¿SERÁ VERDAD QUE “SI VOTAR SIRVIERA PARA ALGO, ESTARÍA PROHIBIDO”? |
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¿SERÁ VERDAD QUE “SI VOTAR SIRVIERA PARA ALGO, ESTARÍA PROHIBIDO”?

Por Agustín Ramírez , 18 mayo, 2015

Ya fueron las elecciones autonómicas andaluzas; en breve, serán las elecciones municipales y autonómicas en el resto de España; y para finales de año –con el paréntesis otoñal de las autonómicas catalanas- se cerrará el ciclo electoral del año 2015 con las elecciones generales. A medida que avanzan los días y visto el panorama social, cada vez creo que tiene más fundamento la expresión “si votar sirviera para algo estaría prohibido”, título del artículo de Mónica Parga, periodista de la fundación porCausa. Ojo, no se me malinterprete, no es que quiera defender sistemas como la anterior dictadura franquista –tampoco es ese el sentido del artículo citado, por supuesto-, es que cada día que pasa soy más consciente de que el cambio no se puede producir solo por meter un voto en una urna. La realidad es más compleja, el poder real está más allá de los gobiernos nacionales y donde en realidad reside el poder la democracia, o las ideas de las personas no tienen la menor influencia, todo lo tienen “atado y bien atado”.

Hace unos meses hubo elecciones en Grecia y el partido ganador proponía una serie de medidas que cuestionaban la política europea al uso, o más bien su dictado imperativo. La realidad que se está imponiendo es que no basta con ganar las elecciones, el poder real ha conseguido que la deuda –por ilegítimo que fuera su origen- siga siendo el bastón de mando al que todos deben someterse.

La realidad, por compleja que parezca, tiene un eje indiscutible: pobres y ricos, y da igual que hablemos de personas, de países o de continentes. Hemos alcanzado un punto en el que los pobres están y deben estar sometidos “ad infinitum” sin posibilidad de revertir la situación. Da igual lo que pudiesen decir las urnas, el poder real ha conseguido establecer sistemas y mecanismos para que la riqueza esté cada vez más concentrada y el mundo sea, por consiguiente, cada vez más desigual e injusto.

No quiero seguir elucubrando; en España se ha defendido la idea de que la crisis era una “crisis financiera”, razón por la que había que rescatar al sistema bancario y que ese rescate era imprescindible para poder rescatar al ciudadano. En consecuencia, y según las cifras del Banco de España de los 61.495 millones de euros en ayudas directas –aunque hay otras organizaciones que elevan esta cantidad- el Estado solo ha recuperado 2.666 millones, el 4,3%, y no vamos a contar con las ayudas a través de avales y créditos fiscales. ¿Es necesario recordar el coste que ha supuesto este rescate financiero en deuda del Estado y en incremento de desempleo en el sector, además de la concentración del poder bancario en solo unas pocas manos y las consecuencias que esto ha tenido?

Además del inmenso coste económico que ha tenido para el país según las cifras anteriores, esta política económica solo ha traído un incremento de la pobreza y de la desigualdad dando lugar a situaciones –a las que ya me he referido en artículos anteriores- que solo atentan contra la dignidad del ser humano.

Y me pregunto ¿por qué se sigue defendiendo que esta es la política correcta, la que había que hacer y la que se deberá seguir haciendo? Una respuesta reciente que encuentro, a nivel nacional, es que las últimas encuestas electorales indican que el 63,70% de los ciudadanos votantes de PP, PSOE y Ciudadanos, están a favor de estas políticas, pues mal vamos. Si extrapolamos estos datos con los resultados recientes en Andalucía, la suma de votos de los mismos partidos antes citados, el porcentaje de votantes asciende al 70,74%, peor todavía. Pero si miro al exterior y veo el comportamiento del Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional con los miembros del gobierno griego ganador de las elecciones, negándoles el pan y la sal a cualquier política que no sea seguir con aquella que les condujo a la situación actual, la esperanza no aparece en el horizonte.

Conclusión, quizás hay que volver a reflexionar sobre la cita del inicio: “si votar sirviera para algo, estaría prohibido” y recordar aquella pintada en el aeropuerto Carrasco de Montevideo, cuando la gente huía de la dictadura militar: “el último que salga que apague la luz”.

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