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The Game

Por Esther Bendahan , 15 mayo, 2014

Anoche quise ver de nuevo The Game (1997), vi algunas escenas y me suscitó la curiosidad, dirigida por David Fincher, es protagonizada por Michael Douglas y Sean Penn. La historia de dos hermanos, Sean Penn, el menor, ofrece a su hermano, Michael Douglas, un regalo. Se trata de participar en un juego muy real que organiza una compañía especialista. (Lamento si les fastidio el final, si no quieren seguir, pueden dejar de leer, aquí). Es verdad que me entretuvo, pero lo cierto es que al final resulta tramposa. Aunque, es lo que deseo comentar, es representativa del modo al que nos hemos acostumbrado de llamar la atención del horror, de querer parecer, y al hacerlo sólo manifestamos nuestro propio vacío de sentido. En la película el juego se vuelve cruel, las experiencias dejan, parece, de ser un juego para ser un fraude, un robo. Van desde la persecución hasta el robo de cuentas. Y terminan evocando un suicidio del padre de los protagonistas. Michael abrumado por el dolor, el robo, por el asesinato que comete contra su hermano, se lanza al vacío. Y estaba previsto, era parte del juego. Cae en una sala de fiesta, el hermano no ha muerto, era todo parte de ficción para que Michael aprendiera algo. ¿El qué? Era un hombre muy rico, frío, despiadado. El hermano un drogadicto que se ha gastado una fortuna en montar ese jueguecito y tendrán que compartir los gastos, así que si aprende algo (amor, fraternidad), desde luego no puede ser a partir de ese disparate en el que casi muere. Pero lo terrible es lo cerca que está de nuestra manera de abordar los conflictos, la realidad.

Estos días no puedo dejar de pensar en las niñas secuestradas, en sus padres, quise ver el vídeo, ¡un vídeo! donde se las muestra, o más bien oculta, vestidas de gris y negro, recitando el Corán. Los padres y amigos han identificado a muchas de ellas. Tras esa imágenes un hombre amenaza con la mirada directa a cámara, un dedo acusador. Nada cambia. La mujer sigue siendo desde hace siglos un arma en contra del enemigo. Se atacan a las mujeres, la víctima más vulnerable. La mujer es siempre la más perjudicada en un conflicto donde para ella lo peor no es la muerte. Por eso el ver esos rostros me ha conmovido dejándome sin aliento. Escribe Elvira Lindo sobre el ultraje a los espacios sagrados como la escuela. Y es que no hay ya lugares sagrados. Pero ahora ni siquiera nuestra manera de abordar los conflictos, no hay reflexión, únicamente espectáculo. Que liberen a las niñas es prioritario, pero además debemos de ser apelados, conmovidos también de una manera digna, sin juegos ni espectáculos. El sufrimiento es sagrado. No es un juego. Si abusamos podemos perder para siempre la ocasión de suscitar las emociones necesarias y correctas.

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