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Tiempo de silencio

Por Fernando J. López , 11 febrero, 2014

Hoy somos menos libres.

Todas. Todos. La libertad -esa que tanto ha costado conseguir y que hoy han pisoteado con 183 votos- no tiene género. Es un derecho que se nos arrebata, en este caso, atentando contra la dignidad de la mujer, aplaudiendo su discriminación y considerándola -la peor Historia siempre se repite- en una minoría mental que le impide tomar decisiones.

A ellas. A los que pensamos como ellas. A quienes creemos que cada quien -sea mujer, sea hombre- ha de decidir sobre su cuerpo. A quienes jamás nos atreveríamos a opinar sobre la opción que una mujer toma con su embarazo. A quien entendemos que la libertad -la de cualquiera- es irrenunciable.

Ahora están abocadas -estamos abocados- a volver a los tiempos de los viajes fuera, quien pueda pagarlos, y de las clínicas clandestinas. Los episodios de abortos que ponen en riesgos sus vidas y que creíamos encerrados en algunos de los capítulos más truculentos de Tiempo de silencio. No podíamos imaginar que ese mismo tiempo extendería su negro mutismo sobre la voz de la mujer en pleno siglo XXI. No podíamos sospechar -o quizá nos hemos confiado y debimos defendernos mejor- que la sombra igualmente negra de las sotanas corrompería el sistema legal y se adueñaría de eso que llamamos Justicia y que Gallardón  y sus 183 cómplices han convertido en ultrarreligioso despotismo.

Esta noche será recordada con vergüenza, como el momento -otro de tantos- en que España dio un gigantesco paso hacia atrás. Un paso gracias a 183 votos secretos: (la traición es más cómoda en el anonimato) con el que se nos devuelve al pasado y se nos aleja de la sociedad que merecemos y necesitamos. Eso es, al menos, lo que pretenden quienes no gobiernan, pero no ha de ser, ni mucho menos, lo que acatemos quienes padecemos sus desgobierno.

Ante este ataque, parece obvio que el feminismo  ha de tomar la palabra y la acción. Y más evidente aún ha de resultarnos que ese feminismo -esas feministas- hemos de serlo todas. Y todos. Porque si la libertad no tiene género, su defensa tampoco.

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