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Todo está en venta

Por José Luis Muñoz , 24 Diciembre, 2014

COTIDIANO
Hace 2014 años, o eso dicen, llegó al mundo uno de los más extraordinarios revolucionarios de la historia de la humanidad. Nació en una época de crisis, peor que la nuestra, sin casa, como muchos de nuestros conciudadanos que hoy buscan refugio nocturno en un cajero automático del banco que los desahució, y perseguido por Herodes (hoy hay miles de Herodes en el mundo, a bote pronto los miserables talibanes de Pakistán que segaron la vida de más de cien jóvenes; la atroz policía de México que hizo desaparecer a 43 estudiantes; o el canallesco ejército de Israel que masacró a 400 niños durante su última hazaña en la franja de Gaza).

Jesucristo, cuyo nacimiento celebramos en una fiesta completamente pagana y que, seguramente, le hace revolverse en su tumba, fue, según dicen, un hombre solidario, como muchos millones de humanos bien nacidos, un revolucionario que, de forma pacífica, se rebeló contra el poder establecido, luchó por los más pobres y excluidos de la sociedad y estableció un código de conducta impecable que todos deberíamos suscribir. Adalid de los pobres, los desheredados y los marginados, luchó en sus 33 años intensos por la dignidad del ser humano y dejó algunas perlas para la historia en frases contundentes que deberían resonar en los oídos de los poderosos cuando abandonen este mundo: Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos.

Luego todo se corrompió, como suele suceder con todos los grandes hombres y las grandes ideas de la humanidad. Salieron los que interpretaron su nítido mensaje y lo adaptaron a sus intereses particulares. Se edificó una iglesia que, enseguida, traicionó los ideales de Jesucristo y los prostituyó convirtiéndose en un poder más, o en uno de los mayores poderes que han persistido durante siglos, que acumuló riquezas y extendió la fe cristiana a sangre y fuego. Y la celebración de ese nacimiento lo hizo suyo la sociedad capitalista actual para convertirla en un aquelarre de consumismo en el que todos caemos, hasta los que estamos en contra. Derrochamos, más que compramos; colmamos a nuestros pequeños con cantidades ingentes de juguetes con los que no tendrán tiempo para jugar; y cebamos nuestros estómagos con los manjares más caros que encontramos.

Pero no todo es negativo en esta celebración que se ha magnificado en los últimos años hasta convertirla en un negocio boyante en las sociedades emergentes. Estas fechas, al margen de los fastos, sirven de excusa para reencontrarnos con nuestros seres queridos y para recordar  a los que ya no están con nosotros; son días de sonrisas y lágrimas, de mirar hacia atrás, cuando nuestros padres nos las organizaban con ilusión y amor, y nosotros lo hacemos con nuestros hijos y nietos; de hacer un balance del año y de nuestra vida, de proyectar ilusiones hacia el nuevo año que está a punto de nacer y que difícilmente podrá ser peor que el que se va, o eso queremos creer.

No es el mundo mejor porque mañana sea Navidad y muchos de nosotros tendamos a imponernos ese día una sonrisa de felicidad impostada. No es Navidad en muchos rincones olvidados del mundo en donde reina la violencia y las desigualdades sociales, ni es Navidad para los que se han quedado sin trabajo y casa o tienen que hacer filigranas para llegar a final de mes.

El delirio que supone esta fecha no debe hacernos olvidar el mensaje de solidaridad humana del personaje histórico cuyo nacimiento conmemoramos.

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