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Sobre la neutralidad de España durante la II G.M

Por Jordi Junca , 9 febrero, 2016

23 de octubre de 1940. 15:28 de la tarde, un segundo tren llega a la estación de Hendaya, Francia, a unos 20 kilómetros de la frontera española. En él, un disgustado Francisco Franco. Sabe que el Fürher ya lleva cerca de diez minutos esperando. Bien es verdad que, llegar antes que el supuesto anfitrión tal vez hubiese sido incluso peor. Cabe recordar que, por aquel entonces, Adolf Hitler ya se había hecho con Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y, por último, la propia Francia de Vichy.

Baja del tren el caudillo y tras él su séquito. Entre ellos, Serrano Súñer, el cuñadísimo, o de manera más oficial, el ministro de asuntos exteriores del régimen. Por cierto, no hace demasiado que el ministro ha visitado a su homólogo alemán en Berlín, para decir lo mismo que el generalísimo ya había escrito reiteradamente en diversas cartas para el Fürher. Yo me meto en la guerra, pero eso sí, quiero esto, aquello y lo otro. La respuesta que recibe, también es la misma. Humo. Sí, sí, lo que tú digas.

Pero por fin, el esperado encuentro en el andén. Franco y Hitler encajan sus manos. El dictador español aprovecha la ocasión para colocar su otra mano sobre la del canciller. Ante todo, cordialidad. Al fin y al cabo ambos vienen a pedir más que a dar. Banderas alemanas y españolas ondean al mismo compás. Franco se dirige a los representantes del ejército nazi con su saludo característico. A las 15:40 de la tarde, Hitler ofrece su coche-salón para celebrar el esperado encuentro. En él, por parte alemana, entrarán el propio Fürher, su ministro Von Ribbentrop y su intérprete Gross. Junto a Franco, su cuñado Serrano Súñer y el Barón de las Torres. Acomodados los contendientes, empieza el baile.

Se rompe el silencio con la voz del caudillo. Empieza mostrando su gratitud al pueblo alemán por lo de la guerra civil, sin el que seguramente no estaría ahora en este vagón. Menciona también a los italianos, asegurando que la alianza entre los tres es desde entonces irrompible. Por supuesto que iría a la guerra con sus dos amigos sin pensarlo, si no fuera por la situación económica y armamentística que se lo impide. Situación, añade, que el Fürher bien conoce.

Llegados a este punto, habla Hitler. Alaga también al pueblo español, que ha sabido vencer con fiereza al comunismo. Después dice que la victoria en esta nueva guerra está muy cercana. Es la gran oportunidad para España de entrar en la guerra y salir victoriosa junto a los demás. Augura un nuevo orden europeo en el que el Eje, incluida España si finalmente se suma al bando, dominará el continente y, en consecuencia, también a los resistentes británicos. Así que ahora, cuando la victoria está tan cerca, es el momento para que España preste su ayuda. Más adelante ya no habrá tiempo, puesto que la contienda habrá terminado. A los Estados Unidos les queda por lo menos 18 meses para estar en condiciones de entrar en el conflicto. Para entonces, los ingleses, principal enemigo del Eje, ya habrá caído. Ahora o nunca, amigo.

No obstante, para que tal cosa ocurra, sigue diciendo Hitler, España tiene que hacer lo siguiente: en primer lugar, recuperar el territorio de Gibraltar, que por honor y por historia debe volver a formar parte de la nación del caudillo. Para tal propósito, España debe dejar que las tropas alemanas atraviesen la península para que así pueda hacerse con el control del peñón y por ende del Mediterráneo, lo que ahogaría aún más a los ingleses.

En segundo lugar, está la cuestión de Marruecos. Afirma Hitler que España está llamada a ocupar ese territorio, además de Orán. De hecho, Franco ya ha reclamado en diversas ocasiones que aquella es una de sus pretensiones, resultado de sus aspiraciones imperiales, en las que se incluyen territorios de Guinea, el Sáhara y Algeria. Pero el problema, según su homólogo alemán, es que tales peticiones no pueden satisfacerse sin que ningún estado del Eje haya controlado la zona, cosa que, de momento, no ha ocurrido, o por lo menos no del todo.

Por último, Hitler habla de las Canarias. A tal cuestión, insiste en que el problema no son los Estados Unidos, sino de nuevo los ingleses, quienes podrían tratar de hacerse un hueco en África a través de las islas controladas por España. El Fürher concluye que, en efecto, lo que se necesita para acabar rápidamente la guerra es formar un frente fuerte al otro lado del Mediterráneo, ante la dificultad que supone ocupar directamente Gran Bretaña. Luego ya habría tiempo de repartirse los cromos.

A Franco, cómo no, tales promesas le parecen demasiado vagas. Ahí empieza un tedioso discurso acerca de la situación paupérrima de su pueblo, de los motivos por los cuales España debe ocupar Marruecos, por su pasado, historia, y un largo etcétera. Lo que no sabe es que Hitler ya tiene planes para esa zona, en los cuales son los franceses, de la mano del mariscal colaboracionista Pétain, los encargados de mantener a raya las posibles incursiones británicas. De hecho, al día siguiente tiene una reunión precisamente con el líder francés y, dadas las preferencias del propio canciller, no piensa en decepcionarle para poder contentar a Franco. A medida que el caudillo prosigue en su interminable discurso, el Fürher empieza a perder el interés. En realidad, cree que España no vale el precio que está pidiendo. Se permite incluso el lujo de bostezar, haciendo ostensible su aburrimiento. En el fondo, lo único que le interesa es el peñón. Todo lo demás es más una carga que otra cosa.

El nerviosismo de Hitler va en aumento. Cada vez es más evidente que la conversación se ha descarrilado, por lo menos para él. Hace un amago. Parece que se va. Pero después vuelve. Intenta convencer una vez más a Franco. Le dice que no puede ignorar lo que está pasando ahí fuera. Entonces le pide a Ribbentrop que saque el documento que traían ya redactado. De firmarlo, Franco se comprometería a entrar en el conflicto cuando Alemania lo considerara necesario. Pero los españoles se niegan a firmarlo. Como ya se ha evidenciado hasta entones, nada de lo establecido durante la reunión les convence. Al parecer, a los alemanes tampoco. Se detienen las negociaciones. El Barón de las Torres, intérprete del caudillo, ya saliendo del coche-salón, escucha como Hitler le dice a Ribbentrop que con estos tipos no hay nada que hacer.

Ya de madrugada, Franco manda redactar un nuevo documento secreto en el que se compromete con los alemanes a formar parte del Eje, pero eso sí, con sus propias condiciones.  Por un lado, se le abastecerá de alimentos, armamento y otras provisiones. Por otro,  se garantizará la adhesión de Gibraltar al territorio español, además de tenerlo en cuenta para las futuras reparticiones en las regiones africanas. Solo entonces, y cuando el estado español lo crea conveniente, se hará efectiva la colaboración. Finalmente, mandan entregar el redactado definitivo por la mañana.

Así pues, lo cierto es que existe un documento en el que españoles y alemanes acuerdan la participación de la España de Franco en el conflicto, a medio camino entre las pretensiones de unos y otros. Sin embargo, el signo de la guerra acabará cambiando, especialmente con la entrada de los Estados Unidos en la gran guerra. En este contexto, las condiciones expuestas en aquel documento secreto no acaban nunca de darse, lo que arrastra a Franco, y con él a España, hacia la neutralidad. A partir de ese momento, el régimen utilizará la entrevista de Hendaya como estandarte, demostrando con ella el firme compromiso del caudillo con la paz y la seguridad de su pueblo.

Sin embargo, cerca de quince años más tarde, los americanos encuentran el documento que cambiaría la visión de las cosas. En efecto, ya en los años sesenta, éste aparece entre la documentación incautada a los nazis. Y eso, junto a los diferentes testimonios como el del propio Serrano Súñer, o el de Paul Schmidt del lado nazi, han puesto en tela de juicio esa supuesta gesta que arrastró consigo la tan celebrada neutralidad.

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