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Trabajar lo imprevisible

Por Agustín Calvo , 26 Enero, 2014

Uno de los concursos con más éxito del pasado año fue, sin duda, Lo sabe, no lo sabe. Se emitía en Cuatro y lo presentaba Juanra Bonet con desparpajo, empatía y –salvo cuando se ponían actoral– gran naturalidad. Se trataba de la adaptación española del concurso israelí Smart Face.

A mi modo de ver, varios eran los aciertos del programa. El primero y más evidente: sacar las cámaras a las calles y realizar un programa ágil, fresco y urbano. El segundo no era tan evidente, y es que demostraba la importancia del casting en los concursos, dándole la vuelta a la situación habitual de este tipo de programas. Es decir, lo normal es que los concursantes solicitan concursar en algún programa y acuden a diferentes pruebas y castings, y son seleccionados tras un proceso. Sin embargo, en Lo sabe, no lo sabe el casting era el buen olfato de Juanra Bonet: él era quien, en un proceso de búsqueda callejera, seleccionaba a una persona y le ofrecía participar en el concurso –salvo en la versión del programa en la que aparecían unos concursantes llamados “enchufados” que, efectivamente, habían escrito al programa para concursar; pero, incluso en esas ocasiones, Juanra Bonet tenía que gastar suela y buscar al participante con un sistema de santo y seña–. El azar, el pulso de la calle, el imprevisto, el encuentro inesperado con una persona simpática o carismática o que, simplemente, diera cierto juego en pantalla son cosas estupendas a las que la televisión nos tiene muy desacostumbrados, y que Lo sabe, no lo sabe conseguía trabajar y poner en pantalla.

El tercer acierto era más sociológico: resulta que el concursante, a su vez, debía ir realizando su propio casting, pues tenía que buscar, por la calle, a las personas que pudieran responder por él a las preguntas que se le iban planteado. La gracia aquí era, además, que esa persona necesitaba encontrar a alguien que unas veces supiera la respuesta y otras veces que no la supiera. Así, el concursante con más capacidades para reconocer, por su apariencia, la capacitación de los transeúntes que se iba encontrando por la calle solía ser el que se llevaba el premio máximo. A mí me resultaba especialmente curioso observar como, en la última pregunta, se podía escoger entre una opción de “lo sabe” u otra de “no lo sabe” y, por lo general, el concursante se decidía casi siempre por buscar a alguien que no supiera la respuesta correcta.

Son muchas las conclusiones culturales o sociológicas que podríamos extraer, a propósito de este concurso y de forma forzosamente parcial, sobre el nivel de conocimientos general de nuestro país. No sé a Ustedes, pero a mí me resultaba especialmente triste ver a alguna persona joven desconocer, por ejemplo, que la Guerra Civil Española acabó en 1939. Lo sabe, no lo sabe premiaba así, de forma indirecta, tantos el conocimiento como la ignorancia.

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