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Sueño de invierno, de Nuri Bilge Ceylan

Por José Luis Muñoz , 17 octubre, 2014

1013080_fr_winter_sleep_1404986272087El pasado Festival de San Sebastián ofreció en primicia, como última proyección, la película Sueño de invierno, ganadora de la Palma de Oro del festival de cine de Cannes, obra de Nuri Bilge CeylanTres monos, Érase una vez Anatolia—basada en tres relatos de Antón Chejov. La película llega ahora a las salas de toda España.

¿Cine y literatura son un maridaje perfecto? El cine no es literatura, aunque se sirva de ella; el lenguaje es muy diferente en uno y otro arte narrativo; las películas, por su metraje, suelen suprimir muchos pasajes de los libros en las que se inspiran y recurrir a la elipsis. Un libro sesudo que nos interese se puede cerrar para abrir luego más tarde cuando se tenga la cabeza despejada. Con una película, a menos que la veas en tu reproductor de DVD y pulses pausa, eso no sucede.

El metraje de Sueño de invierno, algo más de tres horas, asusta. Y hay para asustarse. Con los 90 minutos tradicionales habría sido una película redonda. El director turco convierte en recurso narrativo la lentitud exasperante, y subrayo lo de exasperante. La película se estructura en torno a una serie de secuencias dialogadas que se alargan sin mesura. Los personajes hablan mucho, demasiado, y, además, lo hacen con lentitud, y cuando parece que van a abandonar la secuencia, vuelven a ella, se sientan y siguen hablando, casi siempre de asuntos trascendentes, de conflictos familiares y profesionales, de matrimonios fracasados—el del protagonista y su hermana—, de una cierta misoginia paternalista de éste hacia su jovencísima esposa, del fracaso de la vida en ese entierro prematuro que es el paisaje de la Capadocia que los envuelve y les impide salir de él como a los protagonistas de El ángel exterminador de Luis Buñuel de la habitación en la que están encerrados aunque la puerta esté abierta. La paradoja es que Sueño de invierno es una buena película, muy buena, que ninguna secuencia es fallida, aunque sobren minutos en casi todas ellas, y que la obra de Nuri Bilge Ceylan es de las que crecen cuando uno se alza de la butaca y se encamina a la salida del cine, aunque en él  se haya removido en el asiento por su insoportable morosidad.

La llegada del invierno a una paraje de Anatolia exacerba las tensiones entre Aydin (Haluk Bilginer), el propietario de un pequeño hotel con encanto, un actor de teatro retirado que escribe artículos como hobby en un pequeño periódico local que nadie lee, su jovencísima esposa Nial (Melisa Sözen), que habita desde hace años un ala aislada del hotel sin el más mínimo roce con su marido e intenta dar sentido a su vida con obras de beneficencia, y Necla (Demel Akbag), la hermana de Aydin, recién separada de su marido, que se siente ahogada en ese paisaje pétreo y no encuentra sentido a su vida en ese lugar tan apartado desde que dejó Estambul. Un incidente, cuando un chico arroja una piedra contra la ventanilla del auto Aydin, sirve como excusa para poner un poco de tensión social en la historia: al padre del niño le embargan los muebles de la casa por retrasarse en el pago del alquiler de su vivienda a Aydin y se pasa seis meses en la cárcel por resistencia a la policía. Aydin, en su aislamiento voluntario y desconexión con el mundo real, ni siquiera es consciente de ese daño que ha infligido su administrador.

Hay tres secuencias modélicas—una larguísima conversación entre los hermanos Necla y Aydin, que tiene lugar en el despacho de éste, en la que tanto el uno como la otra, tras hablar de moralidad, de la inutilidad de esos artículos de prensa que él publica y nadie lee, de la falta de religiosidad de él, se lanzan reproches  mutuos a costa del pasado y del presente; la quema de los billetes que la joven Nihal, para tranquilizar su conciencia, ofrece a sus empobrecidos arrendatarios Suavi (Tarmer Levet) y su hermano Hamdi (Serhat Mustafá Killic) para que pueden pagar sus deudas; la conversación etílica que se desarrolla entre Aydin, su amigo Timur (Mhemet Ali Nuroglu) y el maestro Levent (Nadir Sanbacak) —, pero estos aciertos quedan diluidos por otras secuencias desmesuradamente alargadas que nunca parecen tener fin.

El film notable y galardonado de Nury Bilge Ceylan adopta el ritmo mortecino y abúlico de su principal protagonista, habla del fracaso vital de Aydin prisionero de un entorno, el paisaje de Anatolia, que parece habérsele metido en los huesos, y la nieve que cubre el entorno al final del film se convierte en un subrayado narrativo más y en metáfora de la muerte. Es posible que Aydin ya lleve muerto hace años en ese lugar inhóspito en el que se ha enterrado y al que llega un trotamundos en una moto, al que ve partir con dolor el protagonista, unos turistas japoneses y nadie más. Sueño de invierno es un film de indudable riqueza cinematográfica aunque de muy difícil visión, lo que es paradójico. Tendríamos que remontarnos a las películas más duras de Michelangelo Antonioni o de Andrei Tarkowski para encontrar algo parecido a la última obra del director turco.

Una de las premisas del cine es no aburrir; el director de Tres monos se olvida valientemente de ella y sale triunfante: Sueño de invierno se disfruta más cuando se ha dejado de verla que cuando se ve, aunque disfrutar no sea la palabra adecuada precisamente.

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