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«Stranger Things 3» : las cartas bajo la mesa

Por Emilio Calle , 11 julio, 2019


* Contiene spoilers

Cuando en 2106 Netflix estrenó «Stranger Thigs», producción propia dentro de su cada vez más ambicioso catálogo de rarezas, puso en juego una serie inesperadamente eficaz y adictiva, mesurado cóctel de nostalgia del mundo en los ochenta aderezado por generosas dosis de misterio y terror, con Spielberg como el gran referente (aunque su fuente bebe más de las mansas aguas de J.J. Abrams, quien ya filmó «Súper 8», título que bien pudo ser el embrión de este festival de añoranzas). Su sencillez, lo honesto de su planteamiento y el por momentos perfecto engranaje que articulaba la propuesta hicieron que la historia enganchase, y el éxito la coronó como una de las grandes series del año, en plena edad de oro de la narración televisiva. La secuela era inevitable, y aunque en buena medida su rodaje dependía de la acogida de la primera temporada, no faltaban caminos por los que lograr que por segunda vez el artificio funcionase. Pero ya no dejaron dudas.
Un final de vértigo ya era anuncio de que habría una tercera entrega, que ahora se estrena y que se ha presentado como definitiva.
«Stranger Things» ha terminado.
Ha terminado con muchas paciencias.
Porque esta decepcionante temporada es un campo de minas (inofensivas, solo hieren el orgullo por el tiempo perdido) de las que uno debe desentenderse si no quiere salir mal parado. De lo extraño se ha pasado a la extrañeza. Y desde el primer segundo, sus creadores, los hermanos Duffer son incapaces de ocultar la vacía aparatosidad de su deslavazado artefacto, lo que obliga al espectador a ver ocho episodios con la certeza de estar siendo objetivos de una torpe emboscada. Desde que comienza, uno puede ver el final, así que todo es espera. Los personajes habituales no logran recuperar el protagonismo perdido, y aislados en secuencias que no pocas veces caen en lo inconexo, se dejan arrastrar como el resto de elementos narrados hacia un desenlace que, cómo no, se anuncia como épico, en un año donde no se podrán quejar (o sí) los aficionados a las batallas, que esto de asistir a las más impactantes jamás rodada es un no parar. El abuso de referentes termina por ser cansino, muy molesto, aunque obviamente, no tendrán efecto alguno en los espectadores más jóvenes, los cuales no se distraerán cada vez que reconozcan un diálogo, una canción, o una mención a una película de culto. Aunque, en fin, en ese sentido también apena comprobar que ya que se pasa por el homenaje, tampoco hay el menor reparo en, por ejemplo, plantar a un émulo de Terminator, que camina a cámara lenta, sus pasos resonando en todo momento, durante ocho episodios y apenas abandona su gesto de mal humor (probablemente al pensar la pasta que debía cobrar el actor austriaco, y hasta gafas negras le dejaban llevar).
Pero todo esto son pecados de andar por casa.
El gran episodio final es una oda al desconcierto.
Dos detalles bastan para señalar lo descarnado de esta farsa, en un capítulo especial de casi dos horas de duración, lo cual ya sí que pone los pelos de puta. Que el momento decisivo lo tenga que resolver un personaje del que se habló en el primer capítulo y al que todos toman por imaginario, alguien que no tiene nada que ver con lo que ocurre y cuya mención ya huele a chamusquina, no deja de ser un recurso un tanto insultante para la inteligencia. Pero es que ademas, tan dicharachera y decisiva es la inesperada enviada de los dioses de la oportunidad que antes de salvar a toda la humanidad de su extinción aun se toma su tiempo para obligar a uno de los protagonistas a que cante el tema principal de «La Historia Interminable», no una frase, no una estrofa, es que ni arreglos orquestales le faltan. Y uno no sabe si cantar, si reír, si llorar, si está en una comedia, si lo urgente no era tan urgente, si ya es la hora de cambiar de canal…
Pero lo que produce verdaderos escalofríos está muy lejos de hallarse en el mundo sobrenatural. En cierto momento, uno de los personajes se declara a su compañera de trabajo, después de pasarse la serie intentando fingir su desinterés por ella. Pero ella le confiesa que no es como él piensa, que si supiera cómo es en realidad la consideraría poco menos que un monstruo. ¿Y cuál es su terrible crimen? ¿Qué hay en ella que sólo puede provocar rechazo? Que es lesbiana. Lo único que le falta es pedir perdón.
Visto esto, todo lo demás sobra.
En un cansino carrusel de sorpresas, nos toca asistir a la despedida de todos. Cada personaje sale desperdigado como si no hubiera una vuelta de hoja más. Sus historias ya no corren paralelas. La serie se ha terminado.
O puede que no.
Una escena post créditos nos sitúa en una base ultra mega secreta base de villanos rusos (que son los nuevos malos de la función) donde alimentan a una criatura de modales muy desagradables que, dando muestras de su elocuencia, trata de zamparse la cámara y al espectador.
Nos vemos en la temporada 4 de «Stranger Things».
La referencia a «La historia interminable» no era un homenaje.
Era una amenaza de lo que está por venir.

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