The Negro Speaks of Rivers y el mexicano de Derecho |
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The Negro Speaks of Rivers y el mexicano de Derecho

Por Eduardo Zeind Palafox , 12 Noviembre, 2014

langstonhughes

 

La Sociología, si alguna hay en nuestro antiteórico continente, no ha sido capaz de comprender qué está pasando en México, tierra aún asediada por la violencia y sus derivados, esto es, por la desconfianza, el miedo, la incertidumbre y el resentimiento.

La Sociología, regularmente, es auspiciada por la política, y por tal piensa con las categorías de la política. Las principales categorías intelectuales de la mentada ciencia, la política, cualquiera lo sabe, son: lo objetivo (lo constitutivo, la ley) y lo subjetivo (lo constituido, el pueblo), lo vigente (lo accidental, las reformas) y lo positivo (lo contingente, la vigilancia y el castigo), lo válido (lo perdurable, el bien y el mal) y lo natural (lo inmutable, la virtud).

Tales categorías, que parecen estar en todo el mundo, pertenecen a la política capitalista, que locamente busca la expansión, invadir todos los países para transformarlos en mercados. Lo objetivo, categoría mental con que se teje el intríngulis de la Ley (que define qué es país, qué pueblo, qué hombre, qué física), es impuesto por los abogados, que se hacen llamar “científicos” del Derecho.

Todo saber “oficial”, o consuetudinario para sus poseedores, digamos, tiene cariz de ciencia. La “científica” palabra  “objetivo” se enlaza, así, aparentemente de manera natural con la palabra “realidad”, y ésta con “necesidad” (“necesidad vigente”, el “tema de nuestro tiempo”, dicen los ideólogos). El hombre, sea lo que sea, se defina como se defina, debe superar las faenas que la necesidad le presenta todos los días (la Ley se jacta de hacer tan humanitaria labor), y para hacerlo echa mano de la ciencia.

Pero las necesidades que arrostra, ciertamente, no son naturales (físicas), sino artificiales (legales), es decir, creadas por la política. La política, que nació para aminorar las diferencias entre los hombres, aflauta su ronca voz cuando la ciudadanía le subraya las injusticias que comete. ¿Cómo responde la política a los reclamos? Aseverando que nadie puede predecir ni contrariar los caprichos de lo natural. ¿A qué nos mueve esta sofistería? A renovar nuestro lenguaje, nuestros discursos.

¿Qué es el hombre? ¿Quién arbitra la esencia humana? Sarcásticamente Marx dice que la “antropología capitalista”, que se atreve a determinar cuándo empieza o termina la infancia, la adultez… la edad para trabajar. Sólo es libre el pueblo que se funda en la filosofía (Grecia fue filosofa y Roma tirana), única ciencia sin predicado, única capaz de comprender a la Naturaleza, que nunca ve mal que los niños sean sabios y que sin pedantería nos lleva a decir, como Langston Hughes:

“I´ve known rivers:

I´ve known rivers ancient as the world and older than the

flow of human blood in human veins.

My soul has grown deep like the rivers”.

¿El capitalismo es una de tantas respuestas que da el hombre a los problemas naturales, ríos profundos, o son las venas humanas, las “necedades” inexorables, las que han causado el capitalismo? ¿El ser humano nació para trabajar, para acrobatizar entre hambre, explotación, injusticia y violencia? La política, cuando se ve acorralada por tan agresivos cuestionamientos, se defiende hablando del Derecho natural, siempre sacado de las anchas mangas de la religión y de las respetables y marmóreas filosofías medievales y racionalistas.

El hombre, aseguran los cartesianos, puede llegar a la verdad usando su razón, la lógica (“lógica capitalista”, callan); el hombre, afirman los religiosos, bien portado se gana los paraísos; el hombre, finalmente, es libre (para vender o para comprar, nada más), puede elegir y hasta construir su destino (también conocido como “tienda de cacharros inútiles”). Fanfarrias dignísimas de ser leídas son éstas, pero falsas.

El ex pontífice Benedicto XVI, en su libro “Nadar contra corriente”, para llevarnos a las arcas de Noé en estos tiempos de lluvia de sangre, comenta que hoy confundimos la “tolerancia” con la “indiferencia”, matiz que nos obliga a pensar qué sea la “sensibilidad” del ser humano. Sensible es no es quien más siente, sino quien mejor percibe qué es lo que está sintiendo.

Cuando ignoramos qué sentimos acudimos a las categorías filosóficas de la Psicología capitalista, esto es, a las del Derecho, que son políticas, para explicarnos qué pasa en nuestro ser. El psicólogo capitalista es sólo un moralista ramplón harto hábil para lanzar “vivas” al trabajo duro y “mueras” a la haraganería. El paciente del moralista, Doña Moralina, más piensa lo que debería sentir que siente sus deberes sociales; o en menos palabras, no intuye lo que vive y tienen que decírselo. ¡Gran negocio el psicoterapéutico!

Cabe preguntarse si los indirectamente relacionados con las muertes de Ayotzinapa sienten lo que aseguran sentir y si no serán meros moralistas. ¿Acaso es funesto fingir el dolor? Sí, muchísimo. Todo actor sabe que para ejecutar bien su papel necesita penetrarse hasta los tuétanos del discurso que pronunciará y que para lograrlo es imperioso que mate, al menos durante tres horas, su personalidad.

El fingidor, de la misma manera, adopta la fraseología política para expresar sus falsos sentimientos, y haciéndolo refuerza la discursividad imperante, que tal vez sea la culpable de los males que padece. “Parece que es posible filosofar en la periferia, en naciones subdesarrolladas y dependientes, en culturas dominadas y coloniales, en una formación social periférica, desde las clases explotadas y populares, sólo si no se imita el discurso de la filosofía del centro, sólo si se descubre otro discurso. Dicho discurso, por ser otro radicalmente, debe tener otro punto de partida, debe pensar otros temas, debe llegar a distintas conclusiones y con método diverso”, dice Dussel en su obra “Filosofía de la Liberación”.

Creo que el pueblo mexicano aún practica el viejo “humanismo mesiánico” del marxismo, ya inútil en tiempos en que los proletarios, licenciados para arar documentos, que no tierra, ya no se sienten proletarios, sino infantes. Se es proletario porque se tienen intuiciones proletarias, porque que se confía en la fuerza del pueblo y no en la de algún mesiánico hombre. ¿Qué sucede cuando faltan los héroes, que son hijos de dioses y humanos? Se adopta el “mesianismo humanista” (uso términos de Dussel).

Mesianismo y humanismo son exaltaciones románticas; son, para definirlos de una vez por todas, la acentuación de lo vigente o accidental y de lo positivo o contingente, la anulación de los códigos universales (imperativos categóricos), de las individualidades (artes), de la consciencia histórica (consciencia de clase) y de la ciencia real (renovación de intuiciones).

Un país sin ciencia propia no tiene intuiciones propias, no siente; un país sin consciencia histórica no discierne causas y efectos, nada comprende; un país sin valores universales es provincial, de pobre geografía mental; un país sin individuos no es país, sino tribu. Ciencia (axiología sensorial), Historia (capacidad de predicción), Ética (guía de la acción) y Psicología (criba de la praxis), saberes todos que no deberían estar sujetos a la política, siempre positivista, es decir,  ni empírica ni teórica, sino caótica, en México lo están.

Profesor Edvard Zeind Palafox

http://donpalafox.blogspot.mx/

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