y de qué manera colaborar para llegar a un buen trabajo, a una buena vida.

A pesar de que las necesidades han cambiado, las estructuras no lo hacen. El capitalismo sigue afianzándose en constructos obsoletos que no dan respuesta a las trabajadoras y los trabajadores. Las cosas que nos importan, las que nos interesan, se encuentran generalmente alejadas de nuestros ámbitos laborales, si es que los tenemos. Sin embargo los modelos tradicionales de trabajo se nos siguen mostrando como los únicos posibles. O estás dentro, si es que puedes, o estás completamente fuera. Y ahí vamos: puede ser que estar fuera no sea el fin, quizá sea el comienzo, el momento de plantearnos el trabajo como una vinculación entre el ser humano y la vida.

La idea del decrecimiento está estrechamente unida a este concepto. En los últimos años muchas y muchos nos hemos visto obligados por el drástico cambio en nuestra situación económica a dejar de consumir gran cantidad de cosas que ahora reconocemos como superfluas y en este camino hemos encontrado, quizá casualmente, una importante liberación y una nueva perspectiva de “lo necesario”. Consumir menos, necesitar menos cosas no tiene otra consecuencia que necesitar menos dinero. Por el momento, nos quedamos con ese puntal.

Luego, hemos hallado otro: hacer una revisión profunda de nuestras capacidades. Qué podemos aportar al margen de aquello para lo que la sociedad nos dice que servimos. En esa revisión podemos encontrar mucho más de lo que esperamos, de lo que nos habíamos parado a pensar. Revalorizar aspectos como el de la crianza, como un bien socialmente útil; el trabajo manual, el arte, la escritura, el pensamiento, la imaginación, la restauración, la vuelta a la naturaleza; las fórmulas de trueque e intercambio de servicios; lo lúdico; el tiempo libre, el compartido, la contemplación y el disfrute.

Esta nueva ética del trabajo, menos productivista y más humana, podría encaminarnos hacia una manera mucho menos traumática de relacionarnos con él. Desde luego implica cambios radicales y soy consciente de que no está al alcance de todo el mundo y de que además hay situaciones tan perentorias y terribles que ni siquiera pueden plantearse estas alternativas porque la necesidad es cruel e inminente. Pero la actual división del trabajo, tan antisocial e incluso tan absurda, nos está abocando a la exclusión, así que tendremos que pensar si no sería mejor darnos por excluidos y, una vez situados en ese margen, dar a luz un nuevo planteamiento alejado de una complejidad en la que ya no tenemos cabida o tal vez ni siquiera nos interesa tenerla.

Quizá sea hora de sacudirnos esos prejuicios del esfuerzo que la moral judeocristiana ha venido cargando secularmente sobre nuestras espaldas; esa otra estratagema de la realización personal a través del trabajo, que nos vendió la modernidad; y la gran cantidad de necesidades falazmente imbuidas por los tiempos posmodernos.

El trabajo no viene determinado únicamente por la contraprestación económica que conlleve. Sin temor a caer en el ridículo, diré que emocional e intelectualmente me ha compensado todo el trabajo que he venido realizando en los últimos años, que en lo personal me he visto más que pagada. Que ya sé que lo inmaterial no paga facturas, pero tampoco sólo de mercantilismo vive el hombre, ni la mujer.

Tal vez mi propuesta no es muy concreta, no hablo de soluciones, no las tengo, pero sí de replanteamiento, de reconquista de los espacios más humanos, de las relaciones menos explotadoras, de fórmulas que no abusen del planeta y de sus habitantes, de una nueva manera de criar a nuestros hijas y a nuestros hijos, de un empequeñecer para crecer.

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