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«Terminator: Destino oscuro»: Volver a volver

Por Emilio Calle , 1 noviembre, 2019


Al final de «Terminator 2: El juicio final» (James Cameron, 1991), su protagonista lograba acabar con toda criatura llegada del futuro y también con el engendro que las había generado en el presente, poniendo así término a la hecatombe nuclear que provocó tanto ir y venir del porvenir, lo que, en la práctica, dejaba fuera del argumento a todas las películas y series que llegaron después, y que eclosionaron en un (aparente) callejón sin salida tras el batacazo de «Terminator Génesis», a la que únicamente le faltaba la música con la que Benny Hill ponía ritmo a sus sketches para haber logrado una desopilante parodia.
Y justo desde ahí arranca la nueva entrega de la franquicia que acaba de estrenarse. No ha pasado un minuto de proyección cuando vemos que un Terminator asesina a John Connor frente a su madre (de nuevo Linda Hamilton, uno de los supuestos atractivos de esta entrega), y se marcha tan campante porque en ese momento ella solo está armada de un daikiri. Curiosa pirueta narrativa, pues si no existe ese futuro ya abordado, de dónde viene el T-800. Que no cunda en el desánimo. En algún momento de la película se nos cuenta que Skynet no envió a un solo Terminator al pasado, sino que los mandó como si fuera propaganda electoral, así que, aunque no se vuelva a mencionar el tema, resulta que hay ciborgs asesinos por doquier.
Porque eso no es importante. Y por un momento, se enciende la espita de la esperanza. Quizás esta vez nos cuente algo distinto. Tal vez uno de los grandes títulos de la ciencia ficción de los 80 se atreva a dar un paso más allá en su propuesta inicial. ¿Y cuál es el argumento? En una ciudad de México aparece de la nada (o del futuro, para los puristas) dos seres que de inmediato se ponen a buscar a una joven mexicana (Natalia Reyes). Una debe protegerla, el otro debe acabar con su vida, por lo que se entablará entre ambos una desquiciada pelea para defender a una futura líder de la resistencia contra una inteligencia artificial. ¿A alguien le suena este déjà vu? Hay calcos menos precisos. El auto plagio en bandeja de hojalata. Por no faltar, no falta ni el «volveré», sin recordar que la efectividad de la mítica frase formaba parte de una tremenda humorada cibernética, y que despojada de su sentido original no es más que otra nadería en un mar de mediocridades.
Si tan solo contuviera alguna gota de ingenio, si todo este remedo hubiese llegado envuelto en un poco de humor, o si alguien hubiese escrito algo parecido a un guion, quizás la película funcionase, incluso no siendo más que un compendio de robos a los títulos originales. Pero no es el caso. Aquí no hay más que el periplo de huida y acoso de los personajes principales, a los que se les une una Sarah Connor de opereta, y juntos acabaran por aliarse con el T-800 (Arnold Schwarzenegger, una vez más en modo «gesto único») que mató a john Connor y que, milagros de la programación, ha envejecido plácidamente junto a una familia (hasta hijos tiene, aunque no sean propios, la informática no da para tanto), lleno de canas y honda sabiduría humana. Solo le falta hacer calceta sentado en su mecedora.
Claro está que vivimos en la era Trump. Hace tan solo unas semanas, otro icono del cine de los 80, el imbatible Rambo, ya ponía el acento en el mismo lugar que este Terminator para resurgir de su ceniceros: la frontera mexicana, que no solo permite el paso de inmigrantes ilegales o ejércitos de proxenetas armados hasta las ideas, sino que ahora ya, en el cenit de lo reaccionario, tampoco impide que sea cruzada por ciber-asesinos con aspecto latino (Gabriel Luna a los mandos del engendro). Por fortuna, se nos aclara oportunamente, cruzan la frontera, pero van a dar con Texas, donde quien mas o quien menos, atesora en su casa armas suficientes como para invadir Canadá.
El Alamo 2.0.
Firma más que dirige este torpe simulacro Tim Miller, autor de esa ingeniosa irreverencia que fue «Deadpool». Y apena ver a Mackenzie Davis (demasiado viva en el recuerdo por su maravilloso trabajo como replicante en «Blade Runner 2049») sometida a este estrépito de despropósitos que ni siquiera tiene la decencia de tomarse en broma su inequívoca intrascendencia, y que no titubea a la hora de señalar al final la posibilidad de que se reanuden las secuelas.
La película ha sido clasificada R. No será ni por su contenido, ni por su violencia, ni por el uso de un lenguaje que se pueda considerar ofensivo.
Es una simple advertencia para todos los espectadores, tengan la edad que tengan.

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