Sueños y humo |
Portada » Sin categoría » Sueños y humo

Sueños y humo

Por Redacción , 18 junio, 2014

— ¡Qué falta tengo de morirme!

Es la frase machacona de la abuela, con ella acompaña todos sus penosos  movimientos y adereza esos suspiros profundos que son la música de su vida. Una vida enredada en el aroma del tabaco de pipa. Ese humo pálido envuelve con su olor antiguo todos y cada uno de los días de la tata Carmelita, desde que Leonardo entró en su vida.

Pero si un día interrumpes su sempiterna queja y conversas con ella, siempre acabará diciéndote que, a pesar de estar tan cansada, aún no puede irse, porque “él” volverá un día. Y tiene que esperarlo.

Las dos rosas de trapo, una verde mar y otra roja, enhiestas en el búcaro, son el recuerdo de una Noche Buena lejana, según la abuela, la más triste, la más desolada de cuantas ha vivido. Y son muchas. Al lado de las flores hay una pipa de madera de brezo, tostada por el uso. Ella la huele cuando pasa junto a la repisa en que está entronizada y, a pesar del dolor, evoca su aroma y vuelve al recuerdo de aquella  lacerante Navidad.

Leonardo se llama el hombre al que espera la abuela Carmelita. Aunque lo más lógico es que ya haya muerto. Para hablar, sin embargo,  con ella no se puede utilizar el pasado. Leonardo es su marido, su hombre, como le gusta decir y está en algún lugar, al otro lado de la mar. Y tiene que volver. Si admites estas premisas sin protestar, la abuelita te contará la historia, la que ella ha forjado en tantos años de espera, la que necesita para seguir moviendo sus viejos huesos. El mejor momento para abordarla es cuando limpia la repisa de la chimenea con un pañito fino. Ahí están las rosas de tela y la pipa. Y ahí, acorralado  entre el  olor a tabaco y unas hilachas de sueños, también está él.

Un hombre a caballo  ha llegado al pueblo, dicen que viene de la zona de Jaén, la de los cortijos enormes, la  de los olivos retorcidos, pero que su patria es la tierra del otro lado de la mar. Le llaman el Americano. Unos dicen que es ingeniero y agrimensor, que abrió carreteras en medio de la selva; otros, que es domador de potros, que tiene nombre allá en la Pampa porque aún no ha habido montura que se le haya resistido. Y en lo que todas las mujeres de aquí están de acuerdo, es en que es el hombre más guapo y más hombre de los que se llevan vistos en el pueblo y sus alrededores. Leonardo es alto y muy moreno, el mismo sol que le ha tostado la piel ha vuelto casi blanco su pelo rubio y transparentes sus ojos grises, siempre difuminados por el humo de la pipa que sujeta entre sus labios prietos. Es muy flaco, tanto que  podría parecer flojo, pero sería un error creerlo endeble; el hombre que domina los potros y escala en dos trancos los montecillos que sirven de base a sus extraños aparatos es fuerte y correoso. Leonardo es distinto de los otros, tiene el atractivo de lo venido de fuera, de lo misterioso; porque de cierto y seguro nada se sabe del hombre del que Carmelita  se ha prendado sin remedio.

Al llegar a este punto, la abuela hace su primera parada, cesa el vaivén de la mecedora de cretona y aclara que –aunque ahora no lo parezca, niña, yo también era entonces una hembra de respeto, y no sólo en el pueblo, también en la capital se hablaba de Carmelita la de Los Pinos en términos parecidos a los que luego se empezó a hablar de él.

Leonardo llega al pueblo con la carretera; subido en una loma maneja un aparato que, colocado sobre un trípode, mide distancias que se materializan en un rastro de clavos de cabeza roja; el futuro trazado de la vía. Para no andar  trasladándose a diario, la empresa responsable de los trabajos ha montado unas tiendas en las que duermen los obreros. El ingeniero y su ayudante van a alojarse en la única pensión del pueblo. Allí dicen que tienen trabajo previsto para dos meses.

Dos meses, dice la abuela animándose, como si de nuevo se viera precisada a conseguir al hombre en ese plazo.

—Yo me propuse conseguir en dos meses que Leonardo no se marchara. Y lo conseguí, claro que lo conseguí. Lo que no pude evitar fue que luego, tiempo de por medio, decidiera  volver a su tierra. Es que la cuna de uno tira mucho. Yo también me arrimé a lo mío. Ese fue mi error, creer que yo tenía más fuerza que su pacha mama.

La abuela aclara que si se acostó con él antes del casorio, no fue para retenerlo, como él llegó a temerse, sino porque le apetecía demasiado como para resistirse.

─ Habría tenido que ser fuerte por los dos y yo no tenía tanta fuerza. Ni la quería. Ya ves, al final se fue; solo me queda el tiempo que lo tuve conmigo. Y bien que lo aprovechamos. Eso le he sacado a la vida. Y no me arrepiento.

Los sábado hay baile en el Casino, allí van todas las mozas del pueblo, si alguna falta será por causa mayor. Pero ese sábado no falta nadie. Por allí se deja caer El Americano, sujetando siempre entre los labios su pipa retostada y envuelto en aquel olor a tabaco que será, ya para siempre, su seña de identidad. El recién llegado es presentado a la concurrencia  por uno de los obreros, oriundo del pueblo. Aunque su nombre es Leonard todos le llaman enseguida Leonardo, que resulta más familiar. El hombre sonríe a todas aquellas damas, pero saca a bailar a Carmelita y ya no la suelta en toda la tarde. Esa preferencia no disimulada hace decir a las demás que aquel extranjero es un mal educado y que qué puede esperarse de un tipo venido de fuera. La envidia, que es muy mala, porque a la legua se ve, por como la mira y como la aprieta al bailar, que no le falta educación sino que le sobran ganas. El domingo hay misa de doce y luego se acostumbra a pasear por la Alameda; y las costumbres son leyes en este pueblo pequeño y antiguo. El Americano, como si no quisiera faltar a los usos de allí, se presenta en la puerta de la iglesia al final de la misa, se acerca a la abuela y la invita a pasear y a tomar luego un aperitivo. El cotilleo es sabroso; -Carmelita tiene mucha gana de hombre, apenas si se conocen y ahí van los dos solos hasta el final de la Alameda. Debería haberse “hecho de rogar” siquiera un poco. Y yo juraría que la lleva del brazo…

─ Cuánto pudieron cotorrear y qué envidiosas se pusieron todas al verme al lado de ese buen mozo. Y qué bien lo pasaba yo sintiendo que me comía con los ojos. Enseguida supe que no se iría,  se quedaría conmigo donde yo estuviera.

Al final, dice la abuela con una sonrisa pícara, tuve que dejar que me comiera, no sé quien tenía más gana, si él o yo. Y qué hipócritas las mujeres cuando se hacen las desganadas. Mentira, ya hubieran querido ellas que él se lo pidiera para correr como locas a dárselo.

Para su tarde de bodas, (la noche vendría después, cuando se casaron oficialmente) Leonardo la lleva a la ciudad, quiere para Carmelita algo mejor, más refinado que una posada de pueblo

─ Me llevó a un hotel de no sé cuantas estrellas, yo no había visto nunca tanto lujo. Fuimos en el coche de la empresa. Me habría gustado ir a caballo, pero eso no era posible en la ciudad. Fue muy delicado, muy cariñoso, decía que no quería adelantárseme ni un segundo. Y lo cumplió. No sé cuanto tiempo tardó en ponerme a punto, sí puedo decir que es una leyenda eso de la primera vez, de la vergüenza y del dolor. Yo me divertí mucho de principio y la gocé de final, al mismo tiempo que él. Es lo que me ha quedado de mi marido. Lo he echado mucho en falta, nena. Y no me arrepiento de nada.

Este es el punto en que la abuela jura que nunca pensó tenderle una trampa, aunque el Americano pudiera pensarlo en algún momento. El caso es que, descubierto el hotel y sus encantos, la pareja le toma afición a perderse dos horitas del pueblo y regresar aún de día, para que en casa no tengan nada que decir. Pero sin duda alguien se va con el cuento porque –la abuela aún se estremece- una tarde encuentran a don Ginés, su padre, esperándolos junto a la puerta  giratoria del hotel.

─ Me agarró del brazo y me atizó tal bofetada que habría ido al suelo si Leonardo no hubiera estado listo. Me abrazó y se enfrentó con papá; que no volviera a pegarme, le dijo, que no se le ocurriera o lo lamentaría. Así le habló a mi padre, con autoridad, como si fuera algo mío, que aún no lo era. Papá lo miró fijo y no sé si por cálculo, por prudencia o por puro miedo, me volvió la espalda sin tocarme. Sí le dijo a Leonardo que tenía que hablar con él a solas.

─ Yo no tengo secretos para Carmelita, lo que tenga usted que decir, dígalo ya

La abuela está viviendo de nuevo esa tarde, le brillan los ojos y está roja hasta la raíz del pelo. Dice que si no lo hubiera querido tanto, en ese mismo momento habría empezado a enamorarse de un hombre tan entero y tan cabal. A las exigencias de don Ginés, que habla de vergüenza y deshonra, Leonardo contesta que  pensaba casarse con  ella desde el principio, que sólo se han tomado un adelanto de lo que será suyo enseguida. Pero le hace saber que si hay boda será porque ellos lo quieran así y en caso de que persista en su actitud amenazante, se marcharán los dos a su tierra que ya va él teniendo ganas de regresar. Después de eso no hay más que decir, así que quedan de acuerdo en que a la noche siguiente él se pasará por la casa para pedir formalmente la mano de Carmelita

La abuela se apresura a disculpar a su padre y bajando la voz, como si todavía fuera un secreto, cuenta como la madre lo abandonó cuando ella tenía un año. Se marchó tras un hombre que vino al pueblo con una compañía de teatro. Y dejó solo a don Gines, con su hija y con su vergüenza.

—Por eso es, nena, que me protegía tanto, tenía miedo que saliera a mamá. Pero yo nunca lo abandoné, ni se me pasó por la cabeza. Fui yo la abandonada. Mala suerte

Tal y como quedó con don Ginés, a la noche siguiente el Americano va a Los Pinos, a cumplir el ritual debido.

─ Como si fuera uno más del pueblo, se presentó en la casa envuelto en ese olor que siempre llegaba antes que él. Y me hizo un regalo regio, este reloj que llevo desde entonces colgado del cuello, míralo bien, es muy bonito y muy original, nadie de aquí tiene una joya como esta. Porque viene de otras tierras, de su tierra, esa a la que yo he acabado odiando. Por quitármelo.

Según dice la abuela, el padre tiene miedo del escándalo, del qué dirán en pueblo, así que se da buena prisa en ordenar los preparativos de la boda y en arreglar para la nueva pareja toda un ala de la Hacienda Los Pinos.

─ Lo que papá no supo nunca es lo que mi hombre me dijo a solas, que bien que me hizo llorar. Me hizo prometerle que yo no había accedido a ir al hotel sólo para cazarlo. Tuve que jurarle que fui porque lo quería y quise darle todo, todo lo que tenía, para que él me quisiera también. Se lo dije llorando y me creyó, pero me advirtió de sus propósitos, Leonardo nunca me engañó

–Carmelita, yo no voy a quedarme para siempre en este pueblo, estaré aquí un tiempo y luego nos iremos a mi país. Si te casas conmigo debes saber que no pienso morirme en este villorrio.

Y vaya si lo cumplió.    .

La boda es un acontecimiento en el pueblo y alrededores, don Ginés tira la casa por la ventana, es su única hija y no escatima gastos. Tal vez quiere  deslumbrar al novio y hacerle saber como de rica es la Hacienda y su dueño . Y al mismo tiempo tapar la boca de los maledicientes.

─ Nena, tu madre, nació a los nueve meses justos de la boda, y dejó sin argumentos a las que aún seguían dale que dale con la historia del hotel. A nosotros nos daba igual, pero para papá fue un alivio.

Al llegar a este punto la abuela empieza a entristecerse, es que entramos en tiempo de pérdidas y ella se siente traicionada por la vida. Es curioso, quien se marchó fue el abuelo, pero ella acusa a la vida y a sí misma  Él es intocable. De aquí en adelante toda la culpa es de ella. Alguna vez he intentado hacerle cambiar de opinión, pero nunca ha admitido ninguna crítica al marido. Ella prefiere soñarlo perfecto y es muy dueña de sus sueños.

─ No sé porque estuve siempre tan segura, niña, del cariño de él. No sé por qué no tomé en serio sus advertencias. Mi marido es un hombre de una vez, y sólo tiene una palabra. Pero yo quise olvidarlo, quise poner mi tierra por encima de la suya, pensé que nunca dejaría a la hija. Ni a mí.

Mari-Carmen, mi madre. tiene dos años cuando su padre empieza a querer irse, el trabajo escasea y a veces debe  hacer muchos kilómetros para encontrarlo, así que le habla a su mujer de volver a su tierra, tal y como le había dicho antes de casarse. Según cuenta la abuela, que en esta fase está próxima a las lágrimas, le habló con entusiasmo de su país, le pintó paisajes muy bellos, ríos enormes que querían emular al mar, montañas altísimas, tierras muy ricas, selvas impenetrables. Y una familia, la suya, a la quería volver a ver.

─ Estuve ciega, no vi la resolución en sus ojos. Medí mal mi fuerza.

Leonardo manda su curriculum a distintas empresas urbanizadoras, allá en su tierra y mantiene contactos con familiares o amigos que le envían al menos dos ofertas de empleo. Y es precisamente cuando se acerca la Navidad, la cuarta que están juntos,  cuando recibe contestación a su solicitud. Necesitan un agrimensor con urgencia, pagan bien, hay trabajo para mucho tiempo.

─ Lo único que entendí de la maldita carta fue la palabra  California en el remite, todo lo demás, incluso los sellos me resultó extraño, incomprensible. Estuve vigilándolo cuando la abrió porque tenía miedo, sabía que ahí venían malas noticias para mí. Y así fue, cuando acabó de leerla se le iluminó la cara y empezó a gritar – ¡Carmelita, Carmelita, que nos vamos, tengo trabajo!

La abuela llora ya, como siempre que llega a esta altura de la historia, dice que intentó retenerlo de todas las maneras posibles, hasta le mintió un nuevo embarazo, pero Leonard no se mueve ni un ápice de sus intenciones, le dice que le esperan a primero de año, pero que quiere llegar con unos días de tiempo para acomodarse con tranquilidad, que ya le han buscado una vivienda de alquiler muy próxima al trabajo, que todo saldrá bien.

─Y me miraba fijo, repitiendo una y otra vez –ya te lo dije, Carmelita, ya te lo advertí- Pero como yo insistía poniendo inconvenientes y diciéndole que era una locura ese viaje con una niña pequeña, Leonardo optó por callar. No volvió a tocar el tema. Aquella noche regresó muy tarde, nunca había hecho algo así. Traté de arrimarme a él, como entre sueños, pero se apartó, estaba rígido y helado.

El día de Navidad, la abuela se apura en la cocina rellenando el pavo para esa noche. Vendrán a cenar su padre y los tíos, la casa está adornada, como siempre en esas fechas. Además ha comprado un ramillete de rosas de trapo de colores muy lindos, para regalar a las señoras junto con un pomo de perfume; tres pitilleras de plata para su padre y los tíos y una pipa de brezo para Leonardo.

─ Entró en la cocina muy serio y me dijo que me veía muy tranquila, que aún no había preparado nada y que –mañana sin falta volamos a California. Le llamé loco y egoísta y mal padre. No sé ni lo que le dije para hacerle desistir, pero no me escuchó, me dejó perorando y salió. Cerró la puerta sin hacer ruido. A Leonardo no le gustan los gritos, ni los golpes.

La abuela no hace el equipaje, ni por un momento piensa en dejar al padre, su casa y su pueblo, da por seguro que él  abandonará esa loca idea de marcharse tan lejos. Pero se equivoca. El hombre llega puntual a la cena. Antes de partir el pavo Carmelita entrega los obsequios y deja sobre la repisa de la chimenea, en un búcaro, las dos rosas -de ella y de la niña-, Leonardo también deja allí la pipa que ha recibido, junto con un beso que quiere ser cálido pero que tropieza con la frialdad de él.

─ Cuando llegó para la cena me dio miedo mirarle la cara, lo besé al darle la pipa, pero fue igual que besar un maniquí de corcho. Tuvo la sangre fría de  aguardar al final de la cena. En el turno de los brindis se levantó y dijo que se marchaba esa misma noche, que ya tenía trabajo en su tierra y que yo no había querido acompañarle a pesar de que hacía mucho que me había advertido de que se iría. Me besó, besó a la niña y salió sin hacer ruido. Luego se oyó la puerta del establo y el galope del caballo.

Los invitados sorprendidos por la marcha de Leonard, no tardan en despedirse. La abuela se queda sola, sentada en la mecedora de cretona, junto a la chimenea. Esperando

─ Esperé en vano su vuelta. Me pareció buena señal que se llevara el caballo, habría ido a desfogarse cabalgando por las calles vacías. Pero tenía que regresar. Ya de madrugada oí un galope y salí a la puerta, pensaba agarrarlo, abrazarlo y decirle que me iría con él, que sentía mucho haberle hecho enfadar. Pero el caballo estaba sólo y golpeaba con los cascos la puerta del establo. Le abrí, le puse agua y paja fresca y me fui a buscarlo por las calles del pueblo; miré en la taberna y en el casino. Nada. Entonces me fui a la Casa Azul. Me convencí de que lo encontraría allí, no podía considerar la otra posibilidad, la de que se hubiera marchado. Entré con calma. Pedí hablar con la dueña. Era una mujer elegante y refinada; me escuchó sin interrumpirme. Me dijo que esperara un momento y salió. Cuando volvió traía una botella de licor y dos copas, las sirvió y esperó para hablar a que hubiera terminado de beber.

—Señora, esto es como la consulta de un médico, discreción absoluta sobre los cliente. Vea usted en que quedaría nuestro negocio si cualquiera pudiera saber quien nos visita. Pero entiendo que su caso es especial. Le diré que el hombre de la foto solo una vez ha estado aquí. Fue ayer por la noche, estuvo con Natacha; dice que la agotó como ningún cliente lo había hecho. Y que era un hombre enfurecido.  Pero no ha vuelto. Hoy no. Puedo asegurarle que no está aquí. Lo siento.

—Volví a casa rabiosa y desesperada. Había querido hacerme daño. Se fue de putas solo para herirme. Nunca lo hizo antes, estoy segura, era mi hombre, no tenía derecho. Recordé la negrura de esa noche, la incesante espera, los latidos locos en la garganta cuando escuché la puerta. Me hice la dormida, era yo muy orgullosa, nena. Demasiado. Pero tu abuelo no me tocó, me dio la espalda y se fue tan a la orilla de la cama que quedaba mucho espacio entre los dos.  En cuanto amaneció ordené a los peones que dieran una batida por los alrededores, quizás se había caído del caballo  y estaba mal herido, tirado  por aquellos andurriales. Nada. Cuando subí al dormitorio tuve que ver vacío su lado del armario, tampoco estaba la bolsa con sus aparatos, los que utilizaba en su trabajo, ni sus pipas. Entonces no me quedó más remedio que admitir que se había ido a su maldita tierra.   .

La primera vez que la abuela me contó la historia, yo cometí el error de discutir sus convicciones, -pero al menos podía haberte escrito o llamado por teléfono, en tantos años- Fue mi madre quien me llamó al orden, -no digas nunca más esas cosas a la abuela, hija, ella vive bien así, con sus recuerdos amañados, con sus sueños de mentira.  Está claro, dijo mi madre, que ese hombre habrá encontrado allí otra mujer y formado otra familia, pero la abuela no puede soportar esa idea, déjala, nena, no le hagas daño con la verdad. La verdad podría matarla. Así que ya nunca le llevé la contraria, la escuchaba en silencio y la dejaba llorar su pena de ausencia.

El insomnio es el compañero fiel de Carmelita desde que su hombre se ha marchado. Es la segunda noche de soledad, ni por un momento piensa en acostarse en la cama –tan grande, tan fría- así que se queda en la mecedora esperando un sueño que no comparece. Entonces recuerda que Leonard fumaba su última pipa antes de subir al dormitorio, evoca el olor que trepaba las escaleras, el humo que aún envolvía a su marido cuando entraba a la habitación. Comida de tristeza, buscando un rastro de ese olor, se pone el pijama de Leonardo que aún está bajo la almohada y aspira fuerte para llenarse del aroma de él. Luego baja a la sala y coge la pipa que le ha regalado esa Noche Buena tan horrible, la llena de tabaco, repite todos los gestos que le vio hacer mil veces, acerca el fósforo a la cazoleta, la aprieta entre los labios y aspira fuerte. No se ahoga, ni le pica la garganta, sólo siente el humo, el olor del hombre. Y así, recostada en la mecedora, abrazada a la pipa, la abuela logra dormir.

Desde entonces, cada noche repite el mismo ritual, duerme en el salón con el pijama del marido y dando un par de caladas a su pipa. Mientras llega el sueño o dentro de él, la abuela evoca a su hombre: el baile en el Casino, el paseo después de misa de doce, sus manos largas y rudas, de tanto andar subiendo riscos y aquellas caricias que todavía la sacan de sus casillas. El marido es una leyenda, el Americano que vino al pueblo con la carretera, que se prendó de ella y la enamoró. Tanto lo quiso que no tuvo vergüenza de ser su mujer a espaldas de todos. Los viajes a la ciudad, el hotel de lujo, su primera vez…Todo eso resurge ante ella traído por el humo. Por eso fuma la pipa de brezo, y no solo de noche, también de día y a la vista de todos. Es su manera de decirle al pueblo; él no se ha ido del todo, me dejó este humo pálido. No estoy sola.

Y aquí acaba la historia; la abuelita no le guarda rencor al marido por hacerla esperar tanto, prefiere decir que su hombre es muy hombre, que sólo tiene una palabra, que la culpa es suya por no seguirle.

─ Pero tiene que volver…

Cuando mamá fue mayor y comprendió todo, dejó de aguardar al padre. Un extranjero correcaminos que para un tiempo en un pueblo, se encapricha de una mujer, la consigue, vive con ella hasta que se cansa; quiere volar de nuevo y eso hace. La invita a acompañarle pero Carmelita no le sigue. Quizás Leonard se sintiera liberado de obligaciones. Se fue y olvidó el pueblo la mujer y la niña. La única incógnita que le quedaba a mamá fue esa visita a la Casa Azul. Tal vez necesitaba agotarse, vaciarse,  para no caer en la tentación de tocar a Carmelita esa última noche. Quizás fue su defensa para que los brazos de ella no pudieran retenerlo. Luego la abuela sí tenía ese poder, el de hacerlo vacilar. Y, aunque entre brumas, mamá también intuye a ese hombre muy hombre que fue su padre.

 

Y sin embargo, contra la opinión de todos y  tal  como esperaba la abuela, el Americano ha vuelto.

—Niña, ¿sabes con quién he soñado esta noche? Con el abuelo. Traía sus botas de montar, la pipa echando humo, tanto que no he podido verle los ojos. Pero era él. Y sonreía. Eso quiere decir que ya viene, que llegará pronto.

 

La abuela Carmelita ha muerto. La tarde siguiente al sueño se echó la siesta en la mecedora, como siempre. Pero  ya no despertó. Había serenidad en su cara y como un inicio de sonrisa. El médico ha dicho  que se le paró el corazón mientras dormía. Que no ha sufrido.

A la vuelta del cementerio nos espera un señor para entregarnos un paquete que viene de ultramar. Nos ha hecho firmar varios papeles antes de marcharse y dejarnos abrirlo. Hay una carta dirigida a la abuela, apenas dos líneas:

Siento haberte dejado sola, Carmelita, pero quiero resarcirte, ya no me separaré de ti.

Y una urna azul con un nombre: Leonard G. Well.

Cierto, su hombre la acompañará por toda la eternidad.

 

Una respuesta para Sueños y humo

  1. Pingback: El centro cultural buenavista acoge la II edición del concurso de relatos de la abadía del perfume |

Deje un comentario