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Sin cobertura

Por Silvia Pato , 23 Abril, 2014

La nomofobia, acrónimo de la expresión inglesa no mobile phone phobia, hace referencia al miedo y a la ansiedad que sienten aquellos que la padecen al estar sin teléfono móvil. Se calcula que este temor afecta a más de la mitad de la población. Quienes la sufren, cuando se ven privados del uso de tan preciado objeto, ya sea porque se lo han olvidado en casa o por problemas con la batería, se tornan agresivos, irascibles y emocionalmente inestables.

Algunos dirán que este tipo de fobias son inventos y modas de la sociedad de la información; seguramente, muchos de ellos viven sin ser conscientes de la dependencia que muestran hacia sus dispositivos, aunque admitir que cualquiera de nosotros puede caer en ella, por malas conductas o determinados hábitos, ayudará a que no sea así.

Tal vez, lo que hoy en día se considera una fobia, termine normalizándose de tal forma que todos la padezcan, ignorando que es un mal. Cuando no quede nadie cuya memoria, por propia experiencia, recuerde cómo eran los tiempos antes de los móviles; cuando los teléfonos inteligentes se hayan erigido indiscutiblemente en una extensión más de nuestros brazos, quizás, sea considerado natural aquello que ahora sabemos que es un problema. No es descabellado; de hecho, asemeja que los niños, al nacer, ya no lo hacen con un pan debajo del brazo, sino con conexión a Internet.

La inseguridad manifiesta de aquel que se siente impedido al carecer de teléfono móvil, así 11235762823_8afa90ec98_ocomo el miedo a quedar aislado fuera del mundo o a no poder solventar un problema si se presenta y se carece del dispositivo, provoca que muchos confíen más en el aparato que sostienen en la mano que en sus propios recursos, alimentando una falsa seguridad que convierte a algunos en esclavos de sus propios miedos, en víctimas de una serie de limitaciones que no tendrían por qué poseer.

Quizás, de cuando en vez, deberíamos perdernos en los frondosos bosques, donde ni siquiera es necesario apagar nuestros teléfonos, donde la naturaleza, los susurros del viento, el rumor del río y el trinar de los pájaros, acuden a nuestro rescate, y al asir el siempre presente aparatejo, sentenciamos: «No hay cobertura».

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