Tótem y tabú, elementos de nuestra lógica |
Portada » Columnistas » Crítica paniaguada » Tótem y tabú, elementos de nuestra lógica

Tótem y tabú, elementos de nuestra lógica

Por Eduardo Zeind Palafox , 20 Diciembre, 2014

3781071996_4f3869a11b

El minucioso y prudente estudio de las religiones y mitologías, es decir, el hecho por ojo erudito y paciente, alumbra la historia de la lógica. Todo silogismo se compone de conocimientos primigenios, no comprobables, que esconden eso a lo que llamamos “tabú” y “tótem”. El “tabú”, la práctica prohibida, es descripta por los ancianos sabios con eufemismos, y el “tótem”, adoración de supuestos antecesores animales, vegetales o minerales, es trocado en fábulas, prácticas lingüísticas ambas que se inoculan en la lógica y que operan, lo queramos o no, lo sepamos o no, en nuestros diálogos, discursos y arengas del día a día.

“Tótem” y “tabú”, trabajados por manos maestras, estatales, pedagógicas, filosóficas, en fin, homéricas y platónicas, se hacen mitologías con simiente de religión. Los orígenes del Renacimiento, el antropomorfismo y el naturalismo, nos recuerdan que los caballeros cortesanos como Boscán o como Garcilaso encontraban en las letras griegas y latinas sabroso hontanar de mitos útiles para pretextar sus actos heroicos. No habría heroicidad, gestas, épicas, si sólo nos atuviéramos a la razón, siempre dependiente del principio de contradicción.

Immanuel Kant, el sosegado filósofo, razonó que por el espacio podemos conocer substancias, bultos, para hablar como el pueblo, y que por el tiempo propiedades, ya olores y colores y texturas, ya temperaturas, formas y  gestos. Tengo para mí que los mitos son propiedades que perduran en el espacio y que justifican la “voluntad”, único ente “en sí” (cfr. “El mundo como voluntad y representación”, de Schopenhauer), ente que no depende del mencionado principio de contradicción.

La antigüedad grecolatina, que sólo con Aristóteles poseyó una lógica formal, “lapsus” demostrado por la inocencia del método con que algunas conclusiones de los diálogos platónicos fueron sacadas, en mármoles escrito tenía el adagio siguiente: “primum vivendi, deinde philosophari”. ¿Por qué sentimos la insoslayable necesidad de adorar al falso ser, al “tabú”, al “tótem”, y no a la meditación abstracta de los Descartes o Leibniz? Porque queremos vivir y no sólo soñar.  Puede negarse todo, decía nuestro magnífico Ortega y Gasset, menos la vida.

¿Podría la lógica general, hecha de tiempo y espacio, darnos argumentos y motivos para guerrear, para dar vida y alma al amor, que siempre es desengaño, según Lope? No, ciertamente. ¿Y la lógica trascendental, la que los escolásticos embrazaban para batallar contra incrédulos? Ésta sí. Y pues un fragmento nimio de la obra homérica dará lustre a nuestra profesión (“Ilíada”, rapsodia VII): “Orad por mi destino al Cronión Soberano,/ mientras visto las armas y salgo a la pelea;/ implorad en voz baja, no os oigan los troyanos,/ o hacedlo abiertamente, sin miedo y como sea”.

Áyax no se remite al imperativo categórico kantiano para batallar con Héctor, sino a los dioses, que son mitos y fundamento de la religión. La religión suministra obligaciones, que son pilares de la inconstante voluntad humana, y la mitología ejemplos que fortifican el juicio. La palabra “obligación” viene del prefijo “ob” y del verbo “ligare”, significando “atar”, “ligar”. Entre los dioses y los hombres está la oración obligatoria, que sirve como vehículo para ofrecimientos y peticiones, para súplicas y reclamos.

Sólo símbolos puede dar el hombre a los dioses y sólo cosas terrenales, sea comida o agua, sea salud o amor, pueden dar los dioses a los hombres. Todo lo terrenal se conoce gracias a categorías mentales como las de cantidad, cualidad, modo, etcétera, y todo lo simbólico es esquemático, nuboso, informe. Áyax, por cierto, jamás pensó lo que Spinoza: que el hombre es el mejor medio del hombre. Él, deseoso de comunicarse con dioses, pensaba mitológica, simbólicamente, sin contradicción.

Mientras más den frutos “tótem” y “tabú”, o glorias, alegrías, serenidad y paz, más y mejor simbolizados serán. En la “Vulgata” (Génesis 1: 1,2) hallamos el siguiente ejemplo conocido de todos: “In principio creavit Deus caelum et terram. Terra autem erat inanis et vacua, et tenebrae super faciem abyssi, et spiritus Dei ferebatur super aquas”. La palabra “inanis” traduce a la palabra hebrea “tôhû”, “desierto”,  y “vacua” a “bôhû” o “vacío”. No todo lo desierto está vacío ni todo lo vacío está desierto para quien cree en Dios, que puesto sobre la tierra es origen del “tabú” y aniquilación del “tótem”. ¿Quién desconoce que los cruzados fueron a Jerusalén antes codiciando imperios que deseando deshacer los desaguisados a Jesucristo?

Exogamia y cacería pudieron darse, creo, merced a los términos “inanis” y “vacua”, que insinúan que todo el ejército de los cielos, incluidas las mujeres de los pueblos no elegidos, fue hecho sólo para el hombre. Devenir desde la nada, o desde Dios, también hizo posible el principio de individuación, que enseña que todos somos seres con personalidad única, con alma única.

El pueblo judío siente con nitidez tal principio y la “Cábala” lo testifica. Scholem, en la introducción a su texto “La Cábala y su simbolismo” nos dice: “Cuanto más estrecha, miserable y cruel ha sido la parcela de realidad histórica que al judío le proporcionaron las tormentas del exilio, tanto mayor se hace la profundidad de su transparencia, tanto más exacto su carácter simbólico y más deslumbrante la esperanza mesiánica que la penetra y transforma”. A más soledad o aislamiento, a más apercepción, más simbolismo y más unidad tiene el mundo.

En el “Capítulo nono” de primer libro de “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, de Cervantes, un poema declara y autoriza lo dicho por el historiador israelí:  “Mar sesgo, viento largo, estrella clara,/ camino, aunque no usado, alegre y cierto/, al hermoso, al seguro, al capaz puerto/ llevan la nave vuestra, única y rara”. Las expresiones de Áyax, de Scholem, de Cervantes y de la “Vulgata”, producciones todas de nuestro más alto saber, tienen sabor tribal por su inocencia y nómada por su fijación en los paisajes, o por mejor decir, porque andan sobre aires míticos. ¿Quién se atreverá a afirmar que el occidental es racional, logicista?

Profesor Edvard Zeind Palafox

http://donpalafox.blogspot.mx/

Deje un comentario