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Sentido común, corriente del desorden

Por Eduardo Zeind Palafox , 29 febrero, 2016

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Por Eduardo Zeind Palafox

Las constantes malas noticias que nos regala todos los días la prensa nos mueven a pensar que todo lo que hemos levantado durante los últimos veinte siglos es una ridícula quimera hecha de palabras, instituciones fallidas y desaforados sistemas filosóficos, que frente a nuestra realidad, “moderna”, barbarizada, lucen como necedades orientadas a contravenir el sentido común.

Describiré en sucintas palabras la situación que padecemos en México. Los ciudadanos, orondos porque creen ser dueños de fiables informaciones, eligen gobernantes que luego resultan ser demonios, y las fuerzas policíacas y militares, que se supone nos cuidan, después de investigaciones arriesgadas resultan ser cómplices de los peores truhanes. Los candidatos políticos, que prometen el progreso, esgrimen eficaces discursos anticuados para imponer ideales todavía más viejos, y los hospitales se quejan de la carencia de médicos especialistas, culpando a las universidades de tamaña carestía científica. Las reformas educativas son reprobadas por los académicos y por la población y tachadas por ser poco veristas, y los líderes de opinión opinan no al modo filosófico, urdiendo visiones progresistas, sino a la manera del vendedor, que dice exactamente lo que el cliente quiere oír. ¿No demuestra tan enorme caos que el sentido común no alcanza para organizar sociedades?

El sentido común, es decir, el rumbo que todos desean tomar, se forma poco a poco con el sonido de las palabras, no con los conceptos que encapsulan. Palabras clave para comprender el presente, como “libertad”, “política”, “derecho” o “educación”, en las calles han dejado de ser altos términos y se han convertido en gritos de guerra para los políticos. Las palabras, que urden el humano lenguaje, no pueden volverse signos constantes de reclamos o de imposiciones, pues siéndolo pierden su esencia, que es ser abstracción. Abstraer es sacar, sacar desde fuera. Sólo puede observar inteligentemente cualquier circunstancia quien no anda en desórdenes, como el filósofo, que nace para ser espectador, diría Ortega y Gasset, para teorizar, para ser “amigo de mirar”, no de hacer.

Todo hacer, por desgracia, es medio ciego, y todo espectar manco. Los observadores sirven para que los hacedores no sometan a otros hacedores, para que los ciegos en cuestiones morales no saquen desmesurado provecho de sus hermanos. Ya lo dijo Cervantes: “no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello”. Pero la eviterna codicia humana dice lo contrario. La codicia, que nace del sobrestimarse, del tener a los otros en poco, reduce la psique humana a mera compradora, consumidora, esto es, a vulgar meditadora de medios y no de fines. De los medios es imposible, afirmaría Ortega, “pureza”, “tragedia”, vida seria.

La vida bufonesca se distingue de la grave por ser mecánica. El mecanicismo, como la magia, cree poder lograr sus deseos actuando sin verificar enlaces, tanto como el científico que por haraganería intelectual desdeña la intuición y se entrega adormitado al método que aprendió de sus maestros. El bufón, que nada propio piensa o siente, teme salirse del orden público, y piensa ser gente responsable porque participa, como cualquiera lo hace, en la vida pública, repitiendo incansable lo que escucha, es decir, imitando la entonación léxica que lo rodea y que le impide atender todo discurso honesto. Tal bufón no halla en la palabra “libertad”, digamos, un valioso concepto regidor de sus días, sino el derecho al libertinaje y a proferir infinitas sandeces. En la palabra “política” no encuentra signos de progreso, sino preludios del porrazo y de la iniquidad.

No hay un “sentido común” ahistórico, natural, sino sentidos vitales configurados por la historia. Hoy, que somos meros “consumidores”, al antropomorfizar hacemos de todo objeto un símbolo que hay que consumir, algo sin valor moral alguno, algo que no merece conservarse ni ser sagrado. Y si nada dura, entonces es imposible vislumbrar un sistema político perdurable. Y sin valores perdurables no hay sustento filosófico, no hay premisas mayores para de ellas derivar nuestra conducta. El lenguaje, así, se empobrece, se hace modesto, sólo útil para enunciar bagatelas, nociones corrientes, groseras, ideas incapaces de deslindarse del destino colectivo, que como Cardenio acepta enloquecido las desgracias que trae la mítica “corriente de las estrellas”, contra la que muy poco puede hacerse con un lenguaje adocenado, fuertemente pegado a las cosas.–

http://donpalafox.blogspot.mx/

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