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San José y Cobeaga: tándem de éxito

Por Adrián Magro de la Torre , 20 mayo, 2014
  • Ambos guionistas firman la historia de “Ocho apellidos vascos”, la cinta que se ha convertido, para sorpresa de propios y extraños, en la más taquillera de todo el cine español dentro de nuestras fronteras.

Fotografía promocional de la película.

Y aunque tardé lo mío en acercarme a ella, vaya por delante que soy uno de los menos entusiasmados con aquello que mis ojos y oídos vieron y oyeron durante noventa minutos; uno de esos que ni disfrutó ni se río como un loco recién salido del frenopático. Simplemente, soy uno que se sentó y pasó el rato, un buen rato, a secas. Y no os miento. Si me llevase algo por hacerlo no dudaría en cambiar mi sentir, mi parecer, mi veredicto. (Mi novia y yo debemos ser algo así como perros de color verde.) El caso es que había tardado tanto tantísimo en querer conocerla que ya había leído/escuchado las mil y una opiniones vertidas por ahí: en la red (comparándola, a veces, con ese otro gran éxito del cine francés que fue “Bienvenidos al norte”), en los amigos, en los amigos de los amigos de los conocidos, en prácticamente todas partes. Ojo, casi todas ellas favorables, de alabanza: “y me encantó”, “y te partes”, “y es la hostia”, “y etc., etc., etc.”; por lo que, mi predisposición hacia ella, era, digamos, confiada. Además, era de los pocos que corría con la ventaja de conocer el anterior trabajo de sus dos guionistas, los sempiternamente tapados, aquellos que sientan las bases y suelen construirlo todo desde la nada, desde el vacío que otorga el blanco de la página.

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Diego San José.

Diego San José –a quien conocí personalmente hace años en un taller de guión de comedia– y Borja Cobeaga son los principales artífices de esta comedia romántica por encargo, articulada sobre la ironía de un sin fin de tópicos regionales sobre vascos y andaluces. Sin embargo, antes de ésta –y aparte de sus experiencias en programas como “Vaya semanita”, “Agitación + IVA”, hablando del primero, y de un puñado de cortometrajes como “La primera vez” o “Éramos pocos”, en el caso del también director–, ya eran buenos conocedores del género y responsables de otro par de historias nada desdeñables como “Pagafantas” y “No controles”, dirigidas ambas por Cobeaga. Cierto es que con resultados en taquilla un tanto discretos (mientras que la primera llegó a los dos millones de recaudación, la segunda se quedó con uno menos), compartían –con sus irregularidades e imperfecciones, claro está– la máxima pretensión del humor: hacer que el público disfrute y se ría. Algo que siempre han intentado cumplir. Tal vez, en esta ocasión, las pretensiones que digo hayan sido generadas por quienes la vieron y disfrutaron y, día tras día, llegaron a encumbrar, boca-oreja mediante, como lo que es: el acontecimiento cinematográfico del año, con lleno absoluto de salas, superando los 7,5 millones de espectadores y, por ende, convirtiéndose en la película española más taquillera de su historia con más de 50 millones de euros de recaudación (nada que ver con las cifras que he citado antes), barriendo la marca que hasta hace bien poco ostentaba “Lo imposible”. Ante eso, yo, no puedo hacer otra cosa que soltarme la melena.

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Borja Cobeaga.

¿Cómo han hecho entonces estos dos tipos para llegar a tanta gente con una historia que, por lo general, y más en nuestra taquilla, podría haber pasado totalmente desapercibida? ¿Es por lo que cuenta? ¿Por sus intenciones? ¿Por sus diálogos/humor? No lo sé. Por un poco de todo, imagino. ¿Por su blancura tan amplia? Tal vez. Para mí, y unido a todo lo anterior, su gran baza ha sido contar con unos personajes/actores un tanto caricaturescos, sí, pero entrañables y divertidos a su vez, con los que sentir empatía. (Sólo tengo que hacer un poco de memoria para recordar a ese gran personaje llamado Juan Carlitros, interpretado por Julián López, que, aun siendo secundario, se comía literalmente la pantalla de “No controles”.) En esta ocasión, destacan por encima de sus compañeras de reparto, Koldo/Karra Elejalde y Rafa/Dani Rovira –o Antxo Gabilondo Urdangarin Zubizarreta Arguiñano Igartiburu Erentxun Otegi y Clemente. Otorgan complicidad, y eso se nota. Pero estoy seguro de que no es sólo mérito de los actores, sino de los que, mucho antes, se estrujaron los sesos escribiendo sus respectivos caracteres. Los que no suelen tener rostro en el cine. En este caso, San José y Cobeaga, una pareja que se conoce desde hace ya mucho, a las mil maravillas añadiría yo, que saben trabajar juntos en pos de aquello que primero les divierta, y entonces quieran contar. De hecho, su plan/método no puede ser más efectivo: nunca escriben nada (salvo unas fichas de cada personaje, cuestionarios de pregunta-respuesta-pregunta-respuesta, a modo de conocerles a éstos un poquito mejor, lo cual, dicen, suele ser muy útil en fases de bloqueo) hasta que todo lo tienen bien rumiado y metido en la cabeza, incluso a nivel de chistes y gags, para luego hacer la escaleta, esto es, el orden de las secuencias, y repartirse definitivamente la escritura. Por tanto, y dejando un poco de lado mis particulares gustos y los de mi novia (a ver si la segunda parte remedia eso), no puedo despedirme sin citar la mayor virtud de este tándem de éxito –y, en el fondo, de cualquiera que quiera serlo–, la primera y única lección que todo guionista jamás debe olvidar: no aburrir.

 

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